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Fernando Lussón

COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Incendios

19/07/2022

Las causas de los incendios que se propagan por los montes españoles en los últimos días son perfectamente conocidas. Como todos los expertos no se cansan de repetir, los incendios del verano se apagan con la prevención en el invierno. Este remedio sirve para todos los fuegos, tanto para los naturales producidos por el rayo, como para los que se originan por negligencias o descuidos y también para los intencionados.  Luego están las condiciones ambientales que permiten que el fuego se propague con mayor rapidez, relacionadas con el número treinta. Cuando hace más de treinta grados de temperatura, menos de treinta por ciento de humedad en el ambiente, vientos de más de treinta kilómetros por hora y el terreno tiene un desnivel superior al treinta por ciento, las dificultades para la extinción de las llamas crecen exponencialmente.

Para que los incendios no tengan la virulencia que han alcanzado algunos de los que han tenido lugar en las últimas semanas, que han causado dos muertos en Zamora, con miles o decenas de miles de hectáreas calcinadas, es preciso tener los bosques cuidados y limpios. Pero no ha habido ni una política forestal ni tan siquiera una política económica relacionada con la riqueza de los bosques. Para que los bosques estén limpios hace falta que haya gente que los trabaje, que desbroce, pode, limpie, trace cortafuegos y pistas forestales que limiten el alcance de los daños, y para que la utilización de la Unidad Militar de Emergencias no sea una herramienta de carácter ordinario. 

Puesto que no hay un verdadero interés en ese capítulo se trata de que al menos se protejan las actividades económicas que son la forma de vida de quienes viven en los lugares arrasados por el fuego, ya sean agrícolas, ganaderas o relacionadas con el turismo imbricadas un paisaje que ya no existirá. La falta de mano de obra y el abandono de algunas actividades que contribuían a tener limpio el monte y el terreno cultivado ha motivado que los lugares más afectados por los incendios sean también los más despoblados. A eso se unen unas condiciones climatológicas extremas relacionadas con el cambio climático, con las temperaturas más altas en los últimos ochenta años y una sequía que dura ya meses.

Los bosques arden cuando hay combustible en forma de ramas secas que alimentan el fuego. Una biomasa que puede ser utilizada como fuente de energía de carácter renovable. Sin embargo, apenas hay proyectos de aprovechamiento de esos recursos. Si los incendios se desatan en lugares de alto valor ecológico o que gozan de una especial protección como los parques nacionales, el suceso alcanza una dimensión superior. Eso ha ocurrido en el Parque Nacional de Monfragüe y en menor medida en el Parque Nacional del Guadarrama. Sus responsables saben cómo se pueden proteger estos espacios, aunque por su condición están sometidos a limitaciones de explotación. En cualquier caso, su preservación por todos los medios debe ser la prioridad. Y que las promesas de inversiones y ayudas se cumplan y los afectados las vean de forma rápida. 

Los incendios intencionados, son aún más difíciles de extinguir, aparecen en varios frentes, cuando las condiciones de velocidad o dirección del viento son más propicias para que los delincuentes que los provocan consigan el daño que buscan, motivado por las más diversas causas, los intereses económicos, ganar terreno para pastos o la venganza. La persecución implacable de los pirómanos debe de ser otra prioridad.