Macondo

María Ángeles Santos


Números cantan

Soy de Letras. Sin paliativos. Sin eso de, «bueno, me defiendo con los números». Toda mi vida he andado a vueltas con las multiplicaciones, las divisiones, y no digamos nada de las raíces cuadradas y otras malvadas operaciones matemáticas que nunca supe hacer medianamente bien y que aprendí de memoria para ir salvando exámenes obligatorios. Y fui feliz cuando, mediada la educación secundaria, escuché el ansiado: ¿Ciencias o Letras?
Desde ese momento, y hasta hora, mis encuentros con los números han sido llevaderos y ocasionales. Ahora son insoportables y constantes. La vida no es un frenesí, ni una farsa, ni una ficción. Todo en la vida es número y los números se han merendado el alfabeto.
Somos números en la lista del paro o en la de cotizantes; números recortables en la Sanidad o la Educación, y «sumandos» en las de impuestos. Somos número al contabilizar esos votos que nos encadenan por cuatro años (bueno, o por menos), en el Producto Interior Bruto, en el índice de pobreza, en los euros por habitante de la deuda pública, en las previsiones de desempleo, en el aumento de la inflación subyacente o la interanual, en el cálculo de las pensiones, en el precio de la salud, en el gasto de la enfermedad, en la desindexación, sea lo que sea la palabreja…
Aún no nos llaman por el número, como a los prisioneros en la cárcel o a los humanoides de las películas galácticas, pero todo se andará. Cualquier día descubriremos en nuestro buzón una carta dirigida al contribuyente 456.721, o al ciudadano X-9.555.213. Así, sin letras, porque se van desdibujando lentamente a favor de las cifras.
Este sistema perverso está abandonando la calidez de las palabras en provecho de la frialdad de los números, cambiando las frases por cantidades. La prótesis de rodilla precisa para que un joven camine, se llama ahora 152. Euros, claro. Y el letrero de «comedor» ha sido sustituido por el de 400. Euros, también. Y la ayuda a la dependencia, se ha convertido en un montón de cifras. Y el abuelo no es abuelo, es la cuantía de su pensión. Y la solidaridad es un número en negativo, con el menos delante, y los niños con hambre no tienen nombre, son una cifra monstruosa.
Hay que volver a las palabras. Podemos aprovechar la Navidad, aunque ésta también tiene un montón de números. Es necesario y es urgente. Como en Macondo, cuando la peste del olvido, debemos apresurarnos a etiquetar todas las cosas para que no se pierdan sus nombres, engullidos por una montaña de números.
No hay guarismo cuya belleza pueda igualarse a los términos justicia, o igualdad, o amor, o conciencia, o solidaridad. Y no podemos permitir que los números acaben invadiendo nuestro mundo.