LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Jueves de amor

08/04/2020

De todas las cosas que pudieran escribirse hoy, ninguna me resulta tan cálida y provechosa como la reflexión sobre este Jueves Santo, probablemente el día más hermoso del año, día rojo de calendario, del Amor Fraterno, la institución misma de la Eucaristía, del tomad y bebed, tomad y comed... Nadie piense que son enseñanzas o cosas de curas, porque caería en el grave error que venimos arrastrando tantos años, la soberbia y displicencia con la sabiduría a través de su peor antónimo, que es la ignorancia. El Jueves Santo nos enseña tantas cosas que son válidas para ahora mismo, que es abrumador y ensordecedor el grito del Evangelio, con independencia de creencias e ideologías. El lavatorio de pies, acto heroico y sublime de humildad, puede que se haga simbólicamente o con agua y jabón, esto no lo sé. Pero podemos situarnos siempre en la posición de Pedro, que no consentía a Jesús lavarle los pies, sino el cuerpo entero. No se trata de eso, le dijo el Maestro, se trata de ponerse al servicio, a disposición del otro, comenzando por la cabeza, el líder, el que precona. A partir de ahí, todo es mucho más fácil.
Es Jueves de Amor sublime en este confinamiento austero. De todos quienes pensaron en el Amor, con mayúsculas y no necesariamente cargado de trascendencia, ninguno me fascinó tanto como Agustín de Hipona. Se traduce una de sus más célebres frases como «ama y haz lo que quieras». Me explicó un día un cura que el sentido verdadero de la sentencia es «ama y haz lo que debas», pero que el paso de los siglos había derivado hacia ese otro significado, que tampoco es incompatible con el primero. Lo más fascinante de Agustín es la introspección de su filosofía, cómo busca al hombre en su interior para terminar encontrando a Dios. San Agustín es un platónico de primera época que cristianiza el mundo pagano del fundador de la Academia y discípulo de Sócrates. En este tiempo de aislamiento, nada más oportuno me ha parecido que recordar al maestro de Hipona y sus enseñanzas, cuando coloca el «conócete a ti mismo» socrático en el centro de su teología para profundizar en el interior de uno mismo. De todas las cosas que pueden hacerse en casa, ninguna resulta tan provechosa como mirar hacia dentro y preguntarse por uno mismo, lo que puede hacer en el mundo y aquello que está en su mano. Solo del conocimiento profundo del yo puede nacer la fuerza necesaria para transformarlo, primero dentro de ti y tu percepción, luego fuera de tus coordenadas. En el avance de este camino llegará el encuentro con Dios, que vendría a ser tanto como el hallazgo de la sabiduría plena para después tomar las decisiones correctas y oportunas. Agustín es un posmoderno sin saberlo, en cuyas líneas encontramos lo que los psicólogos de ahora llaman liderazgo intrapersonal.
Y aquí quería llegar. En este punto de turbulencia máxima en el que nos encontramos, hay muchas voces que claman por los líderes. El líder debe ser primero quien se gobierna a sí mismo para después gobernar al resto. Y el líder, entendido como tal, es aquel que tiene la suficiente fuerza interior para recorrer un camino que se inicia en la idea preconcebida y que termina en otra que pueda ser completamente distinta a la inicial, pero necesaria y verdadera para el momento presente. Ese es el verdadero líder, quien es capaz de atravesar el intenso río de los prejuicios para anteponer la solución a sus propias convicciones. Ahí está el pacto, el entendimiento, el acuerdo. Y todo ello, aunque parezca mentira, posee solo la fuerza, única pero potente, del Amor escrito con mayúsculas. El que sale de mi yo fuerte para encontrarme y diluirme en los brazos del tú, amarrados ya irremediablemente a los míos para crear un provechoso y fructífero nosotros. Feliz Jueves Santo.