La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Recuerda

Las cosas duran lo que dura su recuerdo. Empotradas en el suelo de las aceras de Bruselas, muchas veces en calles secundarias, frente a las casas que hoy habitan inquilinos despreocupados, hay unas placas doradas del tamaño de azulejos pequeños que tienen grabado el nombre de una persona, la fecha en la que fue detenida y el campo de exterminio a donde fue arrojada. Son pedazos de metal que pretenden prolongar los recuerdos por encima de su tiempo natural de vida. Ayer se cumplieron setenta y cinco años de la liberación del campo de Auschwitz. Unos doscientos supervivientes asistieron a las ceremonias de conmemoración en aquel matadero reconvertido en lugar de memoria, con la incómoda certeza de que su tiempo se acaba y los sucesos que vivieron pierden nitidez. Algunos, a su pesar, ya dejaron de recordar y se convirtieron en carcasas desprovistas de testimonio. El resto mira a izquierda y derecha buscando un relevo que recoja el testigo; buscando gente joven que siga contando la historia del lugar en el que nevaba ceniza de muerto; buscando hombres buenos que frenen la repetición de la barbarie.

Es tradición que los presidentes de la Comisión Europea hagan su primera visita oficial al campo de Auschwitz. Europa ha llegado hasta donde está tras siglos de carnicerías, de fronteras movedizas, y su actual prosperidad se ha nutrido de la descomposición de millones de víctimas. Una de las grandezas de la Unión Europea ha sido asumir su pasado más cruel como paso previo e inevitable para construir una sociedad libre, democrática y basada en el respeto de los derechos humanos. Eso fue posible porque los padres de la nueva Europa tenían una imagen vívida de los horrores. Ahora, con esos recuerdos a punto de desvanecerse, se reavivan los riesgos, se intensifican los nacionalismos, se menosprecian los logros y se magnifican los errores para descoser las costuras que nos han dado los mejores y más pacíficos años de nuestra Historia.

Por eso hace falta que recojamos los recuerdos frágiles almacenados en los cerebros de un puñado de nonagenarios y les insuflemos vitalidad. Hace falta repetir una y otra vez que Auschwitz no es sólo un lugar para tirar fotos, o para hacer equilibrios sobre las vías del tren, o inspirarse para escribir novelas con tramas policíacas que revienten las listas de éxitos. Auschtwitz, Buchenwald o Mauthausen han de ser nuestras fortalezas frente a los totalitarismos, vengan estos disfrazados de patriotismo, de folklore o de absurda defensa frente al diferente. Y si en algún momento tenemos la debilidad de bajar los brazos y la mirada al suelo, espero que ahí sigan estando las chapas doradas de los que abonaron con sus cadáveres la tierra fértil que ahora pisamos.

Las cosas duran lo que dura su recuerdo. Empotradas en el suelo de las aceras de Bruselas, muchas veces en calles secundarias, frente a las casas que hoy habitan inquilinos despreocupados, hay unas placas doradas del tamaño de azulejos pequeños que tienen grabado el nombre de una persona, la fecha en la que fue detenida y el campo de exterminio a donde fue arrojada. Son pedazos de metal que pretenden prolongar los recuerdos por encima de su tiempo natural de vida. Ayer se cumplieron setenta y cinco años de la liberación del campo de Auschwitz. Unos doscientos supervivientes asistieron a las ceremonias de conmemoración en aquel matadero reconvertido en lugar de memoria, con la incómoda certeza de que su tiempo se acaba y los sucesos que vivieron pierden nitidez. Algunos, a su pesar, ya dejaron de recordar y se convirtieron en carcasas desprovistas de testimonio. El resto mira a izquierda y derecha buscando un relevo que recoja el testigo; buscando gente joven que siga contando la historia del lugar en el que nevaba ceniza de muerto; buscando hombres buenos que frenen la repetición de la barbarie.

Es tradición que los presidentes de la Comisión Europea hagan su primera visita oficial al campo de Auschwitz. Europa ha llegado hasta donde está tras siglos de carnicerías, de fronteras movedizas, y su actual prosperidad se ha nutrido de la descomposición de millones de víctimas. Una de las grandezas de la Unión Europea ha sido asumir su pasado más cruel como paso previo e inevitable para construir una sociedad libre, democrática y basada en el respeto de los derechos humanos. Eso fue posible porque los padres de la nueva Europa tenían una imagen vívida de los horrores. Ahora, con esos recuerdos a punto de desvanecerse, se reavivan los riesgos, se intensifican los nacionalismos, se menosprecian los logros y se magnifican los errores para descoser las costuras que nos han dado los mejores y más pacíficos años de nuestra Historia.

Por eso hace falta que recojamos los recuerdos frágiles almacenados en los cerebros de un puñado de nonagenarios y les insuflemos vitalidad. Hace falta repetir una y otra vez que Auschwitz no es sólo un lugar para tirar fotos, o para hacer equilibrios sobre las vías del tren, o inspirarse para escribir novelas con tramas policíacas que revienten las listas de éxitos. Auschtwitz, Buchenwald o Mauthausen han de ser nuestras fortalezas frente a los totalitarismos, vengan estos disfrazados de patriotismo, de folklore o de absurda defensa frente al diferente. Y si en algún momento tenemos la debilidad de bajar los brazos y la mirada al suelo, espero que ahí sigan estando las chapas doradas de los que abonaron con sus cadáveres la tierra fértil que ahora pisamos.