"Y luego, aquí, yo"

F.J.Rodríguez
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Franco no dejó en su testamento ninguna instrucción sobre dónde quería que descansaran sus restos, pero un documento fechado antes de su muerte, en julio de 1974, y firmado por el presidente Arias Navarro, indica claramente el Valle de los Caídos

"Y luego, aquí, yo"

Franco no ordenó su entierro en el Valle de los Caídos, su tumba se improvisó días antes. Ésta ha sido siempre la versión más aceptada sobre la decisión de que los restos del dictador reposaran en Cuelgamuros. Medios de comunicación, investigadores e historiadores han ido repitiendo esta sucesión desde la Transición. Únicamente cuando se abrió hace años la posibilidad de exhumar su cadáver una pregunta volvió a quedar en el aire: ¿Dejó Franco alguna indicación sobre dónde quería que descansaran sus restos?
El general Juan María de Peñaranda, que trabajó en los servicios de inteligencia vinculados a la Presidencia del Gobierno desde 1962 a 1979, es sin duda la persona que más puede aportar a este respecto.  En 2017 publicó la tercera parte de su tesis doctoral sobre los servicios secretos en España bajo el título de ‘Operación Lucero’, un volumen en el que cuenta los documentos clasificados como ‘secreto’ por el gobierno franquista en los que se dio forma a una particular operación, el entierro del caudillo.
El asesinato del almirante Carrero Blanco en diciembre de 1973 abrió la puerta de la Presidencia del Gobierno a Arias Navarro, uno de los hombres más fieles a Franco. El atentado contra Carrero pilló desprevenido al Régimen, y su muerte abrió la puerta a una pregunta: ¿Qué podía pasar a la muerte de Franco?
Ya fuera de manera violenta o natural, la muerte del dictador se antojaba cercana, y es por eso que el Servicio Central de Documentación de la Presidencia, el germen de los servicios de inteligencia modernos en España, decidió elaborar un informe de actuación para los diferentes organismos y autoridades en el caso del fallecimiento del entonces jefe del Estado.
A esa operación de alto secreto se la denominó  ‘Operación Lucero’ y su objetivo principal era garantizar el orden público e institucional ante la muerte de Franco, un tránsito político sobre el que quedó por escrito cada paso a dar; hasta el más mínimo detalle sobre las medidas que se adoptarían.
Como no podía ser de otra forma, el lugar de descanso de Franco quedó cerrado antes de su muerte. Eso es al menos lo que el general Peñaranda mantiene en su libro. En 1974 se terminó de redactar ese informe de la Operación Lucero y Arias Navarro autorizó el enterramiento del caudillo en el Valle del Caído por encima de otras muchas opciones puestas encima de la mesa (pazo de Meirás, Tercio de la Legión o El Pardo).
Con todo, Peñaranda señala que Arias Navarro afirmó que la decisión de enterrar la jefe del Estado le correspondía solo a él. «No hay que consultar nada a la familia, porque el que se muere no es don Francisco Franco sino el jefe del Estado, y al Jefe del Estado se le va a enterrar donde nosotros digamos, salvo que hubiera dejado el propio Franco algo dispuesto», recoge en boca del propio Arias Navarro.
Ante esa contundencia de palabras, sorprende que las pronunciara su autor, un Arias Navarro que era uno de los más fieles colaboradores de Franco. No en vano, su sometimiento a su figura fue clave para que fuera designado sucesor de Carrero Blanco frente a otros candidatos.
Así, ciertamente, es difícil no pensar que Arias Navarro contaba con el visto bueno de Franco para ser sepultado en el Valle de los Caídos. Quizás en su momento se pensó que sobraba una indicación expresa del afectado.
Otra pista plausible de esta posibilidad la dio el arquitecto del mausoleo, Diego Méndez González, que al poco del fallecimiento del dictador confirmó para el periódico ABC que el propio Franco le dijo el día de la inauguración del Valle «...y luego, aquí, yo», sobre el lugar donde quería ser enterrado.
Concretamente le dijo: «He construido la sepultura de José Antonio (Primo de Rivera) y tengo proyecto de realizar otras dos, por si fueran necesarias para alguien». Yo pensaba en él y su esposa. Pero no me contestó, la respuesta vino sola. Allí enterramos a muchos muertos anónimos y se pensó en enterrar a todos los caídos de uno y otro bando, como se hizo. Franco dijo que fuesen solo los voluntarios. «¡Qué se consulte a sus familiares. Desde luego, si a mi me lo preguntasen, hubiera dicho que sí!» Con ello había contestado, indirectamente, a nuestra pregunta. Más tarde, aquel día que se inauguró el monumento, ya con la tumba de José Antonio, Franco me llevó paseando hasta el presbiterio, ante el altar mayor, y me dijo: «Méndez, y luego, aquí yo».