La Ilustre fregona, también en el cine

Adolfo de Mingo
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El conocido texto de Cervantes fue llevado al cine por Armando Pou en 1927, adaptación en la que participó Astrana Marín. Apenas se conservan unos minutos de metraje, entre los cuales es posible identificar la ciudad de Toledo

La disputa entre azacanes, tal como recoge la novela, fue filmada en las proximidades del río: los rodaderos del Valle se aprecian al fondo a la derecha. - Foto: La pantalla (1928)

Ciertos comentarios tan recientes como desafortunados acerca de una exconcejal del Ayuntamiento -a los que esta edil respondió hace algunos días, no sin falta de humor, recordando el personaje de La ilustre fregona- permiten recordar que la ciudad de Toledo acogió en 1927 una temprana adaptación cinematográfica de la que fue una de las Novelas ejemplares más conocidas de Cervantes.
Las calles del Casco Histórico, lo mismo que las de Illescas, Burgos, Valladolid, Villaviciosa y otras localizaciones de época mencionadas en el texto del inmortal escritor, fueron escenario de las andanzas de los jóvenes Diego de Carriazo y Tomás de Avendaño, mancebos de buena familia que llegaban hasta nuestra ciudad en busca de aventuras. Una vez en Toledo, se alojaban en el mesón en el que trabajaba Constanza, de la cual uno de ellos acabó perdidamente enamorado.
El interés por La ilustre fregona, según ha recordado recientemente Jean-Claude Seguin (Universidad de Lyon), venía en 1927 precedido por la publicación de El mesón del Sevillano (1923), del escritor Diego San José, seguida tres años después por la aclamada zarzuela El huésped del Sevillano, del compositor toledano Jacinto Guerrero. 
El género de capa y espada, en general, había tenido gran interés para el público teatral y cinematográfico de los años veinte, desde La dama del armiño (Luis Fernández Ardavín, 1922) -cuyo éxito en el Teatro María Guerrero de Madrid le granjearía a su autor el nombramiento de Hijo adoptivo de la ciudad de Toledo- hasta las películas A buen juez, mejor testigo (Federico Deán y hermanos Piñeiro, 1926) o Los misterios de la imperial Toledo (José Buchs, 1928).
Es muy poco cuanto se conoce de esta película, de la que -paradójicamente- sí se han conservado alrededor de diez minutos de metraje en la Filmoteca Nacional. Obra de Armando Pou, realizador de origen puertorriqueño que como director de fotografía había participado ya en abundantes películas mudas en España, La ilustre fregona ha sido objeto de varias investigaciones en los últimos años, destacando entre ellas, aparte del completo estudio de Jean-Claude Seguin, la de Victoria Aranda Arribas (Universidad de Córdoba).
El periódico local El Castellano dio noticia del rodaje en localizaciones toledanas mucho antes de que estas se produjeran, el 29 de septiembre de 1926, cuando aún estaba previsto que el director del film fuese Manuel Noriega y el operador José María Beltrán (posteriormente sucedido por José Micón y por Tomás Terol de Polerón). La crónica publicada en el periódico conservador destacaba así mismo la participación en el proyecto del escritor y periodista de origen conquense Luis Astrana Marín (1889-1959), uno de los cervantistas más importantes de la primera mitad del siglo XX.
La filmación en nuestra ciudad no comenzaría hasta varios meses después, el 25 de abril de 1927. No mencionaba El Castellano, desgraciadamente, cuáles fueron los «varios sitios típicos de Toledo donde filman las últimas escenas que restan de la película», aunque sí la satisfacción del redactor de la sección Teatralerías al «observar con qué pulcritud de detalles, minuciosidad y cuidado se toman todos cuantos momentos de lugar y de situación escénica son precisos». La breve crónica permitía completar la escueta ficha técnica del film, al precisar que el vestuario lo proporcionaba la Viuda de Izquierdo y que Ruiz era el responsable de peluquería. Pocos días más tarde, el 3 de mayo, El Castellano alimentaba la expectación publicando dos imágenes del rodaje (desgraciadamente, ambas interiores).
Sí es posible identificar con total seguridad como toledanas dos de las localizaciones exteriores que aparecen entre los escasos minutos conservados de la película. La primera es la bifurcación de dos calles en la zona más meridional del Casco, muy cerca del río Tajo y de los rodaderos del Valle, que pueden apreciarse al fondo del plano. 
Es allí donde se produce la disputa entre azacanes que se salda con la muerte de uno de ellos a manos de Diego de Carriazo, uno de los jóvenes hidalgos protagonistas, según el texto cervantino. La escena, por cierto, sorprende por la gran violencia con la que se resolvió, con la cabeza del aguador repetidamente golpeada contra el suelo empedrado de la calle. Posteriormente, varios corchetes con sus característicos morriones del siglo XVI apresan al joven, según puede apreciarse en una foto fija que sería publicada en la revista La pantalla el 1 de abril de 1928. 
La otra localización es una vista muy abierta del barrio de las Covachuelas, presidida por la inconfundible silueta de la iglesia del Hospital de San Juan Bautista de Tavera. «La cruda tonalidad» de los exteriores de esta película, «que llega a cansar la vista», sería criticada por Luis Robles en la misma revista. Se han conservado algunos planos más que podrían haber sido tomados en Toledo, como la interpretación de una serenata por parte del hijo del corregidor frente a un portón claveteado con estoperoles o la ventana, con antigua reja de factura renacentista, desde donde los vecinos se burlan del joven cantor. 
En contra de lo que podría parecer a primera vista, no fue el patio de la célebre Posada de la Sangre (aún existente en 1927) el espacio empleado para el rodaje de la película, ya que este fue recreado expresamente para la película por Rafael Zomeño en Carabanchel, en donde se encontraba la sede de la firma Venus Film.
Finalizamos con un nuevo testimonio de la revista La pantalla, donde la película fue bien recibida tras su estreno con esta inteligente reflexión: «La ilustre fregona, con permiso de los cervantistas intransigentes, es un noble intento que merece ser aplaudido e imitado, siquiera sea para abrir el apetito intelectual de los numerosos espectadores cuyos comentarios descubrían su total ignorancia de la obra cervantina, pues, aunque ellos lo duden, el cine es uno de los más eficaces medios de propaganda literaria. De muchos sabemos -y no precisamente analfabetos- que ignoraban la existencia de Oscar Wilde hasta que se filmó El abanico de Lady Windermere».