El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Soledad sonora

31/03/2020

En estos días de cuarentena me asomo con frecuencia a la ventana. Por la habitualmente saturada carretera apenas pasa algún coche de vez en cuando. El estrépito de los motores, el bullicio de la gente que va y viene, que entra al bar a tomarse un café y que comenta cualquier asunto de mayor o menor interés, han dado paso a un silencio clamoroso. A veces, a lo lejos, se oye el tañer de las campanas de algún convento, al que la reclusión forzosa del resto de la ciudadanía no ha venido a alterar su ritmo secular. Se puede escuchar el rumor del padre Tajo, que corre manso, apacible, acaso más limpio que de costumbre, y el trinar de los pájaros que sienten cómo va llegando la primavera. El ruido ha dado paso a un silencio quizá para muchos ensordecedor.
Son días extraños. Estábamos acostumbrados a lo inmediato, al ‘aquí y ahora’, y de repente, nos encontramos con el lento fluir de los días, sin una meta temporal clara, atemorizados por la angustia del acecho imprevisible de ese virus que se nos esconde, un enemigo oculto del que no sabemos cuándo puede asestarnos el zarpazo fatal.
Y sin embargo, son días que nos ofrecen una oportunidad única para dedicarnos a algo que no solemos hacer, el adentrarnos en nuestro interior, el pensar en nosotros mismos, no en el sentido de búsqueda egoísta de nuestro interés, sino en el de plantearnos nuestra realidad, nuestra vida. Es tiempo para, sobre todo si tenemos que estar aislados totalmente, vivir una ‘soledad sonora’, como la denominaba San Juan de la Cruz. La soledad puede ser asfixiante, angustiosa, cuando es vivida por necesidad, como una imposición, pero desde nuestra capacidad como seres racionales, espirituales en el sentido más amplio, podemos transformarla en algo fecundo, en una posibilidad de crecimiento y maduración personal, con espacios para leer, pensar, reflexionar, meditar, orar. Son momentos para cultivar nuestro yo más profundo, esa ‘atención a lo interior’ a la que también se refería el santo carmelita, y a la que también otro santo, teólogo y filósofo, Agustín de Hipona, aludía al invitarnos a no dispersarnos con lo que ocurre a nuestro alrededor, metiéndonos dentro de nosotros mismos, buscando la verdad que anida en lo más hondo del corazón humano, en el interior del hombre, en el hombre interior. Ese buceo en nuestras profundidades tal vez pueda confrontarnos con nuestro verdadero yo, ese que se ve arrastrado, en tiempos ‘normales’, por la vorágine de nuestras agitadas existencias.
Es probable que no tengamos que volver a enfrentarnos a una situación como la que estamos viviendo. Superaremos el coronavirus, y con el tiempo restañaremos las heridas que va a dejar en tantas personas y en la sociedad. Pero mientras pasa la tormenta, aprovechemos, en este ‘carpe diem’ que nos viene impuesto, para crecer como personas, para humanizarnos, para reubicar los valores que guían nuestra vida.