El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


El Toledo vaciado

En estos primeros días de septiembre son muchos los pueblos de nuestra geografía provincial que celebran sus fiestas patronales, en torno a la Natividad de la Virgen o al Cristo local, generando, junto a la manifestación religiosa, una rica gama de expresiones culturales, folclóricas, artísticas o gastronómicas. Un patrimonio variado, del que he podido disfrutar visitando varios de ellos. Pero no es de esto de lo que les quería hablar, sino de un grave problema que he constatado en casi todos.

Hablando con personas muy diversas, desde párrocos a alcaldes, pasando por amigos, parientes o gente que conocí en diferentes actos, todos manifestaban la misma honda preocupación: los pueblos se están muriendo. La población es cada vez menor, los libros parroquiales registran más defunciones que bautismos, los jóvenes se marchan a buscar oportunidades laborales a las ciudades y sólo van quedando los viejos, a la espera de que un modo de vida, una cultura secular, se extinga con ellos.

Solemos identificar la llamada “España vaciada” con las pequeñas poblaciones de la meseta norte, pero el problema está muy cerca, en pueblos próximos a Toledo, en comarcas de nuestra provincia. Recuerdo algo que una vez comentó un amigo: en los Montes de Toledo la especie más amenazada de extinción es la humana. En su momento me pareció una exageración brillante, pero tras estos días veo que es preciso tomarla en serio.

Son muchos los factores que han conducido a esta situación. Mientras en otros países de Europa se da una mayor integración entre el campo y la ciudad, en España, sobre todo a partir de los años sesenta, se ha producido un trasvase desproporcionado de población desde el ámbito rural a las grandes poblaciones. Existe, además de la falta de oportunidades laborales y de promoción humana y cultural, una especie de minusvaloración de la vida en los pueblos. Nuestra agricultura, atrasada hasta hace pocos años hasta unos límites en los que aún recuerdo de adolescente, camino de Guadalupe, ver en zonas de La Jara arar con arado romano, no ha contribuido a fijar la población a la tierra. Y en una espiral autodestructora, la disminución de los habitantes ha hecho que se vayan cerrando servicios educativos, médicos, asistenciales, de modo que la calidad de vida ha ido empeorando. Con melancolía, en muchos núcleos rurales, se pueden ver los vacíos parques infantiles que los ayuntamientos, no sabemos si por mantener la esperanza o por no perder las ayudas oficiales, han ido inaugurando pomposa y, las más de las veces, vanamente.

El problema ha alcanzado unas dimensiones alarmantes. Es urgente e imprescindible que las administraciones públicas, las instituciones locales y los propios habitantes desarrollen actuaciones que pongan coto a esta sangría y ofrezcan posibilidades de desarrollo que eviten la emigración y el abandono, sin olvidar el necesario fomento, no sólo económico, de la natalidad, el otro gran reto al que nos enfrentamos en España.