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Un campilán de Mindanao

Germán Dueñas Beraiz
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Mariano de Ozcariz fue un Navarro que se salvó «por los pelos» tras recibir en Filipinas, durante la sublevación de Mindanao, dos heridas con este arma que le llegaron hasta el hueso y que limitaron la movilidad en un brazo de por vida

Un campilán de Mindanao

Hubo un tiempo en que la globalización de las posesiones españolas podía convertir la vida de un militar español en una continua aventura digna de Emilio Salgari. Estos hechos muchas veces desconocidos, incluso para los propios integrantes de la milicia, son desbrozados del paso del tiempo gracias a los objetos que formaron parte de estos avatares. Este es el caso de Don Mariano de Oscariz, nacido en Pamplona en 1817 y que se inició en el servicio de las armas a la temprana edad de 16 años. Descubrió el duro oficio que le esperaba en la Primera Guerra Carlista bajo el mando del General Espartero, sirviendo entre otros en el Regimiento de la Princesa. Destacó en numerosas acciones como la de Unzá, donde fue herido por primera vez y recibió su primera laureada. Participó en otras batallas como las de Irún o Peñacerrada, y sobre todo en la liberación de la ciudad de Bilbao, donde recibió hasta 12 impactos de bala. Tras la Guerra, ya como Comandante graduado de los Cazadores de la Guardia Real, y con unas cuantas heridas más, pasó como Capitán a las Islas Filipinas en 1844 desempeñando labores de Ayudante de Campo del Capitán General Narciso Clavería y Zaldua.

Allí poco después, enero de 1847, fue designado como Gobernador Político y Militar de Nueva Vizcaya, zona que organizó y pacificó en pocos años. En 1851 se le encargó controlar las tribus y sultanatos musulmanes del sur del archipiélago, concretamente en Mindanao, que estaban en teoría bajo el control de la corona española. Pero, que en la realidad, se solían sublevar atacando posiciones españolas en la zona ejerciendo la piratería y el saqueo. En 1852 se produjo uno de esos levantamientos en la región de Maguindanao, siendo atacado el fuerte español de Pollok, que hacía poco tiempo había recaido bajo su mando. Oscariz al mando de 250 hombres se embarcó en el vapor Reina de Castilla y otras embarcaciones auxiliares con la intención de atacar la posición de Sugut. Durante la misma fue sorprendido junto a un pequeño grupo de sus hombres, recibiendo en la refriega una herida de metralla y dos heridas de arma blanca. Tras recuperarse y seguir combatiendo en la región sin descanso, volvió a la Península en 1853.

Al cabo de un año volvió a Manila para poco tiempo después formar parte de las tropas españolas que apoyarían a los franceses en Conchinchina. Liderando como Teniente Coronel el primer contingente de 800 hombres, que a modo de avanzadilla, llegó a la zona en agosto de 1858. Tras combatir allí durante casi toda la campaña, volvió a Filipinas donde se le encomendó el Gobierno de Cavite. Poco después regresó a Pamplona por encontrarse enfermo debido a las duras condiciones a las que se vió sometido en Conchinchina. Desde donde se trasladaría a Panticosa para combatir sus dolencias, falleciendo en agosto de 1863. Obtuvo multitud de condecoraciones nacionales y extranjeras, destacando especialmente las tres laureadas de San Fernando que obtuvo en combate.

Este campilán fue donado al Museo de Artillería por su hermano Juan José, también militar, en Junio de 1853. Y según los datos proporcionados por él mismo, fue el que sirvió para herirlo de gravedad en la acción de Sugut antes mencionada.

Los campilanes son un arma blanca bastante común entre las tribus musulmanas de Joló y Mindanao. Y es quizás una de las mayor tamaño de las procedentes de esta zona del mundo, siendo una transcripción aproximada la de espada. Su ancha empuñadura y gran hoja la hacen capaz de ser utilizada con las dos manos. Y de hecho en el caso de Oscariz le llegó al hueso, tras recibir dos impactos estando en el suelo, y que le dejaron como secuelas la movilidad parcial del brazo izquierdo para el resto de su vida.

Esta pieza en concreto esta formada por una hoja larga de un solo filo corrido al exterior que se ensancha hacia el extremo formando una punta asimética. La empuñadura es de madera tropical  con un arriaz sencillo, grueso y de brazos cortos, con dos perforaciones pasantes donde irían sendas guardas metálicas, hoy perdidas, y decorada a base de incisiones geométricas y vegetales al igual que en la zona del pomo. El puño de menor circunferencia en su parte central, está forrado por un trenzado de latón, y el pomo adopta la forma común en estas armas de V desigual, con orificios en el lateral más largo donde se insertan pelos humanos o de caballo. Algunos autores consideran que la forma del pomo hace referencia a las fauces abiertas animales reales o fantásticos (cocodrilos o dragones) según el origen geográfico de las mismas. Algunos ejemplares aparecen decorados también con cintas de pita roja y cascabeles, no siendo éste el caso, quizás por haberlos perdido.