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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Llámame Antonio

25/03/2022

Suele pasar, y más en los pueblos, que la gente mayor -motes aparte- se dirige a los hijos con el nombre de los padres, aunque no coincidan en ninguna letra. Ya me dirán qué relación hay entre Macario y Antonio. Quitando el final, ni gráfica ni fonética. Pues más de algún abuelo tenía la costumbre de llamarme por el nombre de mi padre, que no deja de ser un orgullo cuando sientes admiración por tu progenitor, pero motivo de cachondeo para el resto de la cuadrilla adolescente. Entonces andaba José Luis Moreno con su muñeco haciendo de las suyas y aquello era el despelote total.    
El padre del presidente del Gobierno también se llama Pedro. En su pueblo de Anchuras, en las estribaciones de los Montes de Toledo, el hijo no habrá tenido ningún problema ni tampoco motivo para la chanza. Al menos, con las cuestiones del nombre. De lo que ha ido perpetrando después en La Moncloa, habrá división de opiniones, como en casi todas las plazas. Las gracietas al presidente le han llegado porque el primer ministro italiano ha querido ser cortés tras una intervención con Sánchez y se ha liado sin querer. «Gracias, Antonio». Antonio era Pedro y el que hablaba a continuación era el primer ministro portugués, que tiene por nombre al santo de Padua que, por cierto, nació en Lisboa.  
Hizo bien Pedro Sánchez en no enmendar en público a Mario Draghi. Hay rectificaciones que emborronan aún más el error. Cuando llegué a Madrid a trabajar en la redacción de la cadena COPE me incorporé unos pocos meses al equipo de fin de semana. Tras un breve trimestre, cambié de destino a otra sección y cada vez que me veía una senadora me repetía: «Te escucho todos los fines de semana». Había transcurrido un año o dos que yo ya no estaba sábados y domingos, pero la ilustre parlamentaria decía que me escuchaba esos días. Nunca tuve el arrojo de corregirla y ella terminó creyéndose su propio embuste.
A Sánchez tampoco le afecta que le llamen Antonio. Ha creado un personaje tan volátil que lo menos relevante es el nombre. Su propia idiosincrasia política y la misma esencia del partido las ha ido mutando hasta modificar sobre la marcha las siglas de la formación a la que pertenece. Lo vemos estos días con la manifestación de los transportistas. Lidera un partido que se hace llamar obrero, pero los camioneros no pertenecen a ese gremio para Sánchez, vinculándoles con la extrema derecha. Cada vez que hace esa relación sigue llenando las arcas de Vox. La mayoría de los que se manifiestan son autónomos, pero prefiere no identificar este colectivo con el del grupo general de trabajadores. Aquí, su vicepresidenta Yolanda Díaz ha sacado la patita: «Me consta que son los más vulnerables». ¿Dónde quedó, por tanto, el socialismo?
Sánchez es el secretario general de un partido que hace marca del español, aunque cuando la España más olvidada, que es la del medio rural, se echa a la calle y reúne a cientos de miles de personas en Madrid, son cuatro señoritos que han dejado su cortijo para ir a la capital un domingo en el que no tenían nada que hacer. Los fachas de siempre, los de la escopeta nacional.
A un ser tan cambiante, lo que menos le importa es que le modifiquen el nombre. El travestismo de Sánchez ha traspasado continuos límites que ni se inmuta ante el cachondeo que se ha montado después de que Draghi le llamara Antonio.