Desde Navamorcuende. El praxinoscopio

Luis Fco. Peñalver Ramos
-

Diario del aislamiento

Desde Navamorcuende. El praxinoscopio - Foto: besthqwallpapers.com

Llevo catorce días de confinamiento. Leo por las mañanas las noticias, o las escucho durante unos instantes para ponerme al tanto de lo que ocurre. La actualidad es muy previsible, tristemente previsible. Es el dolor continuado, la pena que sin poder hacerlo me gustaría compartir con tantos que están sufriendo. Un cierto desconsuelo y frustración, y a la par sentir que vivo.
Hoy Raynair me ha remitido un aviso en el que se me indica que el vuelo del día 10 de abril que tenía programado para Bérgamo se ha cancelado. Ya lo esperaba.  Cuando en el otoño tomamos la decisión de viajar a la Lombardía y luego visitar Verona, ya en el Véneto,  junto con nuestros amigos de Centro Cerámico, suponía una enorme ilusión hacer de guía mostrándoles esos hermosos espacios que me son familiares, ciudades maravillosas que albergan siglos de historia plasmados en calles medievales y renacentistas, con arquitecturas que evocan la antigüedad clásica, como es el caso de la “Arena”, el anfiteatro veronés. 
Una pequeña nota de prensa publicada a mediados de febrero anunciaba el primer foco del virus cerca de Bérgamo. Entonces me preocupó que aquello supusiera la expansión inmediata del covid-19, aunque nunca imaginé que golpeara a España como lo ha hecho posteriormente. Lombardía es una región muy poblada, con numerosas fábricas y redes viarias de comunicación, incluidos aeropuertos. Una autovía es el  eje transversal que atraviesa el norte de Italia, desde Turín, pasando por Milán, Bérgamo y Verona, hasta Venecia. Desde allí parten otras arterias que conexionan con Europa central, Croacia, Eslovenia, y por el oeste hacia Francia. Los Alpes se alzan majestuosos muy cerca y en sentido longitudinal, a modo de frontera natural con Suiza y Austria. Imaginé que dadas las dificultades de cerrar tantas redes, intuyendo el carácter de las gentes, que me confirman mis amigos italianos, y para más inri, comprobar cómo se jugaba un partido de Champions entre el Atalanta bergamasco y el Valencia, todo aquello me pareció un despropósito sin igual, y que facilitaría la expansión del dichoso coronavirus.
Hoy Bérgamo es la región de Europa más afectada. Tiene una tasa de mortalidad de 1 por 166 habitantes, mientras que Roma por ejemplo es de 1 por 3.374, o Nápoles 1 por 5.246 (datos tomados del diario La República). No hay vuelta atrás, los más de 7.000 positivos de la provincia posiblemente tengan su causa en esa relajación por parte de las autoridades y de la población en general durante los primeros días de propagación. 
No volaré, no importa, la ‘Citta alta’ seguirá erigiéndose tan hermosa, en esos atardeceres crepusculares, en los que tomando las  palabras de Patrick Leigh Fermor (refiriéndose a la Mani de Grecia, en su libro de título homónimo), “la nube [que] se había tejido a sí misma de la nada, se empequeñeció y encogió, finalmente, se redujo a un estático y solitario vaho que se desvanecía, dejando al descubierto una vez más los flancos orientales de Mani”. En nuestro caso será de Bérgamo, y las nubes del covid-19 se esfumarán, para que de nuevo, ellos, los “bergamaschi” y todos  lo que ahora resistimos, podamos gozar del burgo medieval amurallado, de nuestros burgos, y los que están por conocer.
Recordaba estos días como la casualidad permitió que mi último cumpleaños (el del nacimiento, y no el otro que contabilizo, de apenas cuatro años) pudiera celebrarlo con mi familia, era a finales de febrero. Si hubiera sido ahora, soplaría yo solo las velas en una hipotética tarta virtual. Ese día mis hijos me regalaron un praxinoscopio a sabiendas del cariño y afición que tengo al tema de las máquinas recreadoras y juguetes ópticos. Fueron aparatos que en su momento supusieron el antecedente inmediato de lo que luego conoceríamos como cinematógrafo, el invento colectivo en palabras del profesor Roman Gubern, y sin embargo atribuido el mérito a los hermanos Lumiere tras la primera proyección pública que protagonizaron en París el 28 de diciembre de 1895.
El praxinoscopio se inventó durante el último tercio del  siglo XIX. Consta de un tambor que permite a un espectador observar desde una posición elevada cómo dentro del mismo gira una rueda con unos espejos formando ángulo, y que reflejan unas imágenes dibujadas sobre tiras de papel situadas alrededor. Las figuras aisladas de un trapecista, de un caballo, o un ladrón siendo perseguido, cobran vida y movimiento según rota el mencionado tambor. Estos días pensaba en mi praxinoscopio, a priori un juguete sin más, pero también me veía en este confinamiento, a las gentes en sus casas, en una rutina que se hace eterna. Y frases que me llegan, como “al final se me pasa el día sin darme cuenta”. Esto me hace pensar en el concepto de tiempo, el concepto de tiempo que hemos modificado, al menos yo, por este obligado aislamiento prolongado. Cada día es una de esas pequeñas imágenes de mi praxinoscopio, cada jornada apenas hay un cambio del ritmo y rutina adquirido. Ya no miro el calendario, y desconozco sin preocuparme si es lunes o domingo. Sé que estar en casa, supone un compromiso colectivo, diario, y esa rutina en parte me está salvando.
Cada imagen es un dibujo de mi yo en toda la extensión, ahora muy pequeña. Abarca el miedo, las tareas que me ocupan por mi trabajo como profesor, las conversaciones necesarias por teléfono o whatsapp para no ser de verdad el náufrago al que me refería hace unos días, es también la tristeza más absoluta y desbordada al observar esos geriátricos que hoy son tumbas, la emoción agradecida hacia los sanitarios arriesgando sus vidas, y tantos otros profesionales tan necesarios, es el ratito de ejercicio físico y cuidado personal (que ya me he olvidado algún día de ducharme, lo confieso), es todo eso. 
Mi confinamiento es un praxinoscopio que se dibuja día a día, pero que no tiene ningún sentido si el tambor deja de girar, el conjunto de días forma un todo animado, que cobra sentido en un momento de la historia en la que el virus ha roto el tiempo oficial, donde hemos transformado el tiempo individual, también el colectivo en familia, en el que todos somos actores necesarios, incluidas nuestra mascotas, para que ese tambor gire, refleje todo ello en esos espejos que permitan al observador, que somos nosotros mismos, experimentar que seguimos viviendo, y viviremos.
Mucho ánimo.