La espada de madera

Bienvenido Maquedano


Crónicas irlandesas (2)

No deja de ser curioso que lo último que se conoce de un país sea su gente. Primero te sorprende el clima, luego lo estrechas que son las carreteras, que en una vía de cuatro metros de ancho y plagada de curvas la limitación sea de 80 kilómetros por hora, o que se conduzca por la izquierda y se use esa mano para meter las marchas. Después están los monumentos y las casitas y los paisajes verdes y todas esas cosas que metemos en el móvil; y el asunto de las comidas, el puré de patatas, el pescado rebozado en harina con cerveza, que sólo pongan pan con la sopa, o que el agua sea gratis y presentada en una jarra con rodajas de limón y ramas de menta. Y, sí, al final no te queda más remedio que echarle un vistazo a los lugareños, a sus pieles pasteurizadas, a las barbas encrespadas y rojas como tejas. Ya es para nota si el visitante se fija en esos barrigones prominentes y los asocia con el buen momento económico que vive la empresa Guinness.

Hay que poner empeño para empezar a conocer el carácter irlandés. Hay que prestar atención a los carteles escritos en inglés y gaélico, a la historia reciente de un país que se dividió entre los que salieron de la isla perseguidos por el hambre y los que se quedaron para arrancarle patatas a un prado, a las lápidas de los soldados que lucharon en Sudáfrica o contra Inglaterra. Irlanda es un país de contradicciones, imagino que como todos, que exportó policías a Nueva York en la misma proporción que delincuentes, donde te encuentras a un tipo enorme, tatuado con símbolos celtas, con lóbulos agujereados en los que cabe la mano de un bebé, y que se dirige a ti con entusiasmo porque has tenido la deferencia de abandonar una carreterilla para visitar su pueblo.

Es algo a lo que no es fácil acostumbrarse. Siguiendo las indicaciones de un folleto, llegamos a un mirador imponente. Al fondo, las mayores montañas del interior famosas porque un tal Fionn MacCumhail mató un cerdo salvaje con dos lanzas para impresionar a una chica. Sol, pájaros cantando, aire limpio. Todo se rompe con el sonido inconfundible de las motos de gran cilindrada. A nuestro lado aparcan tres Harleys de escaparate. Los jinetes, impresionantes de negro, descabalgan. Saltan una valla cargados con una mochila para llegar a un merendero; toman una mesa al asalto. No puedo dejar de mirarlos. Esparcen un montón de cosas sobre la mesa. El líder actúa con rapidez, distribuye potes, mezcla hierbas, pone un cacharro rojo sobre un mechero de campaña, coloca un cortavientos, abre y cierra botes y, en cinco minutos, los tres moteros revestidos de cuero, los mismos que mirarías con recelo por el retrovisor del coche, se toman un té.