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Alejandro Ruiz

EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


Los caminos de la incertidumbre

22/09/2022

En la tradición cristiana, que permite una brecha temporal prolongada entre la muerte y el sepelio, a menudo hay tiempo para que los sentimientos iniciales de conmoción y dolor den paso a otras emociones, como el recuerdo afectuoso y la gratitud por la contribución de los difuntos.
Pero un funeral siempre nos devuelve al dolor. Y un profundo dolor fue la emoción permanente que se observaba el pasado lunes en el funeral de Estado de Su Majestad la Reina Isabel II. La apreciación de la profunda pérdida que ha sufrido el Reino Unido dominó el evento desde el momento en el que el féretro de la real difunta comenzó a recorrer las calles londinenses en el histórico Carro de Armas de Estado tirado por 142 miembros de la Royal Navy con paso lento y marcial al son del lamento triste de las campanadas del Big Ben y del sonido melancólico de las gaitas.
Aunque me dicen desde Londres que durante la llegada del ataúd de la Reina a The Mall, la avenida que conecta el Palacio de Buckingham y Trafalgar Square a través de Admiralty Arch, el habitual cielo nublado de la capital británica súbitamente dio paso a un sol radiante y espectacular. Y que fue entonces cuando los aplausos resonaron a lo largo de la ruta, haciéndose evidente, como tantas otras veces, la capacidad de la difunta Reina para unir a su pueblo.
Desde España muchos hemos observado los actos de los últimos días con admiración, y lejos de caer en el fatalismo patrio y desmerecer el papel de nuestro monarca actual, Felipe VI, hay quienes anhelamos la presencia de figuras o narrativas capaces de impulsar sin complejos nuestro sentido de nación y pertenencia a la comunidad política de ciudadanos libres e iguales que es España, liberándonos de las obsesiones de la política identitaria y otorgándonos un sentido de estabilidad y resiliencia.
Para los británicos y demás reinos de la Commonwealth, Isabel II ha sido precisamente ese tótem, símbolo de unidad, durante las últimas siete décadas. En España, por el contrario, fracasado el modelo de organización territorial autonómico, se evidencia la desigualdad económica y la deslealtad permanente entre las distintas comunidades autónomas. Siendo un deber del Estado asegurar el equilibrio económico mediante un sistema de horizonte común, que reafirme el interés del Estado por encima de los intereses particulares y egoístas de regiones y políticos, se llega a cuestionar y se pone en peligro la estabilidad y la viabilidad de la mismísima soberanía nacional.
El panorama político actual presenta una cruda realidad marcada, entre otras cosas, por guerras cada vez más cerca de casa o el incremento del coste de la vida que asola a muchas familias españolas y determina su realidad cotidiana. En tiempos recios, el mejor consuelo siempre procede de aquellas personas tótem, familiares y amigos, que nos aportan seguridad y optimismo de una forma más prosaica que una Reina. Lejos de esperar una profunda mejora de nuestras instituciones y del sentir nacional, el cobijo de nuestros seres queridos y el tesón hispano frente a las causas perdidas se presenta como el único símbolo regio apropiado para guiarnos por los caminos de la incertidumbre.