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Con casa y trabajo: giro de 180º en la vida de Miguel

J. Monroy
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Después de más de 28 meses viviendo en el río, los Servicios Sociales han facilitado a Miguel un trabajo en los Planes de Empleo y un alquiler social en 'el parchís'

Con casa y trabajo. Giro de 180º en la vida de Miguel - Foto: Yolanda Lancha

Sus compañeros del Plan de Empleo Municipal dicen que da gusto trabajar con Miguel, porque es muy optimista y siempre está de bromas. No hace falta más que verle la cara estos días para confirmarlo. Miguel ríe, bromea y no para de emanar buen ambiente.

En las últimas semanas, la vida de Miguel ha dado un giro de 180 grados. De vivir 28 meses y unos días en la calle, junto al río, «como un perro», ha pasado a encontrarse de pronto con un empleo y, lo que es más importante, una vivienda de protección para él un su can compañero que entiende que va a poder pagar. Todo ha sido gracias, no para de comentarlo, a la educadora social que cogió su caso, Arancha. Ella forma parte del Equipo Técnico de Inclusión formado por un trabajador y dos educadores sociales, con sede en el Centro Municipal de Empleo. Su trabajo ha dado fruto tras un acompañamiento social de dos años. Y, por supuesto, Miguel da también las gracias a sus amigos de toda la vida, a Álex, Ruth, David, Marta o Eva, entre otros, que han estado apoyándolo en todo momento.

Muy diferente es ahora la vida de este toledano a la que comenzara al principio de la pandemia. Moría su mujer y tuvo que endeudarse para pagar su sepultura. Fue entonces cuando lo echaron por impagos de su vivienda. Lo fácil habría sido, y más en pandemia, meterse de ocupa. Pero él no quiso hacer daño a nadie y se fue a vivir al río, al tercer molino de la senda ecológica, donde sus amigos le ayudaron a poner unas tiendas de campaña. Cierto es que le ofrecieron alojamiento en el albergue de Cáritas, pero tendría que haber dejado a sus dos perros (una murió hace unos meses), y lo rechazó.

En estos casi dos años y medio Miguel creó casi un campamento en el río, para preocupación de unos y disgusto de otros. Hubo quien se sorprendió de ver cómo se las ingeniaba y con las ramas que dejó Filomena (sí, también aguantó allí el temporal y la Dana, salvo unos días los que le sacaron sus amigos a un hostal por miedo a las inundaciones) creó jardineras para un huerto ecológico. También es verdad que a algunos vecinos nunca les agradó su presencia y que hubo quienes criticaban que estuviera ocupando un espacio público.

Lo cierto es que, con el tiempo, junto a Miguel se establecieron también un padre y una hija. Allí este toledano ha vivido momentos de desesperación por la falta de ayuda institucional, pero también el subidón de ver el compromiso de sus amigos. En el río ha hecho amigos y ha visto la admiración de algunos. También ha tenido que vivir con cuidado, no alejarse demasiado, porque le han robado varias veces. «Será que lo necesitaban más que yo», apunta con ironía.

Cambio total. De esos meses, Miguel afirma que se queda «con la gente buena, porque recordar lo malo es hacer el tonto y remover para nada».

El 14 de marzo Miguel comenzaba a trabajar por seis meses en los Planes de Empleo Municipal. Él quería algo de pintura, pero a la postre le ha tocado de albañil, profesión en la que también lleva décadas. «Yo no me esperaba volver otra vez a la albañilería, pero aquí estamos», apunta. Y la cosa no queda en los planes de empleo, porque por las tardes ya está haciendo algún trabajo más con un compañero. «Tengo que sacar para el piso, que lo tengo vacío», apunta, «con el sueldo del mes pasado me pude comprar un frigorífico».

Porque la segunda parte de la buena ventura de Miguel ha sido su vivienda. Le acaban de adjudicar por siete años una vivienda social en el Polígono, en la promoción conocida como 'el parchís', propiedad de la Junta de Comunidades. Se trata de un dúplex con dos habitaciones y el horno a estrenar, que llenará poco a poco. Cáritas le va a ayudar y, por supuesto, sus amigos.

«Es un cambio muy grande el que me ha dado la vida, de estar ahí tirado en el río como un perro, a estar así», reitera Miguel una y otra vez. El Polígono es un barrio que conoce, tiene una cuñada cerca y muchos conocidos, «porque todos los que viven por allí, son de aquí, del Casco». Él a día de hoy vive muy a gusto con su pequeño perro. Ya tiene televisión, a la espera de que le arreglen el TDT. Para colmo, se ha encontrado con un montón de libros que disfrutar. Aunque tiene bien cerca la biblioteca y la piscina cubierta, así como muchos caminos que recorrer con su mascota hacia Nambroca.

Adiós al río. El adiós al río de Miguel, no obstante, ha sido solo en parte. Lo primero que hizo al tener casa fue desmontar su huerto.  «Me dijeron que lo dejara, pero yo lo monté y yo lo desmonté, aunque solo haya cogido cuatro cosas», apunta. Los niños igual son los que más lo echan de menos.

Pero muchos fines de semana sigue bajando Miguel a su antiguo hogar. Visita a una amiga veterinaria, que le atiende al perro, y da un paseo por toda la zona. «Se me olvidó apagar la llave del gas», bromea hoy con quienes lo reconocen y preguntan. Y se la tira, como quien no quiere la cosa, a quien tenga muebles de más, que él tiene el piso vacío.