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"Hay gente que se aprovecha de los que hacen funcionar el mundo"

María Albilla (SPC)
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"Hay gente que se aprovecha de los que hacen funcionar el mundo" - Foto: VICTORIA IGLESIAS

La codicia es uno de los males más graves que acucian al mundo y eso le ha servido a la escritora Nativel Preciado para guiar la trama de El santuario de los elefantes, su última novela y la que le ha servido para ganar el Premio Azorín de este año.

Narrada como un cuento lleno de aventuras, de buenos, de malos y de situaciones desternillantes, la periodista ahonda sin embargo en un tema arduo como es la explotación de materias primas a las que se está sometiendo a África y la necesidad de repensar un sistema económico que, desde su punto de vista, se ha convertido en «insostenible».

¿Qué le ha llevado a hacer este viaje a África?

Quería contraponer a los protagonistas; un grupo de multimillonarios que vive en un mundo muy cerrado, que son muy ambiciosos, insaciables y poco admirables, poco queribles, con el mundo más opuesto a ellos. Y se me ocurrió que ese escenario era la naturaleza de Tanzania, en África, un país que está muy de moda para el turismo de lujo y que, por supuesto, tiene ese otro lado de pobreza absoluta, que pone en evidencia más aún cómo es la gente que no es capaz de empatizar con ese entorno.

¿Conoce ese territorio de manera personal?

La verdad es que conozco más África Occidental, que es donde he viajado más. Gabón, Senegal, Camerún, Guinea... pero Tanzania es uno de los lugares de moda ahora mismo para este turismo de lujo. Dicen que el lujo africano supera incluso al asiático.

Los personajes acaban allí porque tienen que sacar su dinero, de origen totalmente espúreo, de un banco suizo y con él quieren comprar unas tierras en Tanzania para construir un resort. Esas tierras, además, guardan un tesoro y es que en el subsuelo se supone que hay minas de tanzanita, la piedra preciosa más codiciada en este momento.

Es una trama novelesca, pero... ¿por qué no me sorprendería que pudiera pasar en la realidad?

Sí... Esta es una novela clásica. Es una novela de viajes, de aventura, suceden todo tipo de peripecias, algunas de ellas muy grotescas y divertidas... Pero es la primer novela de ficción pura y dura que he escrito. La primera en la que no aparezco yo por alguna parte, algo con lo que se me pueda identificar. Es como un cuento para adultos. Un experimento que, de momento, me está saliendo bien.

Pero es cierto que aunque es una historia totalmente inventada es tan real como la vida misma. Como periodistas hemos conocido a gente de este tipo, personajes muy peculiares, sin duda.

 

¿Gente como ellos son los que hacen que África no sea un continente pobre sino empobrecido?

Así lo dice uno de los guías del viaje al que tratan fatal. No se saben su nombre, no le dejan hablar, le tratan con educación, pero con crueldad... Y efectivamente, él es el que cuenta un poco cómo es el continente y la percepción que se tiene de él.

 

Esta novela le ha valido el premio Azorín. ¿Qué supone una mención así para una escritora de tan amplia trayectoria como es su caso?

Pues tiene mucho de especial porque esta pandemia, el confinamiento, lo hemos pasado todos mal. En mi caso, he perdido viajes, trabajos, ferias del libro... Pero lo peor ha sido la incertidumbre, el qué iba a ser de nosotros mientras estábamos aislados. Esto nos ha trastocado muchísimo. Yo pasé demasiada soledad en el confinamiento, tuve que hacer una vida muy diferente a la que estaba acostumbrada. En este contexto y con una novela entre manos muy precisa, desprovista de todo tipo de florituras, decidí que podría ser una buena candidata para el Azorín. La presenté y el día que se hizo la ceremonia del premio, el primer acto público al que se asistía de manera presencial tras los cierres, sentí una emoción muy especial. Me pareció que retomábamos la vida colectiva y me llenó de emoción.

¿Cómo le influyó el confinamiento a la hora de escribir? ¿Fue una necesidad, un pasatiempo o una forma de evasión...?

Este oficio nuestro de contar historias me libera muchísimo y estar encerrada me ha hecho fantasear. Además, he visto un montón de documentales sobre el continente, sobre cazadores furtivos... Me he documentado muchísimo por placer y es que era un escape muy importante de las cuatro paredes en las que estaba. Salir de alguna manera del confinamiento se convirtió en una necesidad.

 

Asegura que una de las cosas que ha aprendido es que debemos vivir con lo esencial... ¿pero no es contradictorio en una sociedad cuyo lema podría ser más es más y siempre más?

Sí, pero es que este sistema es insostenible. No sé cuándo dejará de serlo totalmente, pero quien tenga capacidad de decisión debería empezar a pensar que no se puede vivir así. Es un disparate que después de la pandemia se haya acrecentado la brecha entre los pobres y los ricos. Ahora los pobres son pobres de solemnidad, son pobres que se mueren de hambre.

Y es que, además, en este último año hemos visto que se puede vivir con muy poco. Hay muchas cosas supérfluas que no nos sirven para nada y que estropean el entorno, la vida y hasta nuestras cabezas. Ya hemos visto quién es la gente admirable, la esencial, y los millonarios del tipo de los personajes de la novela, está claro que no lo son.

