La falsa leyenda del Ángel Custodio de la Puerta de Bisagra

F. VIDALES WWW.TULAYTULA.COM
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La supuesta leyenda toledana es en realidad un cuento sufí oriental que en ninguna de sus versiones antiguas transcurre en Toledo. El responsable de la adaptación fue el catedrático del Instituto Ismael del Pan.

Morir de miedo durante la peste: la falsa leyenda del ángel

El Ángel Custodio contó, durante siglos, con su fiesta anual y sus representaciones artísticas por Aragón y Castilla, promovidas por los gobiernos municipales. Presidiendo puertas y murallas, era no tanto un elemento decorativo como una defensa ante el enemigo invisible más temido: la peste. 
El primer proyecto del Arco de Santa María de Burgos incluía una representación del apóstol Santiago que finalmente fue sustituido por un ángel, como puede verse actualmente. Plazas y capillas de Andalucía y Extremadura se llenaron de homenajes a San Miguel y San Rafael. En Toledo, el fervor por estos ángeles corrió en paralelo a las epidemias de peste que se sucedían desde el siglo XV. Cuadros como el del interior de la Catedral o cigarrales como el del Ángel Custodio son buena prueba de esta ‘moda’, de esta invención de una tradición (parafraseando al historiador británico Eric Hobsbawm) que tiene en el Ángel de Bisagra su mejor exponente. 
Bisagra es imponente y simbólica, es un arco del triunfo que vinculaba la ciudad con la tradición grecorromana. Pero también, como el Arco de Santa María de Burgos, donde el concejo y la oligarquía local se reivindicaban durante algunas celebraciones: de ahí su simbología local e imperial. Las primeras trazas, conservadas en el Archivo Municipal, detallan cómo debería construirse, entera, de piedra de Las Ventas con Peña Aguilera. Sobre ella, un ángel custodio que debía portar símbolos mágicos como la TAU y el ‘signo de Salomón’, además de otros protectores como una espada en la mano derecha y una «ciudad encima de un monte» bajo la izquierda, en un gesto que recuerda al de un padre que protege a su hijo del miedo. Del miedo a la peste y a las crisis económicas derivadas de ella, como reza el cuadro aludido en el interior de la Catedral, «que seamos librados de la peste, del hambre y de la guerra».  
Todo el mundo conocía el significado del ángel porque conocía los estragos de la peste, hasta que esta comenzó a desaparecer y dejó de ser temida. Así se olvidó el motivo por el que estos ángeles se colocaron en puertas y murallas. Y donde desaparece la historia aparecen las tradiciones inventadas y las leyendas, que tienen tantas versiones que confunden a quienes las escuchan muchas veces, preguntándose: ¿dónde me he encontrado con esto antes...? 
LA LEYENDA URBANA. En 1842, Nicolás Magán escribió ‘Muros, puertas y puentes de Toledo’, donde se refería a la «puerta llamada de la Almaguera, sobre la cual se conserva la tradición de que, atacando por esa parte la ciudad Ali Aben Jocef, fue ahuyentado por haberse aparecido en aquel punto el arcángel San Miguel». Creencia referida a una puerta ya inexistente, que no fue recogida por Amador de los Ríos ni por Parro, ni aparece en las compilaciones de leyendas de Olavarría, Moraleda, Servet o Machado. Hasta que en 1919 el  militar y arqueólogo puertorriqueño Castaños y Montijano publicaba en la Revista Toledo un artículo en el que citaba (mal) el texto de Magán, y trasladaba la supuesta aparición del ángel de la Almoguera a Bisagra. Poco después Ismael del Pan, catedrático del Instituto, publicó su obrilla Folklore toledano, de apenas 100 páginas, con decenas de supersticiones toledanas relacionadas con el mal de ojo, brujas, hadas, fantasmas y amuletos. Fue ahí, en sus últimas páginas, donde apareció por primera vez la leyenda del ángel de Bisagra:
«Una vez, quiso pasar la peste al interior de la ciudad, y el ángel guardián sólo consintió ante el mandato de Dios; pero con la condición de que no matase más que a siete de los habitantes de Toledo. Al marcharse la plaga, el ángel tomó un aspecto triste, e indignado, dijo a la peste: Miserable, has faltado a tu palabra, pues has matado a siete mil. Pero la peste repuso: No, no he faltado a mi palabra; yo sólo maté a siete; los demás han muerto de miedo y aprensión». 
Como Castaños con Magán, Ismael del Pan citaba en una breve nota al pie su -supuesta- procedencia: «Referencia del Dr. D. Ventura Reyes y Prósper», una figura de primera fila de la ciencia española, Ventura Reyes Prósper que llevaba años como profesor en Toledo, pero que jamás dejó por escrito leyenda alguna en relación al ángel de Bisagra. 
Y si lo hizo, que no parece, sería tan poco original como la publicada por Del Pan, pues la leyenda no es más que una adaptación de un cuento sufí oriental. Cuento que presentaba menos muertos siempre y distintos protagonistas, desde el mítico Nasreddin a un anciano o un peregrino y que nunca transcurría en Toledo. El mismo colonialismo que llenó el Louvre y el British Museum de patrimonio de Siria, Irak y de la India también se apropió de la rica tradición de literatura oral indopersa y árabe, traduciéndola y difundiéndola por Europa y América. Así surgió la leyenda del ángel de Bisagra. 
Primero (si no antes) difundida en revistas periódicas anglosajonas como la Western Miscellany en 1778, que recogía la leyenda del peregrino y la peste en la ciudad de Esmirna. Después, publicaciones científicas como The New England Botanic recurrían a ella para insistir en que el miedo siempre aparecía a la vez que epidemias como el cólera o la peste, ubicando el cuento en Bagdad o en Damasco. Por entonces, las primeras traducciones al castellano comenzaban a aparecer en publicaciones como la argentina Atlántida de 1925 o varias de Julio Camba, bajo el título «La peste y el miedo». En ninguna de ellas se situaba en Toledo, hasta que Ismael del Pan, en esos años, pensó que si el cuento funcionaba en Oriente, funcionaría en Occidente. Por el camino, el ángel perdió sus atributos defensivos y se convirtió tan sólo en un observador de la desgracia, desarmado ante una peste que en la versión toledana mataba ya a muchos más miles de personas que en su versión original. Desde entonces se ha convertido en una de las más conocidas de la ciudad. Luis R. Bausa, que tiene en prensa un estudio completo sobre leyendas toledanas, me cuenta que el relato ha ido apareciendo hasta con tres nombres distintos en decenas de compilaciones posteriores. 
Importa poco ya cómo de toledano es el cuento o la leyenda, porque su esencia es universal: aunque nos asuste más una epidemia, el miedo puede acabar siendo más letal que la propia epidemia. Castaños, en su texto en la Revista Toledo del año 1919, se lamentaba de que al ángel «años hace que se le cayó el ala derecha y así continúa, ¿no podría el Excelentísimo Ayuntamiento hacer que se le volviera a colocar?». 
Cien años hace de esto y ahí siguen el ángel mutilado y la pregunta de Castaños en el aire. No será por buenos canteros -faltos de encargos- en Las Ventas con Peña Aguilera que estén dispuestos a ello.