Me la juego

Ana Nodal de Arce


La hora de los valientes

25/06/2020

Nuestra nueva normalidad es rara, contradictoria, difusa e incluso estrambótica, porque nos sacude con una esperanza teñida de temor y con unos sueños que se aplacan ante la amenaza letal que ha asolado nuestro mundo desde el pasado mes de marzo. Hemos perdido tanto en este tiempo, que ahora nos cuesta recuperar un ápice de lo que constituía nuestra antigua felicidad, nuestra singular calma.
Se da la paradoja de que debemos salir, consumir, tomar cañas o refrescos, darnos un capricho, mejor si es en nuestra tienda de toda la vida, pero siempre con condiciones, con seguridad, sin esa libertad que nos permitía en cualquier momento dar rienda suelta a nuestros deseos. Y sabemos que ha de ser así, aunque el miedo no es buen consejero.
Ha sido el viaje más inmóvil de nuestras vidas, desde el que hemos observado con impotencia como nuestros mayores morían en una absoluta soledad, mientras los jóvenes permanecían encerrados en cubículos convertidos en los únicos escenarios de una existencia comprimida y los pequeños se especializaban en consumir pantallas, lejos del colegio, aislados de sus amigos y de sus abuelos, y sin poder derrochar su energía en esos parques llenos de columpios, de caídas, de heridas y de abrazos reconfortantes. Por cierto, en Toledo siguen sin saborear la dulce libertad de deslizarse por un tobogán. Y ya no hay excusas. Ellos también necesitan un alivio, socializar con otros niños, gozar de una infancia que ha sufrido un duro golpe, del que, seguro, se recuperarán.
Esta primavera robada nos ha llevado a casi todos a pensar sobre el sentido de la vida, ha derrumbado ilusiones, nos ha quitado a muchos de los que queríamos, nos ha demostrado que los malos pueden ser peores y que los buenos, independientemente de su bando, siempre llegarán a ser mejores. Hemos comprobado que los políticos, salvo honrosas excepciones, no están a la altura de nuestro país, y que convivimos con compatriotas tan manipulables que, sin más, se ensañan contra símbolos, contra estatuas de algunos de los que contribuyeron a la gloria de un país que hoy se tambalea. ¿Dónde queda el espíritu crítico de los españoles? Despertad, que nuestro futuro lo exige.
Sí, ahora toca ser responsables, asumir que lo que ocurra depende en gran medida de nuestra actitud, pedir responsabilidades por la tragedia vivida, impulsar con valentía nuestra resistencia por el Tajo o Vega Baja, mis incansables luchas,  y dar sentido a nuestra existencia con algún viaje que nos dé alas y, sobre todo, con esos ansiados reencuentros que, en mi caso, me han permitido ver la dulce mirada, que no olvida, de mi madre. Ella sí que es una campeona.



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