 

Pero, incongruencias de la vida, muchos de esos esenciales han sido cajeras de supermercados, conductores de ambulancias, camareros, tenderos de negocios pequeños... Oficios todos con sueldos poco pingües...

Hay que poner en evidencia que ellos, unidos a los sanitarios y los científicos -que podrían hacer proezas con un poco más de dinero- han sido los más importantes. Está claro que hay otros a los que se ha visto que no se les ha necesitado para nada durante el confinamiento. Siempre hay gente que se aprovecha de los que hacen funcionar el mundo.

Comenta que hay que repensar los sistemas económicos, pero el poder es algo que los codiciosos jamás se dejarán escapar.

No, eso de que muerto el perro se acabó la rabia no es cierto. Lo que sí se puede hacer, como se ha hecho a lo largo de la historia de las civilizaciones, es tratar de frenar la codicia. Por eso hay leyes, hay derechos humanos, se han abolido determinadas cosas que parecían utopías en otras épocas como la esclavitud, o que haya una seguridad social que ampara a la gente... Todo fueron utopías en su día que se convirtieron en leyes que sirven para encauzar el mundo. Lo que pasa es que también hay momentos históricos en los que esas meteduras de pata hacen que parezca que el progreso se detiene y hay que volver otra vez al camino, a no pasar de la austeridad absoluta al despilfarro absoluto, de la educación permisiva a la represiva...

En la actualidad, mirar a la naturaleza es fundamental porque con la pandemia nos ha dado toda una lección. Un virus es más poderoso que cualquier multinacional o que todos los ejércitos.

¿Qué está en nuestras manos, como ciudadanos, para revertir este sistema «inviable»?

Cumplir cada uno con nuestra obligación de una manera honesta y decente. Hacer nuestro cometido en la vida de forma responsable y responder a principios que son eternos como tener empatía, ser solidarios, trabajar la fuerza de voluntad, respetar el esfuerzo de los demás... Esto es lo que hay que repensar y esto está en manos de cualquier persona.

¿Y si hablamos de los gobiernos o de las entidades internacionales?

Yo no me meto en eso, pero tienen mucho en lo que pensar. Ahora bien, los cambios radicales siempre son lentos.

Me comentaba que este libro está narrado en forma de cuento y, como tal, tendrá una moraleja. ¿Cuál es la suya?

Cada uno que saque la suya... Yo he aprendido muchas cosas, la verdad. Y si le sirve a alguien o le inspira, pues yo seré muy feliz. Dejo a mis elefantes en manos de los lectores para que les cuiden y les quieran tanto como yo.

 

Vamos a volver a África... ¿Por qué piensa que vivimos tan de espaldas a este continente, tan cercano a nosotros, por otra parte?

Este es un error escandaloso que estamos cometiendo. Con su riqueza estamos construyendo alta tecnología, nos nutrimos de sus materias primas... pero les quitamos sus bienes y luego nos echamos las manos a la cabeza por los problemas de inmigración. Si los africanos se quedaran con sus tierras, si las multinacionales no las comparan y echaran a los nativos de ellas, en fin... las cosas serían diferentes. El tema migratorio es gravísimo y habría que resolverlo en un futuro inmediato.

 

Hagamos un poco más de ficción. ¿Quién sufriría más si mañana África se plantara y dejara de exportar sus tesoros?

Pues hay que contar con que ellos tienen muy poco que perder... Lo notaríamos muchísimo. Hay muchísima tecnología que depende de las materias primas africanas y realmente lo pasaríamos muy mal. Está claro que hay que hacer un reparto más equitativo de la riqueza. ¡Y esto se ve todos los días! No puede ser que nosotros estemos todos vacunados y en África haya países que vete tú a saber cuándo empezarán. Aquí o nos salvamos todos o no se salva nadie...

 

Los personajes de El santuario de los elefantes se dejan seducir por el lujo para los turistas, ¿nos estamos pasando de vueltas con esto de viajar y ser siempre el que más de lo más ha vivido?

Totalmente. Los subsaharianos viven con muy poquitas cosas y cuando lo les surgen cosas terribles como hambrunas o guerras saben vivir con lo esencial. Nosotros siempre queremos más... y no es normal. Esto se nos va de las manos si no ponemos coto a la codicia excesiva.

¿Es de las que en ese afán por experimentar pagaría por probar, por ejemplo, orangután en Tanzania o pangolín en China?

Nada más lejos de la realidad. Estoy al borde, pero al borde, borde, de hacerme vegetariana. Sería incapaz de probar carne salvaje por muy de moda que esté en los restaurantes de lujo de Europa. ¡Se pagan fortunas por ello! Me parece horrible.

Luego nos extraña que se produzcan casos de zoonosis...

Otro error que se comete por la exclusividad o por querer ser diferente a los demás.

Toca el tema de la caza furtiva y no obvia hacer una referencia al Rey Don Juan Carlos y el episodio en Botswana con su «rubia amiga». ¿Que cree que supuso ese momento para el Emérito?

Fue un golpe duro para la Monarquía, pero sobre todo para la figura de Don Juan Carlos. Aquella imagen puso en evidencia que vivió de una manera también insostenible. Ahí empezó la decadencia y la pena es que le ha llevado hasta tener que vivir desplazado en los Emiratos Árabes como si fuera un exiliado. Aquello fue el principio del fin.