Báez y de Rojas, los supuestos curanderos de Totanés

José García Cano
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La presencia de magia, hechicería y tradiciones curanderiles ha llegado a prácticamente todos los pueblos

Estampa de brujería

En el año 1744 el padre fray Juan del Santísimo Sacramento, fraile trinitario descalzo y lector de teología de 32 años, realizaba dos delaciones sobre ciertos episodios de magia y curanderismo que él había conocido en sus viajes por diferentes pueblos de la provincia de Toledo. En la segunda de las delaciones fray Juan declara que en una ocasión mientras estaba predicando en la localidad toledana de Totanés (población al pie de la sierra que dicen de Alpedrega añade el fraile), conoció y habló con un hombre llamado Francisco Báez, alias Garrapizo, de unos cincuenta años, de estatura mediana, el cual era pastor de José Garrido, vecino también de Totanés. Parece que el tal Garrapizo tenía fama de adivinar el futuro, por lo cual el fraile quiso hablar con su amo y preguntarle por esta cuestión. También habló con el cura del pueblo, el padre fray José de Jesús y María. El caso es que a través de estas conversaciones, se enteró que una de las fórmulas mágicas que usaba Báez para encontrar ovejas perdidas o cualquier otra cosa, era pronunciando unas palabras que había aprendido de un mayoral que tuvo cuando era pequeño. Estas palabras eran las siguientes: «Satanás y Barrabás, los mayores del infierno, venid con la porra de yerro y descubridme esta oveja o dinero». Le contaron que en cierta ocasión Garrapizo dijo esta oración cuando alguien robó una mula en el pueblo; parece ser que el ladrón al poco tiempo fue a devolverla, ya que cuando llegó con el animal a la localidad de Casasbuenas, se sintió impedido de pasar hacia adelante, como si algo no le dejara avanzar y por ello decidió volver a donde había robado la mula. Otra historia le ocurrió cuando le llamaron desde cierta localidad vecina para encontrar «ciertos dineros» que pensaban había dejado un vecino que había muerto hacía ocho años. Para encontrar el botín del muerto le ofrecieron doce fanegas de trigo, dos arrobas de vino y una de aceite. Báez dijo las oraciones en una cueva, donde pensaban que estaba el dinero, pero finalmente no se halló nada, según nuestro hechicero «porque no penase el alma de aquél difunto».
También confesó el fraile que en Totanés conoció a una mujer llamada Lucía de Rojas, de unos sesenta años, de estado viuda y de estatura proporcionada, a quien todo el mundo en el lugar llamaba «la Santiguadera», porque hacía y practicaba diversas curaciones, tanto leves como graves, de todo género de enfermedades, santiguando a las personas que necesitaban curarse. El fraile quiso hablar con ella para sonsacarle más información y al preguntarla sobre cómo hacía las curaciones, la hechicera le contestó que con la señal de la cruz y con algunas oraciones que había oído decir y que le repitió al religioso, el cual no las recordaba pero sí añade que fueron «tontamente dichas y ordenadas».  Insistiendo a Lucía de por qué no usaba las oraciones cristinas, le contestó la curandera que las que ella decía “eran buenas para curar” y las decía por hacer obra de caridad; añadió que para conocer si una persona tiene el mal de ojo, solía echar una gota de aceite en el agua y observaba si se hundía dicho aceite o bien se dividía, para así saber si la persona estaba ahojada o no. Es curioso pero este sistema para adivinar si alguien tiene mal de ojo se ha seguido utilizando por curanderos y curanderas en media España hasta la actualidad.
Nuestro delator trinitario conoció otra historia en Totanés de un mancebo cuyo nombre no supieron darle, el cual había muerto poco tiempo atrás, posiblemente y según decían en el pueblo «por maleficios». Le explicaron que el difunto había tratado de matrimonio con una mujer, pero que ambos habían roto el contrato matrimonial. Según le contaron, la novia despechada le dio un poco de vino y algo de beber al mozo la misma noche que se disolvió el acuerdo de matrimonio. El caso es que desde aquella noche el novio comenzó a enfermar, agravándosele con exceso la enfermedad a medida que pasaba el tiempo. El pobre enfermo aseguraba y perjuraba que tenía algún escorpión u otra cosa «que le roía las entrañas» y los demás le decían que sería aprensión, a lo que él contestaba que «si no fuera desesperación se abriría el pecho para que lo vieran». El pobre hombre suplicó que si fallecía le abrieran el cuerpo para desengañarse, cosa que efectivamente ocurrió ya que falleció al poco. Estando presente la justicia, los cirujanos y algunas otras personas, se procedió a realizarle algo parecido a una autopsia. Cuál no sería la sorpresa de los presentes, cuando al abrir el cadáver hallaron en las entrañas del difunto un animalillo vivo parecido «a un lagartillo» dice la documentación, con lo que quedaron todos los testigos con la sospecha de que los hechizos habían causado la muerte del joven, siendo provocados por lo que bebió y comió en la citada noche en casa de su novia.  
Con estos casos ocurridos en Totanés y referidos por el religioso que declaró ante el Santo Oficio de Toledo, seguimos demostrando que la presencia de la magia, de la hechicería y de las tradiciones curanderiles en nuestra provincia, han llegado a prácticamente todos y cada uno de los pueblos y lugares que la conforman, siendo esta manera tan ancestral de curar algo tan arraigado a nuestra historia que es muy difícil separa la antigua medicina tradicional de la magia que se practicaba en estos siglos pretéritos.