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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


España en llamas

25/07/2022

Lo advertíamos a principios de junio, en un artículo consagrado al árbol, a su enorme importancia como modo de refrenar el cambio climático. No había que ser un lince; bastaba un poco de sentido común para ver que los dos meses y medio de lluvias, seguidos por la sequía de siempre, habían hecho crecer por todas partes yerbajos de más de medio metro que, convertidos en yesca, eran como pólvora. Hablábamos asimismo de la suciedad de los bosques y arbolados, de la necesidad de limpiar, de sacar los tractores. Pero también sabíamos que era como predicar en el desierto. El serio aviso  de la Sierra de la Culebra, en Zamora, durante la primera ola de calor, sirvió de poco. Por no hacer, ni siquiera las carreteras secundarias han visto las máquinas cortahierbas de otros años. Ya digo, un desastre sin paliativos.
Ahora, esta terrible segunda ola de calor ha hecho, de momento, el resto. Doscientas mil hectáreas en lo que llevamos de año es un lamentable récord de incompetencia rara vez alcanzado, que pone plenamente de manifiesto que España no necesita las bombas rusas para arder; le basta y le sobra con la ineptitud de su clase política, que únicamente sabe lamentarse ante la tragedia, pasándose de unos a otros la responsabilidad, en vez de adelantarse a ella. Esta misma tarde (jueves) veíamos a la ministra Robles, especializada en tragarse sapos, a su llegada a uno de esos pueblos devastados de la provincia de Orense, apostrofada por una alcaldesa, exigiendo que alguien les explicara cómo es posible que en unas cuantas horas lo hayan perdido todo.
La ministra, como el propio Sánchez, apuntan por primera vez a un error de planteamiento (los célebres errores de protocolo), pero aquí no hay Dios que dimita ni ponga orden, empezando por los célebres barones a quienes lo único que al parecer les interesa es cómo van las encuestas. El resto, abandono, miseria, acumulada de forma  escandalosa sobre la España vacía (ahora quemada), cuyos escasos habitantes hace tiempo que perdieron la fe en la capacidad de sus gobernantes. Y es que, habida cuenta del desastre cuando aún queda un mes para concluir julio, con dos meses aún de verano por delante, el horizonte de expectativas de supervivencia se cierra sobre sí mismo, hasta el punto de que son cada vez más piensan, como Bush junior, que lo ideal es actuar como hemos hecho con la Covid; o sea, dejar que se queme todo, de tal manera que 'muerto el perro, se acabe la rabia'.
¿Tan difícil es aplicar una serie de medidas contundentes y eficaces? Lo primero, hacer como se hace con los parques públicos en las ciudades al menor signo de peligro, o sea prohibir terminantemente la entrada a los bosques durante los días de 'bandera roja'. Segundo, en tanto se delimitan las competencias y responsabilidades, crear 'retenes' en los pueblos con parecido poder al que tenía la Santa Hermandad (cuando la autoridad muestra manifiesta inutilidad, la solución han de asumirla los propios posibles damnificados). Tercero, ampliar los cortafuegos y mantenerlos limpios.
Cuarto, limpiar los bosques evitando la tristemente célebre escalera de fuego. Quinto, perseguir con todo el peso de la ley (reactualizada y puesta al día) a pirómanos, gamberros, gentuza e imprudentes (incluidos borrachos y drogadictos que cada día van  a más). Sexto, perimetrar menos y educar más. Séptimo, tomarse mucho más en serio el problema rural. Y así sucesivamente. Aquí, como en medicina (y especialmente en el azote del cáncer), sólo vale la prevención; lo contrario es el pavor al que asistimos a diario. Y, ya puestos, y en vista de lo que puede venir todavía, visto lo visto, crear el premio al incompetente mayor del reino y ponerlo como blanco en la célebre tomatina de Buñol. Una vez más se pone plenamente de manifiesto la tragedia que supone el hecho de que el único puesto que no exige pasar por unas oposiciones sea el de político. De seguir así las cosas, que Dios nos pille confesados.