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Miguel Ángel Dionisio

El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


Soledades monásticas

09/11/2022

Vivimos en una sociedad frenética, llenos de ruidos, urgencias inaplazables, prisas y carreras para todo; sometidos a la acción-reacción constante de las redes sociales, a la tiranía de los correos electrónicos o a la inmediatez del 'guasapeo' que nos hace vivir pegados al móvil las veinticuatro horas del día. Es por ello cada vez más necesario saber desconectar, encontrar momentos de tranquilidad, sosiego y silencio, de apagón del teléfono, para mirar nuestro interior y reposar el cuerpo y el espíritu. Un espacio privilegiado para ello son los monasterios. Cuando puedo, trato de escaparme a alguno, buscando, en su calma, hallar la soledad sonora que restaura la paz del corazón. Tras el paréntesis de la pandemia, he podido recuperar esta buena tradición en un enclave excepcional, el monasterio de Santa María del Paular.
Se trata de un espacio verdaderamente maravilloso. Está ubicado en pleno valle del río Lozoya, en la sierra del Guadarrama, rodeado por montañas cubiertas de bosques de coníferas y árboles caducifolios que, en el estallido otoñal, se revisten de oro, mientras los campos, fecundados por las hojas secas, generan ubérrimos diferentes tipos de setas y hongos. El rumor de las aguas, crecidas por las últimas lluvias, ejecuta una gozosa melodía que mece el corazón mientras serena la vista.
En este locus amoenus se yergue, espléndido, el Real Monasterio, la primera cartuja que hubo en Castilla, mandada erigir en 1390 por el rey Juan I, quien, con su política de renovación religiosa, puso las bases de la Reforma católica en España, culminada posteriormente por Isabel la Católica y el cardenal Cisneros. Protegido por la dinastía Trastámara, el cenobio se fue enriqueciendo con un magnífico patrimonio artístico hasta que la Desamortización de Mendizábal suprimió la comunidad de monjes y vendió y dispersó gran parte de las obras de arte que albergaba. El lamentable estado de abandono al que llegó generó una fuerte campaña en la opinión pública, en la que intervino la Institución Libre de Enseñanza, hasta que el Estado inició su recuperación, completada con la restauración de la vida monástica con la llegada de los benedictinos.
A pesar de las pérdidas, el monasterio alberga aún verdaderas joyas. En la iglesia, traspasada la verja gótica forjada por el monje rejero Francisco de Salamanca -autor también de la de Guadalupe-, encontramos una espléndida sillería, pero sobre todo, podemos extasiarnos con el maravilloso retablo de alabastro policromado, la auténtica obra maestra del monasterio. Tras él se esconde la exuberancia barroca de la capilla del Sagrario, de Hurtado Izquierdo, con su extraordinario trasparente. El claustro, que ha recuperado recientemente la serie pictórica sobre la historia cartujana que creó Vicente Carducho, sorprende por la variedad y fantasía de sus bóvedas de crucería, de desbordante imaginación, o la bóveda de artesa, única en su género, que da acceso al mismo. Todo envuelto en las melodías gregorianas de los monjes.
El Paular, un lugar privilegiado para encontrar la paz.