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La historia de amor y odio de Toledo y el botellón

J. Monroy
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El vallado del entorno del Alcázar y el cierre del Miradero llevaron a un botellón masivo por las plazas del Casco y un ocio en la calle en Santa Teresa que causaron muchas molestias vecinales

La historia de amor y odio de Toledo y el botellón

Cuentan los mayores del lugar que el botellón no es una práctica nueva. Ellos ya lo hacían de jóvenes por plazas y callejones perdidos del Casco, quizás al resguardo de un campanario, mientras escuchaban un constante repicar. También la historia refleja las idas y venidas de un grupo de estudiantes en Madrid (un tal Lorca, un tal Buñuel, un tal Dalí) que acudían a Toledo a emborracharse con vino de Yepes y hacer verdaderas trastadas. Aquel, seguro, era otro botellón, desde luego menos masivo y habitual. Desde tiempos de los abuelos, mucho ha cambiado y el aumento de la natalidad, una expansión de los años de juventud, un cambio en la tipología de bares y una falta de visión por parte de las autoridades han traído un botellón más asiduo, más numeroso y también más problemático.

A lo largo de las últimas décadas han sido varios los intentos de ordenar el ocio nocturno en la ciudad. Hay que recordar propuestas como la que el artista Jule elevó al primer Ayuntamiento de Joaquín Sánchez Garrido para crear una calle de bares al estilo de la Laurel en Logroño u otras tantas en otras ciudades españolas. Su idea fue poner bares «en una puerta sí y otra también» en el céntrico callejón del Locum, por aquel entonces, sin vecinos. Pero ni esta iniciativa, ni el resto de las presentadas para la creación de un plan de turismo nocturno en la ciudad, salieron entonces adelante.

En los últimos años, se publica asiduamente una fotografía por las redes sociales de la ciudad de una enorme concentración de jóvenes en la calle Chapinería. La imagen es de un día de invierno de los años noventa, quizás uno de esos en los que se entregaban las notas y muchos estudiantes subían al Casco a beber. Pero recoge una realidad de tantos sábados por la noche, en los que el espacio contaba con dos bares que atendían a la calle y la presencia juvenil era tal que era imposible atravesar el estrecho vial, para desconsuelo, también hay que decirlo, de los mayores del Hospitalito del Rey, que no podían dormir. Ojo, también había redadas policiales para pillar menores y avisar a sus padres.

La historia de amor y odio de Toledo y el botellónLa historia de amor y odio de Toledo y el botellónEn los años noventa parece que el ocio nocturno tenía más oferta, sobre todo, para los más jóvenes, que habitualmente son los que menos dinero tienen. Estaba la opción de las discotecas, como hoy en día (Shitons, nacida el 13 de octubre de 1969, es la más antigua de Europa con el mismo nombre y los mismos dueños); bares como La Viña y la Chapinería, pero también el Corralito o el Karpa, entre otros muchos, que no solo tenían un interior repleto, sino que servían al exterior, a la calle, donde también se acumulaban grandes cantidades de jóvenes; el botellón; y el Miradero. Además comenzaban a nace las fiestas universitarias, casi todas, en el Casco.

Porque también había botellón, aunque de forma más esporádica, quizás en cumpleaños, mucho menos mayoritario que en años posteriores. Los había que venían ya cargados con el alcohol en bolsas del súper, los había que directamente lo cogían a la entrada al Casco, por el 'Tío Peo', o en 'el Chumi' en la calle de la Plata. Los menores podían comprar alcohol sin las limitaciones de hoy, de hecho era legal beber desde los 16 años. El lugar más multitudinario de botellón era el Alcázar, lo que hoy en día está vallado, en torno a la estatua del 'Ángel', pero también en el parque de la actual piscina y el vecino Corral. Allí no había vecinos, quizás tan solo molestaba al militar de guardia en la zona.

Y otro clásico de la época fue el Miradero. La galería comercial, inaugurada en 1976, se había convertido en el centro del ocio nocturno. En el Miradero se juntaban discotecas, con bares de baile y de rock. Era un espacio cerrado, donde se estaba al reguardo durante todo el año. También había botellón dentro, droga y peleas. Lo bueno es que no molestaba a los vecinos, y los bares podían estar abiertos, a diario, hasta el amanecer.

