El alcalde acusado de acabar con 'el Tigre de Cataluña'

Adolfo de Mingo
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Es considerado por los historiadores el mejor regidor que tuvo Toledo en el siglo XIX, pese a gobernar apenas cuatro años. Hasta el fin de sus días fue un firme defensor del tradicionalismo

Gaspar Díaz de Labandero y Cuadrillero (1804-1882), en una fotografía conservada en el Archivo Municipal.

Gaspar Díaz de Labandero y Cuadrillero (1804-1882) es considerado por los historiadores toledanos uno de los mejores alcaldes de esta ciudad en el siglo XIX. En apenas cuatro años dotó a Toledo de modernos paseos y fuentes públicas, renovó la iluminación urbana y sentó las bases para la construcción de edificios e infraestructuras como el Teatro de Rojas y el Mercado de Abastos. Supo aprovechar, en suma, los beneficios de la reciente llegada del ferrocarril (1858) y del periodo de paz y prosperidad que vivió toda España durante la segunda mitad del reinado de Isabel II, una vez superados los estragos de la Primera Guerra Carlista.
Mucho menos conocida es su estrecha relación con Cataluña, que conoció bien, precisamente durante aquella etapa, al convertirse en intendente general del Principado entre 1837 y 1839. Allí estuvo implicado, con otros mandos absolutistas, en el asesinato del capitán general Charles de Espagne, conde de España. Díaz de Labandero intentaría restañar su honor en 1847 con la publicación de una Historia de la guerra civil de Cataluña, texto de referencia para los estudiosos del carlismo catalán en sus primeros momentos.
Es muy poco lo que conocemos sobre este interesante personaje, salvo que procedía de una familia hidalga de ascendencia montañesa. Su padre, Pedro Alcántara Díaz de Labandero Fernández de Ceballos Rubín de Celis y Ruiz Tagle (1774-1851), caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III y maestrante de Ronda, fue diputado en Cortes y ministro de Hacienda del primer aspirante carlista al trono de España. Su madre fue Brígida Antonia Cuadrillero Herce Moreno.
La actividad del joven Gaspar parece haber estado dirigida desde bien temprano hacia la administración, pues en 1833, el mismo año que comenzó la Primera Guerra Carlista, trabajaba como contador en el Tribunal Mayor de Cuentas. En 1837 sería designado «intendente del Ejército de Cataluña, confiándo[se]le interinamente la Intendencia de provincia del mismo Principado». Su padre, según parece, había desempeñado esta responsabilidad antes que él.
Ya por entonces parecía dar señas de capacidad de buen gobierno. En una carta dirigida a su amigo el general Urbiztondo, en Berga (Barcelona), en julio de 1837, lamentaba el desordenado saqueo realizado por sus propias tropas contra la población: «Nada sirve dictar providencias para que la recaudación se haga conforme a instrucciones vigentes y que los fondos todos entren en una tesorería para su distribución justa y arreglada, pues los jefes principales continúan en sus rancias e inalterables costumbres, agarrando cuanto se les pone por delante (...) Le aseguro a usted, mi querido don Antonio, que cada día estoy más escandalizado y aturdido del modo tan cochino de robar que tienen estos caribes».
Tal vez fuera este carácter lo que le llevara a conspirar contra el capitán general de Cataluña, Charles de Espagne o Carlos de España (1775-1839), conde de España, aristócrata de origen francés distinguido por Fernando VII. Furioso absolutista y represor de la causa liberal, el conde de España impulsó un cruel gobierno que le valdría la denominación de ‘el Tigre de Cataluña’ o ‘el Calígula español’. Murió asesinado cerca de Orgañá (Lérida) a finales de octubre de 1839. Su cuerpo fue arrojado al río Segre. Años más tarde, su cráneo emprendería un curioso periplo hasta Filipinas, desde donde regresaría a España para ser reintegrado a sus restos.
Gaspar Díaz de Labandero fue pronto considerado conocedor de los hechos y colaborador necesario. Fuentes como el libelo isabelino Muerte del conde de España y vida del cura Merino (Madrid, 1840) le hacían directamente inductor del viaje que costaría la vida al capitán general de Cataluña, al convencerle de que solamente en su presencia accedería la Junta carlista a destinar a las tropas la gratificación de ración doble y medio mes de paga que el conde de España pretendía ofrecerles el 4 de noviembre de 1839 por ser día de san Carlos Borromeo, santo patrón del aspirante al trono de España. El intendente se habría apoderado también de los papeles del capitán general y de sus efectos personales. Casi un siglo después, un buen conocedor de las guerras carlistas como fue Pío Baroja seguía esta misma línea al señalar que «don Gaspar Labandero no necesita que le cuenten nada. Él sabe muy bien lo que ocurrió. Es un canalla, un cobarde» («La quinta de Mirambel», de sus Memorias de un hombre de acción).
