«El Patronato Universitario no debería haber desaparecido»

A. de Mingo
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El que fue gerente y secretario del antiguo Centro Universitario de Toledo argumenta que «gracias a él se desarrollaron los cursos de español para extranjeros y hubo una gran oferta cultural»

Gervasio Fernández en una imagen de archivo - Foto: Víctor Ballesteros

Gervasio Fernández Riol recuerda cómo tuvo lugar el proceso de selección tras el cual se convirtió en gerente del Centro de Estudios de Castilla-La Mancha. «El primer director, don Pedro Ridruejo, convocó a catorce candidatos en los bajos de una cafetería de la calle Princesa, muy cerca de la Ciudad Universitaria de Madrid. Allí había administradores de facultades y algún profesor con tareas de gobierno y administración en organismos de enseñanza superior, además de tres psicólogos que nos evaluaban. Al no recibir respuesta, transcurrido un mes, llamé a Pedro Ridruejo y este me confirmó que me presentase en el Centro el 1 de octubre para firmar el contrato».
Desde entonces y hasta el año 1990, Fernández Riol fue gerente de la institución. «También asumí las tareas de secretario general -apunta- a partir de 1983, cuando Juan Pedro Hernández Moltó, que lo era anteriormente, siendo director Daniel Poyán, inició su vida política».
¿Cuántos alumnos diría que pasaron en total por las aulas del Centro Universitario?
Al presentar la memoria con motivo de la integración en la Universidad de Castilla-La Mancha, tras consultar anuarios, memorias parciales y otra documentación, calculé en torno a 20.000 matriculados, desde el primer curso hasta 1991. Cuando yo llegué al Centro, en 1976, había 275 alumnos. Quince años después habíamos pasado a casi 5.500. El crecimiento fue enorme, sobre todo cuando se amplió la oferta de titulaciones. Y dentro de esos 20.000 no están incluidos ni los de Talavera de la Reina ni los de la Escuela de Traductores, que también darían una cifra considerable.
Esto nos lleva a hablar de los problemas de espacio, una constante desde prácticamente los primeros momentos del Centro.
Era el gran problema, sobre todo cuando la institución empezó su despegue. Nos vimos obligados a buscar espacios entre otros edificios públicos, desde conventos -como San Juan de la Penitencia (con la Fundación Ortega y Gasset) o San Pedro Mártir (donde la Diputación acogía aún a niños y niñas en régimen de asistencia, asilo y formación)- hasta el antiguo Hospital de Dementes, que hoy es la Consejería de Hacienda y donde se llegó a impartir alguna clase... Si le sumamos Humanidades en la plaza de Padilla, Lorenzana y la iglesia de San Vicente, que amablemente cedió el alcalde Joaquín Sánchez Garrido, sumamos un gran número de edificios que la Universidad de Castilla-La Mancha sin duda agradeció cuando se produjo la integración. Por otra parte, a partir de ese momento se acabaron los problemas de espacio, porque fue posible aprovechar ese gran y magnífico Campus de la Fábrica de Armas.
Se hablaba también en aquellos años de la posibilidad de que Toledo se convirtiera en la cuarta Universidad de Madrid.
Eso es algo que dio por sentado Íñigo Cavero a finales de la década de los setenta, en la plaza de Zocodover, al considerar que el Centro Universitario sería la base de esa gran infraestructura. Esa idea era compartida por otros políticos y académicos como José Botella Llusiá, rector de la Universidad Complutense -es necesario recordar que la Conferencia de Rectores se reunía entonces en el Palacio de Fuensalida-, y también por el ministro Licinio de la Fuente. Pero las cosas fueron por otros derroteros.
¿No hubo alguna reticencia a la hora de adoptar esa decisión?
La conversión del Colegio en Universidad era inevitable. Pero no podíamos seguir dependiendo de la Complutense. La integración en la Universidad de Castilla-La Mancha era la opción lógica. ¿Reticencias? Es posible, pero si las hubo fue en despachos que no se nos alcanzaban a quienes nos preocupábamos por el día a día de la institución. Y así se hizo. Y fuimos el colegio que mayor número de alumnos aportó a la UCLM.
¿Cómo vivió la reciente supresión del Patronato Universitario por parte de la Diputación, hace apenas cinco años?
Habrá quien piense que puesto que su creación fue una decisión política también debía serlo su eliminación... Creo que el Patronato no tendría que haber desaparecido. Cumplía una función social y educativa que fue primordial para toda esta provincia. Generó un enorme desarrollo de la vida académica -hasta el punto de que empresas como Price Waterhouse y organismos internacionales venían a buscar a nuestros licenciados-, pero el Patronato también organizaba actividades tan importantes como los cursos de español para extranjeros o ciclos de teatro que trajeron a Toledo a grupos como Els Joglars o Tricicle antes de que llegasen a la primera línea de la escena nacional.