Con los pies en el suelo

Alejandro Bermúdez


Si maúlla como un gato y tiene forma de gato…

17/05/2020

Pues eso pasa con nuestro gobierno: su camino nos indica claramente su destino. Un destino que no es otro que la autocracia.
Obviamente, en apariencia España no se convertirá en Venezuela. Estamos en Europa y eso exige un mayor refinamiento. Pero el camino que se va recorriendo no deja lugar a duda sobre el destino. Lo peor de todo no es que nuestro gobierno haya puesto ese rumbo, no. Lo peor es que no estoy seguro de que no represente a la mayoría.
España es un país en el que reinan dos características en las personas, que no sé si son mayoritarias (sinceramente no tengo datos al respecto), pero se pueden observar con más frecuencia de la que sería deseable. Una es la envidia y la otra es el poco amor al esfuerzo.
La envidia es un sentimiento que nos hace sentir inferiores ante quienes creemos dotados de más cualidades de las que nosotros podemos lucir. Casi siempre esas cualidades no son gratuitas, sino fruto del esfuerzo, pero da igual: han llegado más alto y hay que derribar la torre.
La falta de amor al esfuerzo nos lleva a acomodarnos sin muchas pretensiones, pero eso sí, todo tiene que venirnos dado gratis -eso creemos-: educación, sanidad, vivienda, alimentación… Hasta fiestas y vacaciones. Todo lo esperamos del Estado por el solo hecho de existir. Esta aptitud viene acrecentada por la idealización de personajes absolutamente teóricos que jamás se ganaron el desayuno, que se aprovechan de una prédica fácil para inocular estas teorías a una sociedad cuyo poco amor al esfuerzo la hace tremendamente receptiva.
¿Qué nivel profesional tienen la mayoría de nuestros representantes públicos? ¿Por qué preferimos la mediocridad sobre la excelencia a la hora de elegir quién nos gobierne? Es obvio que es la envidia uno de los ingredientes que intervienen. Cuanto más mediocres sean nuestros gobernantes, más cerca nos sentimos de ellos y menos nos corroe la envidia.
Este camino lleva al igualitarismo por abajo. No se puede dejar que nada ni nadie sobresalga, y para eso el Estado se encarga de dominar todos los resortes sociales, haciéndolo además con una técnica exquisita de pastorear masas. La fiesta que han sido capaces de organizar cada tarde a las ocho, celebrando y aplaudiendo en masa mientras se estrella un avión lleno cada día lo demuestra palmariamente. Ya sé que la excusa es apoyar a los sanitarios a los que después abandonan, pero eso es solo el ardid.
Está claro que nuestro gobierno está aprovechando al máximo las posibilidades que le da el estado de excepción derivado de la pandemia para confinar no solo nuestras personas, sino nuestra libertad; para liquidar la clase media a base de destruir el tejido social que constituyen autónomos y pequeños empresarios; para prohibir sin pudor alguno cualquier competencia del sector privado para que no puedan establecerse comparaciones. Una sanidad gestionada por manos privadas -que no significa privando de derecho alguno a los ciudadanos- no hubiera hecho a España campeona del mundo en índice de fallecidos. Lo está aprovechando para matar la flor de nuestra economía, que es el turismo, con exigencias imposibles. Y todo esto culminado con supuestos sueldos vitales que nos dará el Estado por seguir el cayado del pastor, balando pastueñamente, sin queja ni exigencia. ¿No es  esto el totalitarismo?