Con los pies en el suelo

Alejandro Bermúdez


Fetiche

05/07/2020

Si no lo conociera, pensaría que es una persona docta. Alguien se lo debe haber escrito, pero el caso es que Pedro Sánchez  ha definido, seguramente sin quererlo, lo que es la izquierda radical a la que él pertenece. Pronunció la palabra mágica que vale más que un discurso de tres horas: fetiche. Se refería en este caso al impuesto a las grandes fortunas. Ahora resulta que es un fetiche…
Un fetiche es un objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales. La verdad es que el famoso impuesto a las grandes fortunas sí tiene poderes. No sé si sobrenaturales, pero terrenales sí los tiene, ¡y vaya si los tiene! Tiene tanto poder que, cual cabestro invisible, conduce a una gran parte de la población a depositar el voto con un fervor que ya quisieran las Ursulinas cuando van a comulgar. Pero, al mismo tiempo, el fetiche no produce realmente efecto alguno, como es obvio.
En definitiva, lo que Pedro Sánchez nos confesó es que iba a haber subida de impuestos, pero no a las grandes fortunas o no solo a las grandes fortunas, como cualquiera que no crea en los fetiches ha sabido siempre. Esto mismo va a pasar con la reforma laboral, que como fetiche que es tampoco se va a producir salvo, si acaso, se le aplicará un poco de maquillaje para que parezca que es otra, pero conservará su esencia.
Lo anterior nos demuestra que la izquierda vive de ilusiones, de predicar y prometer lo que después no puede llevar a cabo. En muchas ocasiones lo que ocurre es que el resultado es justamente el contrario del que prometen, como le pasó a Zapatero, que tuvo que bajar sueldos a funcionarios, congelar pensiones y tomar otra serie de medidas absolutamente contrarias a lo que es su habitual prédica.
Desgraciadamente estamos en un mundo global y eso tiene muchos pros, pero también produce algunas limitaciones. Los Estados ya no pueden ser autárquicos. Cerrarse en sí mismo solo conduce al atraso y a la pobreza. El mundo global permite que todos nos beneficiemos de los avances de todos, pero también posibilita que lo que se produce en un lugar se pueda fabricar en otro. Incluso -ya verán la que nos espera con el famoso teletrabajo- se puede producir en un país teniendo la mano de obra en otro.
Esta movilidad que tienen las personas y las empresas ahora, supone que ningún Estado puede ‘inventar la pólvora’ e imponer unas normas que no guarden la debida proporción con el entorno. Si a un país se le ocurre gravar en exceso las grandes fortunas, no tardando mucho se habrá quedado sin ninguna en su territorio, sencillamente porque habrán buscado acomodo en lugares de mejor trato. Por eso lo de achicharrar a impuestos a las grandes fortunas es un fetiche: sirve para convencer a la clientela política que disfruta viendo pobre a Amancio Ortega, pero no sirve para recaudar, so pena de no recaudar nada.
Viendo estas cosas, pienso que los españoles -y posiblemente gran parte de la humanidad- necesitan una vacuna contra la inocencia congénita, quizá de forma más perentoria que contra el coronavirus. Lo que ocurre es que es muy difícil que ningún gobierno la financie. Se gobierna mucho mejor vendiendo fetiches, porque la realidad es mucho más fea y más difícil de explicar…