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Luis Miguel Romo Castañeda

Tribuna de opinión

Luis Miguel Romo Castañeda


Más alejandros magnos y menos imbéciles

23/03/2022

Vaya por adelantado a cortos de miras que eviten este artículo. Hoy no hablaré de mi habitual Vega Baja. Pero sí de espíritu crítico. Y como imaginarán, algo así también es mal acogido entre ciertas subespecies. A pesar de que las palabras inscritas sobre la entrada al oráculo de Delfos fueron 'Conócete a ti mismo', Occidente, en su impenitente pánico por modernizarse, está exiliando de las escuelas su ADN: la educación grecolatina. Aunque para ser más precisos, la griega, comúnmente conocida como paidea. Señalar muy veladamente cómo sus planes educativos llevan décadas condenándonos a un adoctrinamiento cada vez más populista, se ha convertido en una hazaña digna de Hércules. Hoy las grandes sabidurías de la humanidad como el latín, el griego, la historia o la filosofía se ven cada vez más presionadas por conocimientos más especializados, prácticos y rentables gracias al mantra de que «hay que enseñar a las nuevas generaciones a desarrollarse en un mundo cada vez más cambiante». Un dogma oligofrénico que ha recogido, una vez más, la recién estrenada Ley Celaá. Una reforma educativa que, como sus antecesoras de izquierdas y derechas, trata la escuela como la Cenicienta que limpia, plancha y hace la cena al mercado. Al parecer, por haber seguido de nuevo las pautas explícitas de una tropa moderna de pedagogos y sociólogos que, en su tóxica obsesión por descubrir nuevos mediterráneos, y bajo la táctica cesariana del 'divide y vencerás', fragmentó hace ya bastante tiempo toda visión humanista de la educación en guetos 'de ciencias' y 'de letras'.
Últimamente ocurre que, para lograr su estrategia, y auspiciar aún más sus quijotadas, la llamada 'histérica peonada de la vanguardia educativa', utiliza balas de plata camufladas bajo dos endebles pero muy conocidos eslóganes: el primero afirma que «la escuela debe centrarse más en las destrezas que en los contenidos». Falacia absoluta para quienes dieron a luz la educación. Ya que la base de toda destreza, y concretamente de la consabida 'aprender a aprender', parte de una capacidad que, a pesar de ser básica para los griegos, ha sido desdeñada por nuestros sistemas educativos: la de sistematizar y ordenar contenidos en la cabeza. Pues los griegos, cuanto mejor ordenados tenían sus conocimientos, más sabían. Y cuanto más sabían, mejor se defendían. Y cuanto mejor se defendían, más ansias tenían por seguir aprendiendo. Contenidos para los que utilizaron la memoria, hoy también denostada por estos modernos fuegos de artificio pedagógicos, que defienden como segundo eslogan que 'el aprendizaje memorístico ha quedado obsoleto y debe ser urgentemente sustituido por otras fórmulas'. Cierto es que hay contenidos que pueden ser aprendidos con alternativas muchísimo mejores -siempre que actúen como un medio, nunca como un fin-. Sin embargo, afirmar, como han hecho algunos teóricos, que la memoria ha pasado de moda, es un desvarío aplastado como una cucaracha por Aristóteles en su Metafísica. Ya que no hay inteligencia sin memoria.
Guste o no, es así. Y el saber exige horas de sistematización, estudio y análisis. Y sobre todo, de esfuerzo y exigencia. Requerimientos cada vez peor vistos a ojos de algunos de estos sabuesos de la pedagogía y sociología vanguardista. Claramente, por ser fascistas. Ya me entienden. De hecho, a juzgar por sus acciones, ese parece ser su objetivo: convertir las escuelas en franquicias de Disneyland París. Aunque no de la forma idílica que muchos imaginamos. Ya que, una mayoría de estos teóricos, mientras exige al profesorado educar en valores, mantiene un silencio sepulcral en torno a la mayor amenaza que ha tenido Occidente tras los grandes totalitarismos del siglo XX, la dictadura de la corrección política. Hoy adoptada en ciertos espacios educativos para hacer tabula rasa de nuestro pasado con posverdades que solo pueden explicarse desde el campo de psiquiatría, y que posibilitan la imposición de la goebbeliana industria de la censura. Industria con la que precisamente, griegos como Plutarco, se partieron la cara a pecho descubierto, sin relativismos y con argumentación libre y racional.
Y ya imaginarán, a cielo empedrado, suelo mojado. Con los baluartes del conocimiento controlados por políticos y validos que estarían bajo captura en La República de Platón, es fácil sucumbir a la barbarie. Si consultan El Orador de Cicerón comprobarán que haber arrebatado a los jóvenes las alforjas que les permiten conocerse, y los principios pedagógicos que inspiraron el Renacimiento y la Ilustración, lo único que ha abonado es terreno para chihuahuas de bolso más mediocres, dependientes y, ante todo, más pobres de espíritu. Lo afirmó Pérez-Reverte, cuando aseguró que el siglo XXI milita en la mediocridad. Y es que no hay que trincarse medio Jägermeister para ver la creciente ausencia de crítica, incomprensión lingüística, pérdida de atención, confusión moral e ignorancia histórica extendidas entre los jóvenes durante la última década. Hoy atrapados bajo una telaraña tecnológica en forma de Santo Grial a la que entregan su atención, memoria y calculo, a cambio de grasa mental que satisfaga sus deseos más inmediatos y triviales. Sobre esto habla un actual informe de UNICEF, que expone cifras de alarma: un 49,6% de adolescentes ya pasa más de 5 horas frente a la pantalla, de los que un 15% mantiene síntomas depresivos. Síntomas vinculados a una tasa de ideación suicida del 10,8%.
Como ven, hay muchas formas de inmolarse, pero vapulear los pilares de nuestra educación con soflamas wonderfulistas es, con diferencia, la más efectiva. Resulta aterrador que, ante un Occidente que está haciendo de la ambición y el fanatismo sus ejes cartesianos, los milenarios pilares de nuestra educación queden dinamitados por unos quijotes que pretenden partir de cero, señalando los saberes y las lenguas que dieron luz al mundo con el dedo acusador. Quitando importancia a los contenidos y su memoria. Callando ante la censura, y silenciando una verdad insoslayable: la educación no va de renovar sino de mejorar. Porque no todo invento es automáticamente bueno por ser novedoso. Al igual que no todo lo antiguo es malo por ser viejo. Lo dejó claro Alejandro Magno cuando afirmó que el «símbolo de los antiguos es la expresión de los modernos». Afirmación llevada a rajatabla por Marco Aurelio, Alcuino de York, Alfonso X, Copérnico, Shakespeare, Darwin y cada uno de los intelectuales que construyó su mundo por haberse educado precisamente en base a los griegos. Porque por encima de cualquier tiempo y linde, somos un constante diálogo con ellos. Porque, como diría Ana, mi tutora de prácticas en la escuela, llevamos a uno de ellos dentro. Y por ese motivo, es imperativo que hoy la libertad sea necesidad y la rebelión, obligación.

ARCHIVADO EN: Reforma educativa, LOMLOE