El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Eugenio

Si la semana pasada les hablaba de los visigodos, hoy quiero presentarles a uno de sus más ilustres representantes, curiosamente de nombre es griego, muestra del fuerte influjo cultural bizantino en el reino de Toledo. Se trata de Eugenio II, San Eugenio, arzobispo de Toledo, aunque la confusión sobre su personalidad surgida después de su muerte, durante las diferentes traslaciones de sus reliquias, hizo que se le denominara Eugenio III, hasta que Rivera Recio aclaró la cuestión, al resolver el enigma de la verdadera personalidad del apócrifo Eugenio I.
No sabemos con exactitud la fecha de su nacimiento, que gira en torno al final del siglo VI, aunque sí que tuvo lugar en Toledo, según testimonio del rey Chindasvinto. Desde muy niño fue clérigo al servicio de la Iglesia toledana. La calidad de su posterior obra literaria nos habla de que debió frecuentar algunas de las mejores escuelas de la capital. San Ildefonso, que escribió su biografía, informa que fue un clérigo muy destacado, ‘egregio’, de la escuela palatina. Desarrolló asimismo su magisterio en la escuela de la catedral y perteneció a la iglesia pretoriense de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, en el paraje extramuros que los concilios llamaron suburbio toletano, ubicado en la Vega Baja; ésta era la iglesia oficial de la monarquía, donde se consagraba al rey y se celebraban los ritos de despedida al salir en expedición militar y de acción de gracias al volver victorioso. Esto le llevó a tener una relación bastante intensa con la corte visigoda. Fugado de ella, quizá porque no sintonizaba con el rey, marchó a Zaragoza,  siendo acogido por el obispo Braulio, quien le nombró arcediano. Chindasvinto, sin embargo, le reclamó e hizo que regresara a Toledo, nombrándole metropolitano de la ciudad, sucediendo a otro obispo llamado Eugenio. Este acontecimiento tuvo lugar el 646, presidiendo Eugenio la iglesia toledana hasta su muerte, en el 657, sucediéndole Ildefonso.
Durante su pontificado se celebraron cuatro concilios. Eugenio promovió la Liturgia Hispánica, proponiéndose como uno de sus objetivos pastorales la mejora de la misma, componiendo oficios de santos así como himnos, de los que conservamos cinco, entre ellos los de Santa Leocadia y San Hipólito.
Pero si por algo destacó Eugenio fue por su labor como escritor, principalmente de poesía, siendo uno de los mejores autores de la época. Él se sintió poeta, por encima de todo. La belleza de sus poemas fue muy apreciada en la Edad Media. Son ciento uno, en los que se observa la influencia de los poetas clásicos. Escribió epitafios, obras dedicadas a las basílicas de los santos, a la naturaleza –bellísimos los dedicados al ruiseñor-, de contenido teológico, moral; en ocasiones, marcados por un fino sentido del humor, como el verso que les comparto: ‘Si las barbas hacen al santo, el mayor santo es un chivo’.
Eugenio de Toledo, poeta, escritor, músico, santo; una polifacética y atrayente figura, demasiado desconocida.