El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Miércoles de ceniza

Un año más, en el cíclico fluir del tiempo, la primavera se acerca. Su luna llena será la señal de la celebración más importante para los cristianos, la Pascua, con su Semana Santa tan llena de arte, cultura y belleza, además de fe, y que adquiere un esplendor especial en nuestras viejas ciudades históricas. Pero como todo gran acontecimiento, es preciso prepararlo bien, con atención y profundidad. Cuaresma, cuarenta días que nos ofrecen la oportunidad de entrar en la vivencia personal de los días santos que se aproximan.
El pórtico de la Cuaresma es el Miércoles de Ceniza. Un signo sencillo, sobrio, que evoca el humus, la tierra de la que procede, en hermosa metáfora del Génesis, el ser humano. Tierra, barro modelado por el Alfarero divino, insuflada de espíritu vital, pero siempre quebradiza, frágil, imperfecta. Tierra que sin ese hálito se vuelve polvo. Y sin embargo, tierra capaz de florecer y germinar cuando es vivificada por el Agua, signo del Espíritu divino.
‘Recuerda que eres polvo’. Frente a la soberbia y autosuficiencia con la que construimos nuestro proyecto vital en muchas ocasiones, el recuerdo de nuestra limitación. Y la limitación máxima, ‘al polvo volverás’, el encuentro con la finitud, el saber que nuestro paso por este mundo es fugaz. Sin embargo, el camino cuaresmal no es una autonegación masoquista ni un complacerse en lo negativo. Todo lo contrario. La luz de la Pascua,  la victoria del Crucificado-Resucitado, es la que permite avanzar con esperanza gozosa. No es la negación de la vida, sino su afirmación; no es el rechazo de lo humano, sino su exaltación a lo divino, rompiendo las ataduras de la biología, permitiendo una metamorfosis de la que la persona, siendo la misma, renace transfigurada para una proyección existencial más allá del tiempo y del espacio.
La Cuaresma no es el intentar aplacar el enojo eterno de un Dios castigador, sino la purificación de los egoísmos para sentir el abrazo de un Padre misericordioso que sale corriendo a nuestro encuentro. Subimos a Jerusalén, y para recorrer ágiles el sendero es preciso quitar pesos superfluos, ataduras que nos esclavizan, vendas que nos impiden ver al hermano herido en el camino. Ayuno, limosna, oración, tres cimientos sobre los que construir nuestro camino hacia la Pascua. Ayuno, no sólo de alimento, sino de tantas cosas que creemos que nos sacian, y sin embargo nos dejan hambrientos. Ayuno que, liberándonos de lo innecesario, se convierte en limosna que alimenta al hermano, limosna de dinero, de tiempo compartido, de atención a enfermos, ancianos, marginados. Oración que es encuentro con el Totalmente Otro que ha querido hacerse entrañablemente cercano, compartiendo nuestra realidad hasta lo más hondo, sabiendo de dolor, sufrimiento, incomprensión; diálogo profundo que escucha en el silencio y responde desde el amor.
Cuaresma, tiempo de desierto para reconciliarnos no sólo con Dios, sino también con nosotros mismos, con los demás y con la Creación.