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Miguel Ángel Sánchez

Querencias

Miguel Ángel Sánchez


Árboles de ciudad

04/11/2022

Me gusta que los árboles mueran de viejos. A los árboles les suelen pasar cosas. Es la vida. Vivir es ir muriendo poco a poco, y más en los árboles de ciudad, condenados a ser mobiliario o decoración. Porque una cosa es ser considerado imprescindible, valioso, único. Y otra, mueble, complemento, dibujo en proyecto, toque de verde frente a fachadas y asfalto. Me desvío. Escribía que me gusta que los árboles mueran a su tiempo después de una vida gastada, de muchos inviernos y veranos, de tormentas y vientos, de cicatrices de sequías y años malos. A veces los he oído caer, alcornoques enormes en la dehesa, empapados por los temporales de noviembre. Otras, tronchados por el viento, como los álamos blancos de Los Sifones. Otras veces caen ramas, casi medio árbol, segadas por el rayo, y dejan una cicatriz inmensa por donde se le irá yendo la vida con los años. Otras veces los he visto arrastrados por las crecidas del Tajo o del Tiétar. Y demasiadas veces, encinas aún jóvenes de pocos cientos de años, comidas por la seca. Y olmos viejos vencidos finalmente por la grafiosis. Los árboles muertos, su esqueleto, son alimento para la tierra, refugio, criadero de bichos, mientras poco a poco se desvanecen. Hay algo grande en la dignidad de un árbol que muere de viejo.
Los árboles de ciudad mayormente estorban. Son, como digo, decoración. A los árboles no le gusta esa domesticidad blanda, urbanizada y contenida. Vi un día talar la Alameda de Talavera, cortar por capricho los plátanos de la Portiña de San Miguel, liquidar alguno de los eucaliptos gigantes de la carretera de Madrid, la encina cinco o seis veces centenaria del cruce de Cazalegas, mutilada y envenenada. He visto arder el olmo del Kiosko del puente romano, encementar y solar su alcorque, para que no quedase ni huella ni recuerdo. He visto quitar árboles para dejar espacio a la entrada a una gasolinera, desaparecer uno a uno los naranjos que hace cuatro días se pusieron en la Corredera del Cristo... Talavera no es diferente. El árbol no tiene entidad como ser vivo. Tampoco como algo patrimonial. No tiene derechos. 
Para la ciudad mejor árboles artificiales. Como esa carne que no proviene de animales. Máquinas que depuren el aire, que incorporen paneles solares e iluminación led, antenas de 5 ó 6G, lo que toque. Y cámaras de vigilancia. Y enchufes para los coches eléctricos. Un árbol mueble, polivalente y resiliente como se dice ahora, de cartón piedra, que se lleve a donde se necesite, y que se quite cuando estorbe. Que no pida nada, que no ensucie ni eche hojas, que no se llene de huecos para que críen palomas y autillos… Ya estará patentado a estas alturas. Los árboles de verdad que vivan su vida donde puedan vivirla.