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«El machaque psicológico era tal que le pedí que me matara»

M.G
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Sofía, nombre ficticio de una víctima de violencia de género, relata el infierno que sufrió con su pareja durante más de una década. Denuncia la soledad institucional y social que sufren las víctimas en la actualidad

«El machaque psicológico era tal que le pedí que me matara» - Foto: Yolanda Lancha

Una compra cotidiana en un supermercado se convirtió en un cruel castigo a los pocos minutos. Sofía, nombre ficticio de una mujer en la cincuentena con mucho que decir y bastante más pasado, acompañó a su pareja sin más para comprar montones de cervezas y otros productos. Ese día presintió que podría acabar mal y empuñó con fuerza el pesado carro de la compra con miedo por si volcaba, con terror por si él podía enfadarse. El carro estaba hasta los topes y terminó cayéndose de manera aparatosa sin que Sofía pudiera hacer nada aunque lo intentó y se lesionó un hombro. 

«Cuando él vio los productos por el suelo empezó a decirme que no valía para nada, que ahora tendría que pagarlo todo; se marchó y allí me dejó con un dolor intenso en el brazo que me obligó a ir a Urgencias». Sofía llevaba meses con su pareja cuando ocurrió este episodio. No fue el primer maltrato, antes llegaron los insultos, las humillaciones, los cambios constantes de carácter y los celos. 

Sofía le conoció en 1999 y al principio estuvo en las nubes, enamorada y deseando verle y compartir los fines de semana en un pueblo de la provincia. También miraba el calendario descontando días para que llegaran pronto los miércoles para pasarlos juntos en Toledo. Se estaban conociendo, él la decía «cosas bonitas» y Sofía las recibía encantada, sin más.

«Cuando tú sientes falta de cariño y te viene alguien y te halaga así terminas cayendo porque era un encantador de serpientes». La relación a distancia escondió durante meses un carácter malhumorado y despiadado. A veces, los fines de semana se alargaban porque ella no trabajaba y comenzó a ver que solía llegar enfadado del trabajo y necesitaba desahogarse maldiciendo y culpando a sus compañeros. Simplemente por aconsejarle que hablase del tema con sus compañeros saltó la chispa y comenzó a insultarla.

«Le empecé a disculpar por su comportamiento, aunque yo veía cosas». Y Sofía pasó de querer estar con él a sentir pavor cada vez que le rondaba la posibilidad de salir de la relación. Los celos también irrumpieron y protagonizaban cualquier asunto. Sofía no entendía por qué se enfadaba si saludaba a alguien en la calle, si se ponía un vestido para ir al médico o quedaba con alguna amiga, y llegó un momento que una simple ducha desencadenaba la tormenta y hacía que su pareja entrase y buscase con desesperación en la habitación por si le había sido infiel.

La boda. Los meses avanzaron y Sofía dejó de tener voz en decisiones de pareja, como la compra de una casa. Una operación que se encontró prácticamente apalabrada, con ayuda de los familiares de su pareja. Lo siguiente fue la boda y su pareja le anunció que se casarían al año siguiente, en 2001.

«La noche de antes de la boda no pude ni cenar, sólo me quería ir a dormir para que pasara pronto todo», relata Sofía. Los insultos «seguían subiendo de tono» y ella cada vez soportaba más episodios violentos y humillantes sin contárselo a nadie, ni a su familia cercana.

El siguiente paso, explica Sofía, fue intentar que no tuviera relación con nadie, ni con sus amigas, y le obligó a quedarse en casa sin posibilidad de trabajar fuera. «El machaque psicológico era tan grande que he llegado a pedirle muchas veces que me matara». 

El trato vejatorio continuó y Sofía se llegó a plantear muchas veces si tendría ella la culpa y motivaba sus enfados. Sabe que no, pero tiene claro que las víctimas de violencia de género suelen generar este tipo de sentimientos por inseguridad y por la continua sumisión en la que viven intentando que todo vaya bien.

«No me ponía la mano encima, aunque he sufrido cosas peores que no he podido siquiera decirle a la Guardia Civil por vergüenza». Lo que sí cuenta es aquel día de vendimia en el campo cuando fue atacada por un perro que se le tiró a la tripa y a un brazo. Necesitaba ir al hospital, pero no la dejó a pesar de las heridas, porque había que seguir recogiendo racimos de uvas.

Sofía tardó prácticamente doce años en denunciarle a pesar del maltrato continuo, de la agresividad, los insultos, las humillaciones y de situaciones que aún hoy, tras más de nueve años alejada de él, siguen anudando su garganta, como la noche que se lanzó contra ella y le clavó las manos en el cuello antes de amenazarla con matarla. 

«He llorado mucho y llegó un momento que ya todo me daba igual, que no podía ni comer», apunta. La angustia y la ansiedad se mezclaron con una hernia que necesitaba operarse que cada vez iba a peor. Sofía, a sus 51 años, tiene declarada una discapacidad del 51% porque arrastra muchos achaques físicos, entre ellos, varias hernias cervicales. Unos problemas de los que su pareja se aprovechó para dejarle claro que si se iba de su lado no tendría nada.

El entorno de Sofía apenas sabía qué ocurría porque no solía contar nada, salvo a alguna conocida que le animó a denunciar. En principio, ni se lo planteaba por miedo a las represalias. En alguna ocasión Sofía ya le había dicho que si la trataba así terminaría denunciándole. «Pero él me decía que aquí se quedaba esperando a la policía, los bomberos, los militares y a quién fuera». 

Harta de sufrir, y tras otro episodio violento, Sofía salió de casa en dirección al cuartel de la Guardia Civil, pero estaba cerrado. A la mañana siguiente, volvió a ir. Se escondió detrás de un contenedor para que nadie la viera hasta que se tranquilizó, y decidió entrar. Intentó denunciarle, pero se derrumbó y terminó confesándole al sargento que no podía, pero ya no había vuelta atrás. «Me dijo que lo denunciaba yo o lo tendría que denunciar él, pero que corría peligro mi vida». 

Poco después llegó la detención,  y al día siguiente el juicio y la sentencia, 18 meses de orden de alejamiento y más de 50 días de trabajos para la comunidad. «No fue más la condena porque yo no le conté todo a la Guardia Civil y además él reconoció los hechos y se la rebajaron». Su calvario pudo terminar en el año 2013, pero le costó salir adelante. 

«Me encontré muy sola y al final ves que nadie te ayuda». Y en un pueblo en el que todavía muchos vecinos piensan «que hay que aguantar» el peaje es doble. Sofía no tiene contacto con su exmarido desde entonces, aunque ha sufrido algún episodio más aislado. «Un día iba por la calle y vi un coche que se dirigió a mí a toda velocidad, paró a unos centímetros de mis rodillas y pude ver cómo se reía de mí y me amenazaba».

A pesar de todo, Sofía no vive con miedo, quizá porque ya ha sufrido demasiado, pero es consciente de los riesgos. ¿Se puede salir? Duda. Sabe que es muy complicado, pero lo cuenta por si su testimonio reconforta a otras víctimas y, para dar un toque de atención a las administraciones y a los actores implicados en esta problemática. «Estás más sola que la una y por eso muchas mujeres vuelven de nuevo con los agresores». 

Sofía se pierde en la calle para ir a trabajar. No quiere terminar sin agradecer el apoyo laboral de Inserta Empleo de la Fundación ONCE desde hace tiempo. Una nueva oportunidad que exprime a tope y con la cabeza alta.