El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Ni unidos, ni más fuertes

03/06/2020

Cuando nos acercamos a la España de la Restauración, una de sus notas características es la constatación, y así lo veían ya los contemporáneos, de la profunda separación entre el país real y el país oficial. Posiblemente no sea una anomalía de aquel periodo, sino una constante en la historia humana, aunque en algunos momentos se vea más acentuada que en otros. Dicha distancia se puede comprobar, de manera fehaciente, entre lo que nos muestra la propaganda gubernamental y lo que los ciudadanos experimentamos, como si fueran dos realidades paralelas. Otra constante histórica desde que Ramsés II convirtió la batalla de Qadesh, un empate técnico con los hititas, en una gran victoria sobre los muros del templo de Abu Simbel.
Esto es lo que lo que estamos observando, una vez más, estos días, en relación con la pandemia. Por un lado, la propaganda que construye un relato triunfalista, narrando lo extraordinariamente bien que los poderes públicos lo han hecho, apelando a la unidad que, como si estuviéramos en una batalla, nos conduce, desde el voluntarismo más optimista, al triunfo. Por otro, la desoladora experiencia que hemos podido comprobar a través de las escasas imágenes que se nos han proporcionado, fruto de una concepción paternalista de lo que es la ciudadanía, reducida a masa infantiloide incapaz de asumir el drama de miles de muertos. Pero los fallecidos, día tras día, a pesar de las diferentes y desconcertantes formas de contabilizar, han ido aumentando en un incesante goteo; el dolor, la tragedia han golpeado a miles de familias; la precariedad económica, la angustia por el futuro laboral se ha apoderado de cientos de personas. El relato épico está teñido, más allá de la buena voluntad de quienes han tenido que afrontar la pandemia y buscar soluciones, de errores y equivocaciones humanas, comprensibles cuando son asumidas con humildad, pero profundamente irritantes cuando se encaran con el soberbio ‘sostenella y no enmendalla’ del romancero.
No, no hemos salido más fuertes. Por el camino han quedado demasiadas historias personales truncadas; demasiados dolores, sufrimientos, angustias. Nuestra economía ha sido golpeada y costará recuperar los niveles previos a la Covid-19; nuestro heroico personal sanitario, que ha demostrado quienes son, junto a cajeras, bomberos, conductores y tantos otros, el verdadero capital humano de un país que les ha minusvalorado mientras ponía pedestales a héroes de pies de barro o a influencers vacuos, ha sufrido bajas, ha quedado agotado física y, en muchas ocasiones, psíquicamente. No, no estamos más fuertes.
Pero tampoco estamos unidos. He lamentado, en esta columna, las divisiones, los enfrentamientos, la creciente intolerancia. En las redes sociales, en los medios de comunicación, en las Cortes, en las declaraciones insensatas de una clase política mediocre y cortoplacista.
Saldremos, cuando salgamos, heridos. Pero como sociedad, a lo largo de nuestra historia, hemos sido capaces de restañar lesiones hondas. Harán falta generosidad y altura de miras. Ojalá las tengamos.