Toledo desde el kiosko Katalino

Katalino


Adiós

Han sido más de 450 columnas las que he tenido el placer de compartir con vosotros, lectores y amigos. Han versado, en general, sobre Patrimonio, vida cultural, política y curiosidades toledanas. He procurado combinar el rigor científico con el sentido del humor y un cierto casticismo, propio del lugar desde el que enviaba las Crónicas: El Quiosco Catalino. 
Un sitio especial, sin duda, un microcosmos en el que todo el mundo y las ideologías tienen cabida, unidas por un ideal común, amanecer el día lo mejor posible. Un un servidor no conoce mejor manera de empezar Toledo cada día, que «mojando el churro», sea en el humilde café con leche o en el exótico «chocolaut» traído desde las Indias al corazón de la España Profunda.
El Cronista se va, pero se queda el Catalino y eso es lo que importa, porque permanece abierto, en el tiempo y en el mismo espacio que la Bisagra que lo vio nacer, con el objetivo de representar para todos los toledanos y visitantes una lección hodierna muy necesaria en los tiempos que vienen: mantener el concepto de multiculturalismo, de mudejarismo cultural y de convivencia en torno a un refrigerio matutino o vespertino. Nunca puse mi verdadera foto, ni mi verdadero nombre, porque el Catalino era y es referencia, el logotipo, la marca de calidad que anuncia a Toledo, cuando la luz del sol se posa, perezosa, sobre Bisagra. Pensaba que era suficiente, porque lo contingente era y es Toledo. 
Quedan muy buenos columnistas en La Tribuna, muy apegados a la ciudad y sus problemas, ya la columna ‘económica’ de Juan Ignacio, ya las más ‘políticas’ de Fuentes o las ‘reivindicativas’ de Enrique Sánchez Lubián, en suma quedan en muy buenas manos. Me reclaman otros intereses profesionales y vitales que no sorprenderán a los que me conocen. 
Me reclaman otros intereses profesionales y vitales que no sorprenderán a los que me conocen. La llegada de Fray Ricardo de la Vorágine, un viejo amigo del Catalino que vino a buscar la Mesa de Salomón, ha encendido una vieja luz apagada por el tiempo, que se ha vuelto a iluminar. No puedo permitir que esa sagrada Mesa del Saber permanezca más tiempo en la oscuridad. La busqué desde una alta columna como Simeón el Estilita; la perseguí obsesivamente como Fray Ricardo de la Vorágine y decepcionado por no hallarla nunca, me retiré al Catalino para intentar olvidarla. Ahora es mi única misión, me convertiré en un nuevo Super Heróe, como el «Tío de la Vara», para encontrarla y dar sentido a mi azarosa vida. 
Me retiro al Monasterio de Uclés para meditar y consultar documentos inéditos. «Es ist Zeit zu man Zeit», que dijo Rilke. Se cumplen cien años de su visita a Toledo. Es Tiempo de que sea Tiempo...