Jesús subió a la barca

Javier Salazar / María Ferrero
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«En aquel tiempo, subió Jesús a la barca y sus discípulos lo siguieron». Se ha comparado siempre la barca con la Iglesia. Esta introducción al Evangelio de la Misa de hoy, vuelve a confirmar lo acertado de esta metáfora: ‘Jesús sube a la barca’ y, añade «y sus discípulos lo siguieron». En la barca están Cristo y sus discípulos: eso es la Iglesia. Barca que se dirige a buen puerto -el cielo- y va recogiendo a cuantos ‘peces’ encuentra en su navegar por el mar del mundo. Y a la metáfora le sigue todo un simbolismo: «se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas». Es impresionante lo muy aplicable que son estas palabras a la Iglesia si las consideramos no sólo en este tiempo en el que vivimos, sino pensando en toda la historia, desde Jesucristo hasta nuestros días: «la barca desaparecía entre las olas».
La Iglesia, cada cristiano, no espera vivir en un mar sin oleaje, en un mundo sin miserias. Conoce las propias y las de los demás. Y no se escandaliza, ni las echa en cara, ni se asusta. Simplemente llama a la conversión, a descubrir el amor de Dios que tan bien nos conoce. Por eso no nos escandalizamos con nuestras miserias, ni las de los miembros de la Iglesia, ni con los pecados del mundo.
Algunos creerán que para hacer callar a la Iglesia sólo hay que destapar su ‘cubo de basura’. Eso bastaría para retirarnos de un concurso de popularidad, pero no para ser apóstol. El apóstol sabe que no llama a creer en él, sino a volverse hacia Dios y conocer el amor que nos tiene. Por eso le importa muy poco que le insulten o le denigren, esas son las olas, e incluso que le conozcan como es. Prefiero a un gran pecador  que luchar cada día por aprovechar la gracia de Dios, que al acomodado que cree que no tiene nada que cambiar. Pero si cuando quieren insultarte lo que te dicen son virtudes (que Eres fiel al mensaje recibido, que eres piadoso, que tienes fe,…), entonces hay que dar mucha gloria a Dios.
“De pronto se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él (Jesús) dormía.” Todo es cuestión de perspectiva, seguro que lo hemos experimentado miles de veces, que me perdonen los pescadores. Desde dentro de la barca parece que el movimiento de las olas es enorme, «¡que nos hundimos!». Pero si lo contemplamos desde la orilla nos parecerá que el movimiento de la barca no es tan importante, tal vez, en alguna ocasión, se escorase un poco más, pero nada que nos preocupe. Claro, no tenemos el mareo de estar dentro de la barca y tenemos los pies bien firmes en el suelo. Si nos alejamos más y miramos el temporal desde la estación espacial se convertirá en un pequeñísimo grupo de nubes sobre una pequeña mancha de agua y, si distinguimos la barca, nos parecerá que flota tranquilamente en la superficie. Lo que es una gran tormenta para una barquita de pescadores es apenas un pequeño movimiento de cubierta.
«(Jesús) les dijo: «¡Cobardes! ¿Qué poca fe!»- Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma».  Jesús, que es el Hijo de Dios, mira la historia desde la perspectiva de Dios. Está dentro de la barca, de la Iglesia, pero no pierde la paz por las contradicciones que nosotros podemos sufrir. Dentro de la historia de la Iglesia y, sobre todo, en la Providencia de Dios, no son sino un vientecillo que se mueve ligero que, en la mayoría de los casos, no nos quedará ni recuerdo. «¿Caminan juntos dos que no se conocen? ¿Ruge el león en la espesura sin tener presa?». ¿Hace Dios cosas inútiles o se olvida de su Iglesia? No. Pero a veces se nos olvida. Pensamos en la Iglesia con perspectiva humana y eso nos lleva al miedo y nos bloquea. Algunos se convierten en mesías, olvidándose del único Mesías. Otros empiezan a dar batallas por perdidas y empiezan a recortar la fe de la Iglesia que han recibido. Si miramos desde la perspectiva de Dios nos daremos cuenta Quién es este. Jesucristo no ha abandonado a su Iglesia, por ello, a pesar de las dificultades, de las desafecciones, de las persecuciones y contrariedades, seguimos remando sin temor. Sabemos que todo eso pasará y que la barca no se hundirá. Quien se empeña en estar continuamente comentando la tormenta se olvida que tiene que llegar a una meta, e incluso llega a pensar que es inalcanzable. Nosotros no, aunque ahora mismo cueste remar hacia adelante sabemos que el Patrón nos llevará a buen puerto y aunque el bogar sea duro, no lo dejamos.
Creo que la barca de la Iglesia siempre estará entre vientos y olas, nunca -hasta la Jerusalén celeste-, viviremos sin sentir la «fuerza del viento» pues siempre podremos mejorar. Pero no hay que tener miedo. El miedo empuja al fondo del mar, te invita a que tires la toalla y comiences a hacer lo que cualquiera haría en medio del mar: hundirse. El miedo hace que un sacerdote predique de cosas insulsas y superficiales, que un cristiano en su trabajo pase desapercibido como si fuese un ateo convencido, que en una familia no se nombre nunca a Dios, ni se viva juntos la fe. El miedo hace que nos metamos en ‘el fondo de la cueva’ y nos aislemos del mundo real, del mundo según Dios. Elías aguantó en la cueva el huracán, el terremoto y el fuego, hasta que escuchó el susurro de Dios. Lo fácil hubiera sido correr a ocultarse de los peligros del mundo, pensar que el mundo exterior, con sus dificultades, sus desalientos y decepciones, no existe. Pero entonces tampoco escucharemos a Dios, nos escucharemos a nosotros mismos.
«Digo la verdad en Cristo; mi conciencia iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento». Estos días de más tranquilidad tienen que servirnos, no para desesperarnos y pensar que todo está mal, sino para postrarnos ante el Señor diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios». Y así, cuando volvamos a estar caminando sobre frágiles aguas, o en medio de la tormenta, no cabrá en nosotros el miedo sino la confianza y trabajaremos (viviremos), con más ahínco por el Reino de Dios.
Si fuésemos los primeros en caminar sobre las aguas tal vez seríamos unos inconscientes, pero delante de nosotros van multitud de hijos fieles de la Iglesia y, a nuestro lado, va nuestra madre la Virgen, que siempre nos acercará la mano de su Hijo para evitar que nos hundamos.
 El Señor está con nosotros. No nos ha dejado de su mano. La gracia y la misericordia de Dios nos vienen con él, por él y en él. Subiremos a la barca, pues, y amainarán los vientos. No tengáis miedo, estoy con vosotros siempre, hasta el fin de los tiempos. ¿Cómo?, ¿conmigo también?, ¿no es sólo con Pedro? Sí, no tengas  miedo, contigo también, con vosotros también. ¿De qué manera tendremos la certeza de que sea así? Porque afirmamos: realmente eres Hijo de Dios.
La Estrella de Oriente, nuestra Madre la Virgen, nos recuerda la dirección hacia la que nos dirigimos, al cielo, acompañados de Jesús y, por eso, tan tranquilos, aunque tengamos que sudar. Nuestra madre la Virgen no tenía ningún temor a que Dios y los demás la conociesen como era. Hasta aguantó que la tomasen como madre soltera por aceptar la voluntad de Dios. Unidos a ella, que tanto nos quiere y tan bien nos conoce, nos libraremos del temor y amaremos a los demás como Dios nos ama, a pesar de sus miserias y las nuestras.