EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Los comodines incómodos

01/12/2020

Hay palabras anchas y sobadas que están siempre a mano como de pronto uso o de primeros auxilios que, de tanto rodar, han ido ganando en extensión lo que van perdiendo en precisión y se usan en cualquier circunstancia con el sentido que fabrica el poder o los think-tank. La propaganda los convierte en slogan, con lo que la pancarta es -como dijo el genial José Luis Alvite- el único género literario con cierta influencia social.
La palabra reina es ‘democracia’ que significa un modo de ordenación de la cosa pública mediante sufragio. Se sabe que es el mejor sin pasar por bueno, porque el sistema presenta varios inconvenientes, siendo el primero de ellos que da una resultante cuantitativa y no valorativa de las ideas, puesto que los votos se cuentan pero no se pesan como hubiera deseado el poeta Schiller, aparte de que una mayoría de opinión favorable no convierte algo en bueno y justo, que es la lacra de la filosofía relativista que toma como aceptables a todas las opiniones. Pero la democracia, aunque convencional e imperfecta, hace posible la convivencia y contenta a todos, incluso a quienes están encantadas de poder elegir quién les va a dar por saco.
Pero el término ‘demócrata’ se aplica mal cuando se usa para señalar la virtud cívica de alguien, porque ya vimos que se trata de quien acepta un sistema de gobierno y no una cualidad que admita grados ni comparaciones. Tampoco lo son ciudadano, contribuyente o bípedo, por lo que no puede decirse que alguien sea más demócrata que otro, o que una estatua es algo ecuestre o que alguien es un poco notario y otro bastante médico. La democracia no es una virtud, sino un mecanismo que posibilitará un ejercicio de administración virtuoso y esa virtud sí es evaluable, siendo el civismo, la solidaridad, la honradez, la eficiencia, el respeto, etc. Una palabra valiosa pero fantasma es ‘progresismo’ porque toma su valor por reacción a una actitud de inmovilidad y retroceso que nadie con buen juicio podría defender.
Del término ‘fascista’ hablé en una columna anterior y hay una maldad que se le atribuye que es el ‘odio’, pero el odio del que acusamos a otro suele estar correspondido por nuestra propia aversión a él y así quedamos en tablas. El odio es un sentimiento de profunda antipatía, o repulsión hacia algo o alguien y, como el amor o el miedo, son pasiones sobre las que no se puede legislar, a menos que el odiador proponga, incite o exalte acciones criminales. Aquí se odia a granel y por ambos bandos sin exclusiva, pues si uno dice ‘¡rojos al paredón!’ el otro contesta ‘¡arderéis como en el 36!’. ¿Quién empezó primero? Manifestar odio como rechazo general y no como insulto personal, creo que es sólo un problema de mala educación.
Los regímenes autoritarios tratan de fiscalizar las ideas, los sentimientos y la libertad de expresarlos, y hasta tratan de crear y penalizar un ‘delito de odio’. Déjenme que piense, sienta, ame y odie lo que me venga en gana. Y, cuando en ocasiones lo sienta, no voy a dar muestras de odio porque no quiero perder el tiempo y la compostura prestando atención -por ejemplo- al okupa del piso de arriba. No lo vale.