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Ilia Galán

LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


Renacer desde casa

26/12/2021

Ayer me hice la prueba. El resultado es que estoy infectado por el maldito coronavirus en estos tiempos benditos que en el hogar nos reúnen con familiares y amigos. Pero he requerido la confirmación. El personal sanitario está desbordado, me dicen, y se quejan de los trámites administrativos que les impiden ver a los enfermos, pegados a la pantalla del ordenador: tramitar bajas, preparar certificados de vacunación... Sigo llamando, en vano, a un teléfono saturado: nadie responde. Si tardan tendré que salir a urgencias, pues mi presencia será más convincente que las teclas marcando una referencia. Solo toso, estoy molesto, poca cosa es, pero soy asmático, me ahogo. Todo puede acabar con un virus bien pequeño. Aunque dicen que con la vacuna hay menos riesgo de acabar en el hospital o en el cementerio, los datos parecen confirmarlo. Otros prefieren no vacunarse, allá cada cual. Si quiere uno ponerse en riesgo y se infecta y acaba mal, teniendo el remedio a la mano, que pague con los gastos... Fatal es obligar. 
Me vacuné ya por tercera vez; pese a todo, dicen que el bicho es nuevo y le llaman ómicron, porque no querían llamarle xi, que es lo que correspondía según el alfabeto griego, pero podría ofenderse el nuevo e incipiente emperador del globo, Xi Jinping... Si fuera el nombre de un presidente de algún pequeño país africano nada pasaría, claro que no. Sea Xi o la ómicron, el bicho me fastidió; estoy a la espera. Esperar es algo fundamental en la vida nuestra, no podemos vivir sin esperanza, aunque no toda espera es igual, como la que esperaba el nacimiento la joven de Galilea, María, que dio a luz a Jesús de Nazaret en un establo, mostrando cómo lo pequeño es lo que a veces resulta más importante y que lo pomposo, los grandes nombres y títulos, el lujo, es nadería. El Mesías nace en la más extrema indigencia, de la más humillante de las maneras para un cristianismo que se expande por milenios sin fronteras. Pero es el interior lo que ha de brillar, como la estrella que a los magos guiaría por el desierto, el que a veces atravesamos en nuestra existencia. Nuestro faro ha de ser Amor, no otra la canción. «La Navidad está basada en una hermosa e intencionada paradoja: que el nacimiento de un niño sin hogar se celebre en cada hogar», decía Chesterton.
Ahora no nos imponen un censo, sino lo contrario, no movernos. En casa he de quedarme encerrado, rumiando soledades, trabajando, mientras espero a ver si puedo o no celebrar con mi familia la más familiar de las fiestas, la que da nacimiento a la Sagrada Familia, Luz que sirve para reconsiderar lo fundamental en la vida, que no es dinero, ni poder ni glorias efímeras y patéticas.