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Javier Ruiz

LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Serafín y Miguelturra

03/03/2022

Cada vez que lo veo me recuerda a mi padre, porque lo conoció y trató en vida. Quizá por eso sienta especial debilidad por Serafín, Serafín Delgado, el Rey del Carnaval de Miguelturra, uno de los hombres con más larga vida que uno ha visto y verá. Porque esa es otra, Serafín ya ha presentado papeles para no morir hasta los cien años. Si los anteriores reyes del Carnaval del Miguelturra fueron nonagenarios, él debe alcanzar la centuria por los siglos de los siglos. Es un alma caritativa, un hombre excelente, una maravilla para quien lo conoce. Lleva el humor por dentro, como lo hacen los grandes, sin darse importancia, pero son quilates lo que de su boca sale. Miguelturra lo eligió rey en su fiesta más importante y las peñas lo adoran. Corresponde al título como debe y, aunque lo operaron de la columna el día de la lotería, Serafín no ha faltado ni una vez este Carnaval a sus obligaciones. El cargo es vitalicio porque la corona hay que ganársela, no se hereda.
El Carnaval de Miguelturra es una de las grandes manifestaciones artísticas que tiene esta región y –me atrevería a decir- España entera. Solo quien se ha perdido una noche de Carnaval en sus calles sabe de lo que hablo. Peñas de arriba abajo con locales abiertos para el que llegue… Un trapo, una máscara, un '¿a que no me conoces?', el grito de guerra del Carnaval churriego. Diez días de un surrealismo universal, una vanguardia indescriptible, un viaje al futuro y al pasado a la vez. En Miguelturra hay que ir disfrazado porque si no, acaban contigo. Recuerdo un día que se me acercó una máscara y dijo: '¡Javierito, cómo te gustan las maduritas!… Que el otro día te vi con la Carmencita del brazo por la calle'. Y lo peor es que llevaba razón.
Miguelturra es un Macondo por descubrir, una irrealidad preciosa, un acabóse el mundo colosal. Cada vez que regreso en Carnaval, son recuerdos de mi infancia, cuando mi madre me llevaba de la mano por la carretera de Ciudad Real. Y comprábamos pasteles en la plaza y luego comíamos rollo en Zacarías hasta que volviese mi padre. Luego llegó la viajera y nos dejaba cada Martes de Carnaval en los zapatos de la ilusión, la sonrisa imperecedera, el disfraz eterno de la vida. Dicen que el Carnaval no prende en según qué sitios, pero en la Mancha y Miguelturra es su fiesta principal. Me ha costado años entenderlo y hacerlo mío, que es como las cosas se aprenden. El Carnaval es una cosa muy seria, quizá hasta Larra se dio cuenta un día. Serafín se emociona cuando recuerda el Carnaval en los balcones del año pasado. Quién nos lo iba a contar, cómo lo iríamos a imaginar, en qué cabeza cabía aquello.
Y Miguelturra no falla y vuelve a resurgir. Ahora con una escultura de Kiriko a la máscara callejera. La alcaldesa me cuenta que en junio volverá a haber Carnaval porque el año pasado no hubo y fue una experiencia tremenda. Los niños que nacen en Miguelturra van primero a la Torre Gorda y luego a la peña del Carnaval de sus padres. Es república independiente y llevan el gentilicio churriego, marcado a sangre y fuego por las venas, caballo desbocado que palpita a cualquier hora del día. Serafín se tomaba chatos con mi padre y a mí me ahoga la tristeza. Pero veo su corona, sus luces, sus trajes y esa sonrisa tan bonita y verdadera suya que es como si me lo trajera en su mirada de nuevo. Gracias, Serafín, por tanto, por estar, permanecer, vivir, ser luz de tu pueblo, tu Carnaval, tus  peñas y, sobre todo, por la sonrisa enorme en la que caben el universo y el firmamento enteros.