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José María San Román Cutanda

A Vuelapluma

José María San Román Cutanda


Dinamitar la educación, matar la libertad

22/11/2021

Yo empecé la Educación Primaria en el año 2000, hace ya veintiún años. Mi educación fue totalmente analógica. No teníamos ordenadores, no escribíamos en tabletas ni mandábamos los trabajos por correo electrónico. Todo era a papel y boli, y más avanzados los cursos hacíamos algunos trabajos y redacciones a ordenador, pero siempre entregándolos impresos en papel. No teníamos mapas virtuales, y nuestros exámenes de geografía consistían en salir a la pizarra —de tiza, no digital— a señalar los lugares que nos iban preguntando los profesores en un mapa que previamente habíamos sacado de un tubo y desenrollado. Nuestros libros eran todos de papel, y no estaban divididos por fascículos. Eran libros gruesos que cargábamos con los cuadernos correspondientes a cada asignatura del día, cuadernos que nos revisaban casi diariamente para ver si hacíamos las tareas que nos mandaban y si mejorábamos la ortografía y la caligrafía. Yo no empecé a trabajar en serio con nuevas tecnologías hasta la Educación Secundaria y el Bachillerato. Y, aun así, mi formación siguió priorizando los métodos tradicionales que nos obligaban a leer, a pensar, a interactuar y a buscar recursos por nosotros mismos. Mi generación nos hemos hartado a hacer dictados, a completar todos los ejercicios de los temas de cada libro, a fabricar diversos artilugios en la asignatura de Tecnología —en mi caso, todos fallidos—, a copiar líneas y líneas de apuntes y a subrayar lo más importante de nuestros libros para estudiar, a ver imágenes de obras de arte para comentarlas, a declinar palabras en latín y griego con agilidad, a hacer ecuaciones imposibles en la pizarra y, en general, a insistir hasta alcanzar destreza en los objetivos que se nos marcaban.
Los criterios de evaluación en toda mi etapa educativa preuniversitaria estaban bastante claros: si estudias, apruebas; si no, a septiembre. Mi generación vivíamos con la idea de que podíamos suspender y repetir curso, y entendíamos que una y otra opción eran las consecuencias de no conseguir los resultados necesarios. Y sí, nos ruborizaba suspender y repetir, porque teníamos conciencia de lo que eso significaba. Había quien se ponía gallito presumiendo de suspensos, pero le duraba lo que tardaba en recibir cada trimestre el boletín de notas, que es cuando llegaba el llanto y el rechinar de dientes. Se nos inculcó una conciencia de lo que está bien y lo que está mal, y se nos enseñaron las consecuencias de no dar al trabajo  y al esfuerzo la importancia que tienen. Y nos han regañado y castigado, claro que sí. Y, quitando las consecuencias de los castigos de algunos profesores que se pasaron muchísimo de la raya, no nos ha pasado nada por quedarnos un día sin recreo, por tener exámenes sorpresa o porque nos dejasen sin ir a alguna excursión. 
Gracias a esa educación tan analógica, que algunos ignorantes han decidido que está trasnochada y que es inútil, tengo la suerte de contar con una formación intelectual suficiente como para afrontar mi vida profesional con normalidad y como para entender lo que afecta a mi vida personal con suficiencia. Me llevo las manos a la cabeza cada vez que pongo la tele y veo a algunos de los personajillos que encarnan el nuevo mundo del corazón a los que, dentro de programas y reality shows, les hacen pruebas de preguntas como capitales, fechas o personajes sencillos. ¡Fallan una detrás de otra! Y lo que es peor, ¡se ríen de sus fallos y el público les ríe las gracias! ¿En qué mundo estamos, por favor? Recuerdo, por ejemplo, un vídeo que me llegó hace algún tiempo por WhatsApp donde salía un chico de unos diecisiete o dieciocho años al que preguntaban por un autor de la Generación del 27. ¿Saben cuál fue su respuesta? Siéntense cómodos, que allá va: «¡Pero si estamos en el 21! ¡Del 27 no hay ninguno aún!».
Mi generación hemos sido, creo, la última que ha sido educada en su totalidad conforme a criterios más clásicos, si es que se los puede llamar así. Y gracias al esfuerzo, al trabajo, al rigor en el estudio y a tener claro lo que hacíamos y por qué lo hacíamos, hemos conseguido asumir las responsabilidades que el mero paso del tiempo nos ha ido colocando en el camino. Y gracias a una educación donde desde el primer día nos enseñaron que la vida no es de color de rosa supimos forjarnos un fondo interior que nos ayuda a superar las dificultades y a encarar los retos con seriedad.
Leo en estos últimos días que el nuevo criterio que el Gobierno pretende implantar en la educación de nuestros niños y adolescentes es precisamente el contrario al que regía en mis tiempos de estudiante. Los nuevos objetivos a los que responde la nueva reforma educativa es a devaluar el suspenso, pudiendo pasar de curso aunque sea con varias asignaturas troncales suspendidas. Yo puedo llegar a entender que una materia se atraviese. Y si una asignatura en concreto se hace absolutamente imposible a un alumno en concreto, estoy de acuerdo en que se le ayude como el profesor estime oportuno teniendo en el resto de materias unas calificaciones adecuadas que demuestran su trabajo y la adquisición por su parte de las competencias necesarias para avanzar en su formación. Lo que no puedo tolerar es que se haga del suspenso una demonización que se barre y se deja bajo la alfombra. Y menos aún tolero que se haga por la verdadera intención subrepticia de todo esto, que es mejorar en las encuestas europeas y en el Informe PISA. La Ministra de Educación dijo el otro día en una rueda de prensa que la repetición de curso ha engrosado el absentismo escolar y habló de que hay que educar con motivación para superar los problemas que se detectan en la formación. Me encantaría preguntarle si es que motivar y solucionar problemas se hace dejando las cosas pasar y dejándoles titular con suspensos porque suspender les desmotiva. ¡Tengan un poquito de sangre en las venas, por favor, que nadie nos hemos muerto por suspender una asignatura y tener que examinarnos en septiembre!
Dinamitar la educación es matar la libertad, porque un pueblo que no está formado y que no tiene una educación suficientemente forjada es un pueblo voluble y manipulable. Joaquín Costa, y creo que ya lo he mencionado alguna vez en este espacio, pedía para los niños «despensa y escuela». La posibilidad de estudiar, de leer, de pensar, de rebatir y de no estar de acuerdo son garantías de libertad. Una educación hecha a base de postergar, de tapar y de dejar pasar sin más ni más no es sino un atentado contra uno de los mayores derechos que asisten al ser humano, que es el de conocer y desarrollar su integridad. Y, aunque no se lo quieran creer algunos, la educación y el conocimiento son garantías de auténtica democracia. Otra cosa es tener claro el concepto de democracia…