Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Sirle y Redileo

El análisis de las políticas públicas se puede enfocar de distintas perspectivas, qué duda cabe. Desde la relación entre los componentes del Estado hasta la medición de su efectividad, conociendo el grado de acierto en la consecución de los objetivos mediante la evaluación de los resultados obtenidos con su aplicación. Es este último enfoque el que utiliza la Comisión Europea para abordar la reforma de la Política Agraria Comunitaria (PAC) post 2020 y en la que, a pesar de la pausa y espera institucional, se sigue trabajando.
Se prodiga la propuesta en razones, incuestionables, sobre la conveniencia de dirigir más presupuesto y más acciones hacia ambiciosos objetivos medioambientales- también hay otros- y en financiar en tanto en cuanto se consigan los resultados. De hecho, concibe conceptos que son un compendio de cómo articular las medidas a estos objetivos. Se presenta la arquitectura verde de la PAC. Arquitectura que proyecta una estructura que se sostiene en tres elementos principales: condicionalidad reforzada, ‘ecoesquemas’- regímenes ecológicos- y medidas agroambientales. El primero establece más obligaciones ambientales que las actuales para los agricultores europeos que reciben ayudas directas (FEAGA), de aquí la denominación de reforzada. Los otros dos promueven acciones voluntarias, que van más allá de las obligaciones legales, con ayudas adicionales por contribuir a hacer frente a los retos ambientales. Son las  conocidas medidas agroambientales del desarrollo rural (Feader) y el neologismo ‘ecoesquemas’ que reúne las ayudas (Feaga) «a agricultores genuinos que se comprometan a observar, en hectáreas admisibles, practicas beneficiosas para el clima y el medio ambiente» establecidas por cada Estado miembro.
A finales de mayo, el Ministerio de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente organizó un encuentro en Zafra, ciudad bien conocida por su feria ganadera, donde reunió a autoridades agrarias de distintos países, de nuestras comunidades autónomas y de la UE. El propósito era debatir sobre cómo llevar la abstracción de los ‘ecoesquemas’  a un diseño compatible con la práctica agraria, sin pasar muy de lejos por las dificultades administrativas que conllevará. Fundamental, para este propósito, es la innovación que no solo va de la mano de la digitalización y la tecnología, puesto que el Manual de Oslo contempla como innovadores los cambios en la organización, basados en conocimiento existente, para mejorar resultados.
No se me ocurren mejores ejemplos que incorporar el pastoreo rotacional, la trashumancia o el sirle y redileo para la gestión ambiental de los ecosistemas agrarios o forestales. Por ello, no deja de ser sorprendente que prácticas ganaderas que atesoran experiencia y conocimiento acumulado desde más allá de Lucius Junius Moderatus, Columela, puedan tener dificultad para ser consideradas ‘ecoesquemas’ cuyo beneficiario sea un ganadero.
¿Por qué una PAC más verde no puede reconocer el papel de la ganadería y de los ganaderos considerando a los animales como unidad para conceder ayudas en el marco de los ‘ecoesquemas’ y que, con ello, se conserven y promuevan sabias y ambientales tradiciones ganaderas?