Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


Del equilibrio entre la razón y la emoción

26/11/2020

Hace mucho tiempo que son menos maniqueas las diferencias entre los positivistas lógicos y los conductistas, han desdibujado sus posiciones y se reconocen en muchos de sus postulados. Más tiempo ha transcurrido desde la época cartesiana cuando los racionalistas no encontraban otra manera de saber que no fuera a través de la lógica. Y aún nos parecen más remotas y de escasa utilidad las explicaciones medievales de la mano de la superstición y la fe, aunque los estudiosos vayan desmintiendo nuestros mitos sobre la Edad Media. No puede negarse que fue un periodo de ingenio, no de estancamiento científico en opinión del común, y que, cuándo la experiencia contradecía los prejuicios culturales o religiosos asumidos, los eruditos – el resto de la gente medieval seguramente opinaría otra cosa como hacemos hoy- obviaban acatarlos al pie de la letra, sin grandes problemas, para poder conocer la verdad.
Equilibrar la razón y la emoción nos ayuda a tomar decisiones, tan acertadas como satisfactorias para nuestros sentimientos sobre las cosas, a captar la realidad para decidir nuestra actuación. Como lo hace la visión estereoscópica, que integra las imágenes desde perspectivas distintas de cada ojo, mejorando la percepción de la profundidad de lo que miramos. Al cerebro le llegan dos impulsos nerviosos pero los interpreta y fusiona en una respuesta tridimensional, dándonos mayor y mejor detalle de lo que observamos.
He leído algunas obras publicadas recientemente con interesantes enfoques sobre la desproporción entre la emoción y la razón. Cabanas e Illouz, autores de ‘Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas’ consideran que entendemos la felicidad como un producto más de los que podemos comprar derivado de una supuesta ciencia de la felicidad, cuyas teorías se basan en asunciones y prejuicios morales e ideológicos. En ‘Mi vida por un like’, Ruipérez Serrano se preocupa por la visión tan reducida del mundo que tenemos si vivimos en el planeta de las pantallas y los emotivos ‘like’ son criterio para comprender lo que nos rodea. Toni Aira, en mi opinión con mucho acierto, en ‘La política de las emociones’ nos explica como los sentimientos gobiernan el mundo porque predomina la política emocional que emplea «un lenguaje pensado, elaborado y lanzado directamente a los sentimientos».
Asistimos a grandes progresos de las neurociencias, que desentrañan los misterios de nuestro cerebro. La neurofisiología sobre formas y funciones que conducen los impulsos nerviosos, la neurobiología sobre los procesos moleculares de la comunicación nerviosa y la neurobiología cognitiva sobre las bases cerebrales de nuestras facultades mentales, capacidad de entender y querer, de cómo las regiones cerebrales se conectan entre sí para ayudarnos a ir por la vida.
Un hallazgo de la Universidad de Boston, la función del área cingulada anterior pregenual, nos ha descubierto que el cerebro está preparado para gestionar el equilibrio entre los procesos racionales y emocionales, puesto que esta región sirve de puente, uniendo con redes neuronales, la razón, corteza prefrontal dorsolateral, y la emoción, área cingulada ventromedial subgenual. Pero a vuelapluma supongo que el equilibrio dependerá de lo que alimentemos a cada lado del puente.