Entre Encinas

Pilar Gil Adrados


De conversación con una máquina

29/10/2020

Pues sucedió que, tras reconocer la necesidad imperiosa, darle muchas vueltas para vencer la pereza y la pena que me daba deshacerme del antiguo, con el que había mantenido una apacible relación durante muchos años, me decidí a cambiar de coche.
Te das cuenta de cómo los vehículos han ido incorporando tecnologías que ayudan a una conducción más fácil, a disminuir la contaminación protegiendo el medio ambiente y a prevenir accidentes salvando vidas. De hecho, cumplen con rigurosas normas europeas para reducir emisiones y garantizar la seguridad vial. Prevén lo que a partir de 2022 serán requisitos obligatorios para homologar los nuevos modelos, incluyendo de serie asistencia de velocidad inteligente, interfaz para alcoholímetro que impida arrancar si se supera la tasa de alcoholemia permitida, sistema de advertencia al conductor en caso de somnolencia y falta de atención a la carretera, señal de frenado de emergencia, detector de marcha atrás, aviso de cambio de carril y caja negra con registrador de datos para analizar accidentes. Así como, otras muchas novedades que cambian tu forma de conducir y utilidades digitales de información en las que debes entrenarte para poder emplearlas sin pararte a pensar o recurrir al asistente de voz.
Al atardecer del sábado, iba conduciendo, satisfecha y muy contenta por la decisión tomada, mientras trataba de escuchar algo de mi interés en las emisoras que había archivado. El fútbol todo lo ocupaba y como ya había escuchado suficiente, para mis necesidades informativas sobre este deporte, pensé en poner música clásica, por aquello de que el corazón y la presión arterial modifican su ritmo acompasándose con su armonía.
Sucumbí a la comodidad y solicité: ¿Podrías buscarme radio nacional clásica, por favor? Me quité la mascarilla y, más despacio en un tono más alto después de oír: No entiendo lo que dices ¿puedes repetir la pregunta?, dije: Escuchar radio clásica. Al mostrarme en la pantalla el repertorio de mis últimas llamadas para que eligiera, hice una petición más firme y concisa: No, música clásica. Finalmente, resolvió la conversación diciéndome: Ahora no puedo atenderte, lo que yo traduje por  ‘Hablaremos cuando te aclares con lo que necesitas porque no te comprendo’.
Ya en silencio, recordé la extraordinaria labor de los profesionales que facilitan el entendimiento en las negociaciones internacionales y señalan, por ejemplo, que uso del imperativo y la entonación de los españoles puede ser interpretada como arrogancia que pone a la defensiva o que el exceso de argumentos puede hacer sospechar sobre las intenciones. También el arduo trabajo de los que se dedican a la aplicación de sistemas informáticos conversacionales en las máquinas para adecuar sus respuestas al lenguaje natural, allanando la teoría del relativismo lingüístico que señala la falta de equivalencia perfecta de las palabras entre lenguas, dialectos y dicciones, añadiría yo.
El polifacético Alejandro Jodorowsky diría: «Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que digo, lo que quieres oír, lo que oyes, lo que crees entender y lo que entiendes, existen nueve posibilidades de no entenderse».