No es de extrañar que el futuro alcalde intentase centrar sus esfuerzos en rechazar estas acusaciones. Lo hizo al escribir su Historia de la guerra civil de Cataluña en la última época (Madrid, Imprenta de la Viuda de Jordán e hijos, 1847), texto que se aseguró de difundir por entregas a través del periódico La Esperanza, del cual era copropietario junto con el conde de Villanueva de la Barca. «Las personas que han nacido en la cuna de Labandero -decía en primera persona, en la primera parte del volumen, manifestando sus sospechas de que el calumniador podría haber sido Antonio Espar, catedrático del Seminario de Urgel y comisionado de la Junta carlista- prefieren antes mil muertes que empañar el lustre de sus blasones con un borrón tan execrable».
La Historia de la guerra civil de Cataluña serviría de inspiración, medio siglo después, al arquitecto Alfonso Bonells, pues tomaría como referencia el pasaje sobre la conquista de Ripoll para diseñar su monumento a las víctimas de aquella población: «He visto heroísmo, constancia y fidelidad en una y otra parte, pero nada que llegue al ataque y la defensa de los fuertes y villa de Ripoll». Hoy la escultura que preside el memorial, inicialmente concebida sobre una elevada columna, acompañada de la palma de la gloria y del gallo ripollés, suele ser investida con enseñas independentistas.
Nuestras noticias sobre Gaspar Díaz de Labandero -que cesó en el cargo de intendente en 1851- se interrumpen hasta el 1 de enero de 1865, fecha en la que tomó posesión como alcalde-corregidor de Toledo. Permaneció en el cargo durante menos de cuatro años. Estos, sin embargo -de los que conocemos abundantes detalles gracias al periódico decimal El Tajo-, han sido felizmente recordados por historiadores toledanos como Julio Porres Martín-Cleto.
Una de sus primeras medidas, adoptada con el fin de frenar las graves epidemias de cólera de mediados del siglo XIX, fue la urbanización de los paseos periurbanos de Toledo, como los del Tránsito, San Cristóbal y el Carmen (denominado «paseo de Tetuán» en 1865). Para esta labor contó con arquitectos como Luis Antonio Fenech. Por su activa lucha contra la epidemia, Díaz de Labandero, junto con el resto de responsables administrativos y sanitarios de la ciudad, sería distinguido con su ingreso en la Orden civil de la Beneficencia.
En 1866 contribuyó como alcalde al éxito de la Exposición agrícola, artística e industrial celebrada en el Hospital Tavera. Ese mismo año realizó numerosas gestiones en Madrid para impulsar la traída de aguas a Toledo. Durante su mandato continuaron creándose fuentes públicas alimentadas con el agua de la Pozuela, pero no fue posible aprovisionar a la ciudad del «millón de litros de agua del Tajo» -según explicaba el periódico La Correspondencia el proyecto de bombeo del ingeniero López Vargas- que habría traído consigo la restauración del Artificio. Díaz de Labandero sería responsable, precisamente, de la postrera desaparición de los restos del Ingenio de Juanelo en un baldío intento de construir la estación elevadora. También fue el responsable de la finalización de la puerta de Arbitrios o de San Martín y renovó la iluminación urbana al promover, en mayo de 1867, la instalación pública de 300 faroles de aceite.
Su significación tradicionalista seguía siendo firme en aquellos años. No en vano, el 19 de noviembre de 1866 impulsó nada menos que el ofrecimiento al papa Pío IX, en los momentos inmediatamente anteriores a la unificación del Reino de Italia (que este pontífice no apoyaba), para que Toledo se convirtiera interinamente en capital del orbe cristiano. El pontífice respondió dando las gracias al Ayuntamiento con una carta autógrafa que sería leída en sesión extraordinaria el 22 de enero de 1867, cuyos detalles conocemos por la prensa: «El señor alcalde leyó la carta estando todos los señores en pie, venerando así la persona de quien recibían tanta dignación. Mas como en la carta se daba la bendición apostólica a todo el cuerpo municipal, al llegar aquí el señor alcalde, dijo: señores, todos de rodillas, y como chispa eléctrica que conmueve cuanto está a su alcance, así todos instantáneamente se hicieron de hinojos, y con un corazón verdaderamente católico, aceptaron la bendición que les daba nuestro inmortal Pio IX. Continuando arrodillados, besaron la firma de tan augusta persona» (El Pensamiento Español, 1 de febrero de 1867).
Su cese se produjo el 30 de septiembre de 1868, al constituirse el nuevo ayuntamiento constitucional. Le sucedería en el cargo Estanislao Joaquín Pinto, antiguo subgobernador de Mahón. Díaz de Labandero mantenía más que nunca su compromiso absolutista, pues cuatro años después se iniciaría contra él y otros significados carlistas -entre ellos el toledano León Carbonero, conde de Sol- una causa como «provocadores por medio de la imprenta del alzamiento en armas para conseguir por la fuerza el reemplazo del gobierno monárquico constitucional existente [es decir, el de Amadeo de Saboya] por el monárquico absoluto». Finalmente, fueron amnistiados.
Murió en Madrid el sábado 27 de mayo de 1882. Diversos diarios se hicieron eco de la noticia, entre ellos La Correspondencia de España, que le consideraba «uno de los patriarcas del partido tradicionalista».