LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Al límite

29/11/2020

Amanece en Agadir. Un grupo de unas 40 personas guarda fila en una recóndita cala de la ciudad marroquí para subir a una patera de reducidas dimensiones que se encuentra en un estado lamentable. El sueño, del que hablan amigos que en su día llegaron a Europa y que algunos llevan esperando años, cada vez está más cerca. Parten al alba, sin apenas pertenencias, con un mar en calma y las brújulas de sus teléfonos móviles para guiarles hacia el paraíso.
La paz en la embarcación es efímera y la aventura pronto se torna en pesadilla, cuando las olas, que apenas intimidaban al zarpar, se agigantan con el paso de las horas. La barcaza zozobra de un lado a otro a merced de la marea y la esperanza que reflejaban los rostros al partir desde Agadir se transforma en miedo. Los continuos vaivenes provocan mareos y vómitos entre los pasajeros que tratan de aguantar estoicamente hacinados, con el agua entrando por varias vías y cubriéndoles los pies. Apenas hay donde agarrarse. La tensión da paso a fuertes discusiones, amenazas, peleas y llantos de los menores, que, acurrucados, comienzan a rezar.
La travesía prosigue su curso con dificultad. Todos han abonado alrededor de 1.500 euros a un conseguidor que forma parte de un entramado mafioso con conexiones con la Policía, que no tiene reparos en hacer la vista gorda previo pago de una jugosa comisión. Llevan tres días a bordo del cayuco y el frío se mete en los huesos. Los víveres escasean y las fuerzas comienzan a flaquear. La buena noticia es que el rumbo es el correcto; la mala, que pronto se irá el sol y, sin la luz de la luna, el desembarco será mucho más complicado.
Cae la noche y el agua entra sin control en la desvencijada patera. El silencio es sepulcral, hasta que a lo lejos se atisban las luces del puerto de La Graciosa. El objetivo está cerca, sólo es cuestión de tiempo, pero, cuando están a punto de arribar, la patera golpea contra las rocas de una escollera, se parte y todos caen al agua. Son pocos los que saben nadar y algunos se aferran a los trozos de madera. La mayoría consigue salvarse gracias a la ayuda de voluntarios que se encontraban en el muelle, pero el mar, ese que se ha convertido en el mayor cementerio del planeta, engulle a ocho inmigrantes que pierden la vida.
Este trágico suceso, ocurrido en Lanzarote el pasado martes, es un episodio más de la crisis migratoria que se está viviendo en Canarias. Las islas se han convertido en una de las principales puertas de entrada de la inmigración ilegal a Europa. Desde el pasado verano, la incesante llegada de pateras ha hecho saltar las alarmas en un archipiélago que ha recibido en lo que va de año 10 veces más irregulares que lo que se registró en 2019, pasando de los 1.500 a los más de 16.000. Las cifras sitúan a Canarias a día de hoy como el enclave preferido para las mafias que, conocedoras del refuerzo de la vigilancia tanto en el Mediterráneo como en la valla de Melilla, han optado por la vía del Atlántico para rentabilizar su negocio.
La visita del ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, señalado por su inacción y las deficientes medidas de coordinación entre las distintas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a su homólogo marroquí la semana pasada sirvió para frenar en seco la llegada de pateras, aunque, tras unos días de tregua, la situación volvió a recrudecerse y el goteo de embarcaciones ha sido de nuevo una constante.
¿Qué razones hay detrás de esta crisis? Algunas voces señalan a la pandemia como el motivo de que miles de inmigrantes traten de alcanzar las costas españolas partiendo desde diferentes puntos de África, como Mauritania, Senegal, Gambia o Mali. Son muchos los que sueñan con dejar atrás las penurias de sus países de origen para mejorar su precaria existencia y para ello están dispuestos a arriesgar su vida. Esos deseos siempre han estado ahí y la clave de que la situación se haya desbordado señala a Rabat y su permisividad a la hora de que salgan o pasen embarcaciones cerca de sus costas. Todo sigue el mismo patrón que en otras ocasiones: Marruecos presiona a España para que no interfiera en sus políticas expansionistas en el Sahara, al mismo tiempo que intenta condicionar la negociación con Europa de los cupos agrícolas.
La situación es límite. Los países del sur del Viejo Continente -España, Italia, Grecia y Malta- han lanzado un SOS a la Unión Europea, advirtiendo que no pueden hacer frente a la presión migratoria y exigiendo un reparto obligatorio de los sin papeles entre los Estados miembros.
Sin embargo, Bruselas, que tendría que actuar de manera decidida, controlando sus fronteras, apostando por la inversión y las políticas de desarrollo en África, y concienciando a sus socios de que el drama de la inmigración irregular es un problema de todos, opta por mirar hacia otro lado.