Altagracia recupera su esplendor

H.R.G.
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La iglesia fue reconstruida en el siglo XVI tras los sucesos de 1521 durante la Guerra de las Comunidades. - Foto: Víctor Ballesteros

La iglesia parroquial de Mora volvió el domingo a prestar culto tras casi dos años de reforma interior. Con el paso del tiempo el recinto ni ha perdido su prestancia, ni ha sido objeto de ninguna ampliación en su traza original

El templo de Santa María de Altagracia de la localidad de Mora volvió al culto en el día de ayer. El edificio ha tardado casi dos años en hacerse más perdurable. Ello ha sido posible gracias a una importante intervención en su interior.
La iglesia presenta actualmente una imagen de antigüedad inconfundible. El edificio, sin embargo, ha sido objeto de bastantes reparaciones con posterioridad a la ampliación realizada después del desastre de 1521. Entonces, como un efecto colateral de la Guerra de la Comunidades, el edificio sufrió un considerable incendio y quedó bastante destruido.
Con el paso del tiempo el recinto ni ha perdido su prestancia, ni ha sido objeto de ninguna ampliación en su traza original. Sí sufría una importante remodelación en el siglo XVIII, debido a los destrozos de un pavoroso incendio. Ignición que, esta vez, no provocaban los hombres, sino el rayo de una tormenta. La torre presentó durante casi dos siglos un estado inalterable y mantuvo sus materiales originarios, según figura en el grabado que se conserva de la visita de Cosme de Médici entre 1668-69. Después, se levantaba un primer cuerpo de sillares de granito, mientras el segundo era construido en ladrillo. Aquel nuevo alzado tuvo relación con los destrozos que produjo el rayo de una pavorosa tempestad que tuvo lugar el 25 de junio del año 1756. La impetuosidad de los relámpagos reducía a ceniza toda la madera del campanario y su chapitel. Tal es así que quedó destrozado el remate en forma de aguja, incluido el reloj, y fundida alguna de las campanas fabricadas en la primera mitad del siglo XVII. Tan afectado quedó el armazón de la techumbre de la iglesia, además de la cubierta de la capilla mayor, que fue necesaria una reconstrucción total e incluso intervenir en ciertos tramos de la bóveda. Esa obra sería ejecutada por el maestro madrileño de arquitectura Agustín López.
La torre tendría que sufrir otra intervención el año 1874. La actuación, que debió ser urgente, incidió sobre el chapitel. De la dirección de obra se hizo cargo el arquitecto Santiago Martín Ruiz. Fue necesario volver a actuar en 1911 sobre el chapitel y la linterna, deteriorados a consecuencia de la polilla. Del proyecto se ocupó el arquitecto diocesano Juan García Ramírez, mientras Francisco Cenamor Cabello, un vecino de Toledo, en su papel de contratista, ajustó la reforma en 11.316 pesetas. En aquel encargo participaron los carpinteros morachos Toribio, Mariano y Eulogio Hidalgo.
Hoy, al igual que desde hace siglo, la planta del recinto es de una sola nave. Presenta las siguientes medidas: 44 metros por longitud, 12 de latitud y 17 de altura, mientras el grosor de sus muros oscila entre 1,80 a 2,10 metros. El exterior del templo semeja a una fortaleza, ya que son visibles restos de matacanes y antiguos saeteros, cuyo fin es transmitir la luz al interior. También cuenta con varios contrafuertes exteriores para contener el empuje de la bóveda, imprescindibles ante la considerable altura que tienen las paredes.
El interior del edificio es de una sola nave. Está subdividida en cuatro secciones  decoradas con aristas de un metro de espesor. En la intersección de ellas, en los nudos, está colocados variados rosetones vaciados con emblemas de la Orden de Santiago. A los píes está el coro, levantado sobre dos arcos rebajado muy bien estructurados. La piedra está ornamentada con medias cañas y flores esculpidas. La bóveda de este espacio es diferente a la del resto del recinto, aunque cuajada de rosetones. En  las zapatas que sostiene la estructura del lado derecho están cinceladas dos imágenes icónicas. Son muy llamativas porque corresponden a los emblemas que utilizó el Santo Oficio. Es un indicativo de que aquel sitio estaba reservado para los familiares inquisitoriales. En el coro se situó el órgano, cerca de la pared del lado de la Epístola, en una tribuna, cuyo teclado, antiguo, estaba muy deteriorado a principio del siglo XX, al presentar las cuatro octavas incompletas. En una descripción que entonces se efectuó quedó anotado que tenía once registros y su tubería era de estaño, siendo los fuelles de péndulo, con un sistema de aire de dos motores, bien decorado y dorado y en aceptables condiciones.
 Al exterior del templo se abren hasta trece ventanas de grandes proporciones. Sus cristaleras artísticas eran del siglo XVII y fueron destruidas en el siglo XX. Cinco de  ellas, que medían más de tres metros de altura, contaban con unos bastidores de hierro y una corredera vertical. Para abrir y cerrar estas luceras, con el fin de ventilar la iglesia, se utilizaba un sistema de poleas y cables. Otras once contaban con bonitos ajimeces pintados sobre lienzo y estaban puestos sobre una madera. El pavimento del siglo XIX era de baldosín hidráulico, de color blanco y negro, formando un dibujo semejante al tablero del juego de damas. En el recinto interior, incluida capilla y sacristía, existía un zócalo de madera de un metro de altura, algo muy semejante a lo que podemos ver hoy.
Es significativo destacar que hubo una sillería, tal vez construida en el siglo XVII,  colocada en el altar mayor. Procedía del convento de los franciscanos y se salvó del proceso desamortizador del ministro Mendizábal. Estaba compuesta por 18 sillas, con respaldo y asiento giratorio. Para su mejor aprovechamiento, quedó dividida en dos tramos, colocándose tres asientos cerca del altar, formando ángulo recto con los cinco que se colocaron al lado del Evangelio, mientras los otros estaban en el lado de la Epístola. En la silla central tenía esculpido el escudo de armas de los patrones de la parroquia, los condes de Mora.