La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Crónicas irlandesas (III)

Irlanda es una tierra de creyentes. En Dublín hay dos catedrales, y una de ellas fue anglicana en tiempos del dominio inglés. En ella daba sus sermones de varias horas un tal Jonathan Swift, que empleaba el tiempo libre que le dejaban sus obligaciones como deán en escribir historias de gigantes y liliputienses. No hay pueblo sin su iglesia ni campo sin su abadía en ruinas. Pero no sólo se cree en un dios, también se cree en los leprechauns y en las hadas. No cuesta encontrar puertas minúsculas pintadas de colores en los bosques; se supone que son las casas de un sinnúmero de criaturas aladas y mágicas, y los niños les dejan papeles emborronados con mensajes llenos de deseos.
No es por capricho que el trébol sea el emblema del país. Es verde, es simple, abundante y dicen que da buena suerte. Hasta los aviones de una de sus aerolíneas lucen tréboles gigantes en sus colas, algo que no acabo de decidir si es tranquilizador o no. El caso es que aquí se le da mucha importancia al tema de la suerte. Los irlandeses depositan gran parte de sus esperanzas en el azar. No es difícil entrar por azar en un local de apuestas, los hay por todas partes y parecen tiendas de ultramarinos hasta que estás dentro. Moqueta en el suelo, silencio en el aire, pantallas de televisión  llenas de números en las paredes y otras tantas que retransmiten el hurling, el fútbol irlandés, el fútbol a secas o el rugby, por no hablar de las carreras de caballos o perros. Siempre hay alguien dentro, callado, con una cerveza a medio beber y un boleto entre las manos. A la entrada de los pueblos, junto al cartel de bienvenida, que aquí se dice ‘failte’, es frecuente encontrar un cartelón de chapa con el premio semanal de la Loto.
La moda irlandesa es muy peculiar. Es un buen pasatiempo pararse delante de los escaparates para ver las ocurrentes combinaciones que les ponen a los maniquíes, o las gorras típicas que tan bien les sentaban a los vendedores de periódicos de las calles de Harlem y a John Wayne. En uno de esos escaparates, lleno de chalecos de fantasía, zapatos de fantasía y camisas que desafían a la fantasía, hay una hoja de periódico enmarcada. Es del 21 de julio de 1969, de un amarillo tostado añejo, con grandes titulares y textos apretados, sin fotos ni dibujos. Me paro a leerla y me agrada descubrir que al menos un irlandés no sólo tiene fe en dios, en las criaturas fantásticas o en la suerte, sino también en la capacidad del ser humano para hacer cosas tan increíbles como llegar a la Luna.