Más de setecientos 'extras' de Toledo

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Aparte de Pedro Armendáriz y de Alida Valli, los protagonistas de El tirano de Toledo fueron la ciudad y sus propios vecinos. El Hotel Carlos V fue el epicentro de este recordado rodaje, en junio de 1952

Más de setecientos ‘extras’ de Toledo

El pasado lunes recordamos en estas páginas los orígenes de El tirano de Toledo (Henri Decoin y Fernando Palacios, 1953), una película que consagró a Toledo como escenario de coproducciones internacionales y en la que participaron, según las crónicas de Antonio de Ancos para el diario El Alcázar, hasta 700 ‘extras’ toledanos. El rodaje duró mes y medio, convirtiendo al Hotel Carlos V -abierto apenas cinco años atrás- en un auténtico icono, representando lo mismo que el Hotel María Cristina para el Festival de Cine de San Sebastián.
«Toledo es en estos días la nueva babel del celuloide -recogía El Alcázar el 7 de junio de 1952- (...) Para que puedan darse una idea, les diremos que el argumento es de una novela de un autor inglés [sic, por Stendhal], el guion pertenece a la española Natividad Zarzo [Zaro], el director es francés y los actores son italianos, argentinos, mejicanos, franceses y españoles».
Pedro Armendáriz, protagonista de El tirano de Toledo -un popular actor mexicano que había trabajado en El bruto (1953) a las órdenes de Luis Buñuel-, acababa de aterrizar en nuestro país, caldeando sus primeras horas en España en la barra de Chicote. Los encuentros con su paisana Dolores del Río, que en las mismas fechas había visitado Toledo en compañía de José López Rubio y Edgar Neville, alojándose en el cigarral de Marañón, alimentaron algunos rumores. También las intempestivas visitas y desaires a la prensa de Alida Valli, belleza italiana cuya salud llegó a ponerse en entredicho, surgiendo el bulo de chequeos por parte del propio Marañón o de Ramón María Delgado, eminente médico toledano que tres décadas atrás había inaugurado el Hospital Provincial en compañía de Manuel Azaña.
Otro de los atractivos de la película fue la participación de una joven Nati Mistral, que interpretaba unas coplas de ciego en los exteriores de la gran iglesia empleada como localización en el rodaje (San Esteban de Bargas; con interiores en la sinagoga de Santa María la Blanca y otros planos en la Casa del Greco).
Los verdaderos protagonistas de la película, sin embargo, fueron los propios toledanos. «Algunos han actuado por simple afición -añadía El Alcázar-; otros, por los buenos veinte o treinta duros que percibían durante la jornada». Su satisfacción se refleja en escenas como la romería camino de la iglesia, con el magnífico telón de fondo de la ciudad, por los pelados cerros del Valle.  
«Toledo ha dado también a la película una segunda Alida Valli; es decir, su doble; la muchacha que tiene que aguantar las duras escenas al sol, el irritante fulgor de los focos o de las planchas hasta el mismo momento del rodaje. Su parecido es extraordinario y su labor tan perfecta que le ha sido ofrecido un contrato para llevarla a París hasta la terminación de la película».
Según Antonio de Ancos -quien estimaba en 300.000 pesetas el gasto diario del equipo en la ciudad (18 millones en total; cuatro para Alida Valli, más millón y medio para Pedro Armendáriz)- participaron también el locutor Eliseo Laguna, de Radio Toledo, «y el pequeño Manolito Conde, hijo del gerente del hotel Carlos V, que ha estado a punto de cambiar los libros por un contrato para ulteriores actuaciones».
Entre las muchas anécdotas de El tirano de Toledo es posible destacar un incidente que el varonil Armendáriz tuvo con sus botas de montar, confeccionadas en Madrid: «Al bajar por la escalera del hotel [Carlos V] -narraba El Alcázar- sus lamentos suben de tono y sus brazos accionan a tono con sus quejas. Él asegura que no podrá estar en pie más de dos horas y que con esas botas no se puede ir a ninguna parte». Finalmente, fue necesaria la intervención de un zapatero próximo al hotel. El trabajo del actor mexicano -de quien se comentaba que pronto interpretaría al emperador Carlos V en una película, El gavilán de Granada, que el italiano Riccardo Freda nunca llegó a realizar- sería muy recordado por los toledanos. Así lamentaba el periódico su marcha: «Su presencia en la terraza del Suizo o en el ‘hall’ del hotel Carlos V -donde se le había agasajado con «un plato típicamente mejicano... del que Armendáriz hizo luego grandes elogios»- se echaba de menos en seguida, habiendo dejado un grato recuerdo de su estancia en nuestra ciudad».
No es de extrañar, dadas las fiestas organizadas. Una de ellas tuvo lugar en la terraza del Jardín Maravillas, establecimiento situado en el arranque de la carretera de Ávila. El Alcázar destacó la colaboración de Casa Domecq y también «el arte del aficionado Rafael Gil», quien ofreció un «recital folklórico» (¿un espectáculo de flamenco?) al finalizar la velada. Pero el festejo final, que incluyó una retransmisión de Radio Toledo -con Eliseo Laguna- y la actuación en directo de Nati Mistral, tuvo lugar en el Hotel Carlos V a finales de junio. Inteligentemente, los propietarios del cine Alcázar, situado a escasos metros, programaron esa misma noche el estreno de la última película del director de El tirano de Toledo, Henri Decoin. Se trataba de El deseo y el amor, otra coproducción francesa filmada, en esta ocasión, en la costa malagueña.
Desgraciadamente, la despedida de la película por parte de El Alcázar no fue tan cálida como su recibimiento. A diferencia de las entusiastas crónicas de Antonio de Ancos, una breve reseña cerraba su estreno en 1953 de manera tan estúpida como provinciana: «Se nos antoja pretensión excesiva que un señor cualquiera venga a descubrirnos algo que todos, uno por uno de los toledanos, mantenemos celosamente en reserva de nuestros propios juicios y certezas (...) Y eso de que un director de cine descubra Toledo a través de una cámara...».