La historia de amor y odio de Toledo y el botellónLa historia de amor y odio de Toledo y el botellónOrdenanza antibotellón. Los peores años del botellón vinieron de la mano, por un lado, del cierre de la zona del Alcázar y del cierre del Miradero. En 1998, se abría la Biblioteca regional, y para entonces este espacio ya estaba vallado. Eso, con las constantes peleas, movieron el botellón a espacios como Santa Clara y otras plazas del Casco, incluso, las escaleras de Santo Domingo El Real, que finalmente las religiosas cerraron con una fuerte verja. Eran eso sí, zonas ya con muchos vecinos. El Miradero, por su parte, terminó cerrándose a finales de 2002 tras una goteo de negociaciones con los propietarios de los locales, para el inicio de las obras del palacio de Congresos. La paliza que acabó con la vida de un indigente lo aceleró todo. El problema es que no hubo una alternativa a aquel ocio masivo cerrado, y muchos jóvenes se 'buscaron la vida' de botellón.

En aquellos años también se acentuó el ocio nocturno en el barrio de Santa Teresa, hasta extremos que llevaron a su Asociación de Vecinos a una importante campaña de protestas. A la postre, las mediciones del ruido fue su argumento definitivo. Por aquel entonces, los bares no se llenaban, sino que servían por la venta a la calle, con lo que lo que estaba cuajado de gente eran viales como la plaza de Cuba. Además, los horarios también eran más extensos. «Un infierno» para los vecinos, denunciaban una y otra vez.

DTambién comenzó el fenómeno de las terrazas de verano. Tras las múltiples denuncias que acabaron con el cierre policial de la situada en Safont, se desplazaron a la Peraleda, donde todavía permanecen. Este fue el germen también del inicio del botellón en el recinto ferial.

La historia de amor y odio de Toledo y el botellónLa historia de amor y odio de Toledo y el botellón - Foto: Yolanda LanchaLos residentes de Santa Teresa y del Casco ya no aguantaban más. En Santa Clara, un grupo de jóvenes de fiesta llegó incluso a volcar el coche de un vecino que se quejaba. Así que el Ayuntamiento tomó cartas en el asunto, y el 24 de noviembre de 2006 aprobó por consenso la primera ordenanza antibotellón de España. Entonces no había regulación, nacional, ni regional, y Juan José Alcalde como concejal 'popular' de Juventud, Gabriel González por el PSOE, José Esteban Chozas por IU, asociaciones de vecinos, asociaciones juveniles y hosteleros pactaron un texto que no solo prohibió el consumo de alcohol en la calle en el Casco y Santa Teresa, sino que también inició una campaña antibotellón. El espíritu no era impedir que los jóvenes bebieran, sino limitarlo. Se organizaron charlas en los institutos, y los cines de Toledo proyectaron un corto hecho para la ocasión. A la postre, muchas ciudades copiaron la normativa toledana y se quedó sobre la mesa otro plan antidrogas.

Lo que finalmente no incluyó el texto fue la creación de 'botellódromos' oficiales, para intentar evitar más borracheras, y porque habría necesitado de seguridad y limpieza. Sí se guió de cierta forma, no obstante, el consumo de alcohol, por entonces masivo, hacia el paseo de Recaredo y la Peraleda, donde se han venido produciendo, eso sí, controles policiales contra el ruido y la droga y para evitar que los asistentes conduzcan bebidos.

Actualidad. Y desde 2006, pocos cambios en el ocio nocturno, hasta que llegó la pandemia. Tras el Estado de Alarma, el Ayuntamiento prohibió beber en la calle como medida sanitaria, que todavía sigue en vigor. El problema era que seguían creciendo los contagios, sobre todo, entre los jóvenes, y se pensó que los grupos por la noche y el compartir la bebida podría tener al menos parte de culpa. La medida continúa, a pesar de que algunas experiencias recientes, como la fiesta ITI, se la han intentado saltar.