La espada de madera

Bienvenido Maquedano


ITHRA

30/06/2020

Esperábamos a un hombre misterioso, de piel aceitunada, barba en punta teñida con aleña y ojos ribeteados de kohl. Gran parte de nuestra historia es árabe, pero cuando nos hablan de aquellas tierras sólo nos vienen a la mente las jaimas y los camellos, los oasis, Lawrence de Arabia y el integrismo religioso. Hameed Azzouni no es el árabe de los cuentos ni de los telediarios. Es regordete y tiene rasgos orientales porque su madre es china. Cuando le abrimos la puerta vestía unos pantalones cómodos metidos en botas de explorador, una camisa y una bandana que sujetaba un pelo abundante y alborotado. En su mochila traía hojas aromáticas y especias por si tenía que cocinar o preparar un té, y al cinto llevaba una brújula para orientarse hacia La Meca y poder rezar cinco veces al día.
Superamos la barrera de la dieta halal con pescado, verduras, carne de membrillo y pimientos muy picantes. De su cuarto emergía el murmullo de las plegarias mezclado con el ambientador natural y dulzón de las hierbas. Por mi casa ha pasado mucha gente, pero de pocas he aprendido tanto: a comer sin cubiertos, a qué se dedica un geólogo que trabaja para una petrolera, cómo se cocina la kabsa, que un bisht se hace con pelo de camello y es ideal para el frío toledano, cómo te buscan novia en Medina o se celebran las bodas. Cosas que me eran ajenas. También aprendí cosas propias: que las casas de mi ciudad tienen versos de poetas árabes del siglo XIV tallados con formones en las vigas de madera, que la Escuela de Traductores es uno de nuestros grandes tesoros, que Toledo está impresa en la conciencia colectiva de los musulmanes. Gracias a él sigo descubriendo el mundo. Una vez me mandó fotos de unas vacaciones en Turkmenistán y corrí a situarlo en un mapa. Esta semana me ha hablado de Ithra.
En la costa oriental de Arabia Saudita, frente a Bahrein y a un paso de Qatar, está Dhahran, una ciudad asentada sobre un mar subterráneo de petróleo. La empresa Saudi Aramco Oil Company embarrila el crudo desde hace décadas. Con una fracción de sus beneficios ha construido Ithra, 80.000m2 de arquitectura de cemento con la apariencia de cantos rodados amontonados. Biblioteca, museo, cine, teatro, archivo y una increíble Torre del Conocimiento de 18 plantas destinadas a activar la creatividad y potenciar el intercambio cultural con el mundo. Una lección para aquellos países que consideran la cultura como la última de sus necesidades y miran por encima del hombro a las gentes del desierto. Aramco ha descubierto el poder de la cultura. Algún día, como yo, descubrirá también la suerte que tiene de contar con Hameed.



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