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Ángel Monterrubio

Tente Nublao

Ángel Monterrubio


La noche de los 'finaos'

26/10/2022

Los tiempos mudan, las costumbres también. Cuando yo era niño nos contaban nuestras abuelas que la noche de los finaos, víspera de Todos los Santos, se aparecían a los mortales las ánimas en pena de los asesinados en caminos, de los que habían robado tierras a sus legítimos propietarios o cambiado los marcos de las lindes, de los que no se le había dado sepultura adecuada, de los que hicieron promesas que no cumplieron y de los suicidas por causa de amor. Tal era el movimiento de almas en pena que el refrán aseguraba: «La noche de los 'finaos', los muertos por los tejaos». La excursión tenía como fin el pedir por caridad sufragios para abandonar el Purgatorio. El Papa Benedicto XVI cerró el Purgatorio y con ello jodió el paseo de esa noche a los aparecidos y a nosotros la incertidumbre y el espectáculo.
En aquel entonces, las campanas de las iglesias de los pueblos, todo el día y toda la noche, tañían un fúnebre lamento. En las casas se encendían lamparillas de aceite en cazuelas y vasos, una candelilla por cada muerto de la familia. Oíamos, con la boca abierta, los cuentos de ánimas que relataban fantásticas aventuras de almas en pena que regresaban del más allá y compartían unas horas con los vivos. Al oscurecer, recorríamos las calles,  recubiertos con viejas sábanas portando calabazas huecas en las que alojábamos velas encendidas, en busca de transeúntes a los que 'asustar', llamábamos a las puertas de los vecinos y nos daban dulces de sartén y hacíamos apuestas para ver quién era el valiente que se acercaba al cementerio a ver en directo los fuegos fatuos, donde siempre había alguien escondido detrás de las sepulturas que te arreaba un sobresalto de muerte. Tapábamos con puches dulces las cerraduras, porque pensábamos que por ellas entraban las almas en pena y se dejaba el fuego de la lumbre encendido para evitar que bajaran por la chimenea.
Les suena en algunas partes el asunto, ¿no? Claro. Ahora lo llaman Halloween. Los niños, y no tan niños, imitan la tradición anglosajona, que si truco o trato, que si disfraces de zombis y muertos vivientes, que si calabacitas de plástico muy monas para decorar, que si centro de interés en el cole… Todo por desconocimiento y para desarraigo de la cultura autóctona.