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«Hay vida después de tener un verdugo»

Luis J. Gómez
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Una víctima recuperada cuenta cómo ha logrado emprender una nueva vida tras pasar por un centro de acogida, pero recuerda que tenía miedo de denunciar a su agresor por si la deportaban

«Hay vida después de tener un verdugo» - Foto: Eugenio Gutierrez Martinez

«Me gusta poder ayudar y por eso cuento esta experiencia». María ha demostrado muchas veces que es una mujer valiente. Lo fue para emigrar de su país a España. Lo fue para denunciar a su agresor y empezar una nueva vida. Y lo sigue siendo en gestos que parecerían pequeños, como hablar a un medio de comunicación de lo que lo ha vivido, pero que pueden ayudar a salvar la vida de otra mujer que esté en una situación como la que padeció ella.

Si para muchas mujeres es difícil dar el paso de denunciar, María  sufría además las amenazas de su agresor, que era de nacionalidad española, por no tener los papeles en regla. «Tenía miedo a acercarme a las autoridades, porque él me amenazaba con que me iban a deportar», expone.

Señala que lo que marcó un antes y un después fue que empezó a maltratar también a su hijo, que tenía entre cuatro o cinco años. Un día ella recibió una paliza tan fuerte que se vio obligada a ir al hospital.  Recuerda que hubo testigos porque la recibió en el balcón, pero no contó con su ayuda. «Si se hubiesen compadecido de mi situación, habrían llamado a la policía y le habrían detenido, me habrían atendido en el momento», relata. No fue así. Ella tuvo que llevar al niño al colegio y después se fue al hospital porque sentía dolores muy fuertes.

En el hospital se activó el protocolo contra la violencia de género. «Entraron los policías y me asusté mucho porque creía que me iban a deportar», recuerda. Tampoco puede olvidar que desde ese momento no la dejaron sola.  La llevaron a Comisaría y dudaba aún de si denunciaría o no. Cuenta que por el móvil la seguía acosando, que primero empezó a decirle que la quería mucho, pero llegó un mensaje en el que le amenazó con matarla. «No fue hasta ese momento que realicé la denuncia», apunta.

centro de acogida. Por la vía de los tribunales, se activó el procedimiento del juicio rápido y consiguió una orden de alejamiento. «La Policía no quería que permaneciera sola en el piso», cuenta. María señala que hay una casa de acogida de emergencia al que se puede ir antes de que se habilite una plaza en un centro para poder estar nueve meses y completar el proceso de recuperación hacia una vida nueva. Ella no quería que su hijo tuviese que hacer dos traslados y de manera temporal pudo irse a vivir con una amiga que le ofreció una casa.

Cuando llegó el momento de ir al centro de acogida, no lo recuerda fácil. Suponía cambiar de entorno, convivir de repente con otras mujeres desconocidas, de distintas nacionalidades, con otros niños... Agradece que las profesionales de estos centros estaban siempre pendientes de ellas y que incluso la directora las acompañaba a hacer trámites como el padrón o la tarjeta sanitaria.

Durante esa estancia de nueve meses, María se formó y empezó a ahorrar para preparar su salida hacia una nueva vida autónoma. Señala que otras mujeres empezaron a trabajar ya durante ese período.

Recalca lo importante que es el trabajo psicológico en esos momentos.  «Cada semana teníamos nuestra sesión con la psicóloga», comenta, «cuando recibes el tratamiento psicológico, entiendes que no necesitas que te maltraten por un poco de cariño o por dinero, tenemos una dependencia emocional que tenemos que trabajar». En el caso de los niños, cuenta que también algunos necesitan y reciben esa atención psicológica. Explica que su hijo era muy pequeño y que «optó por olvidar».

¿Qué le diría María a una mujer víctima de la violencia de género que no ve ninguna salida? Tiene claro cuál es su mensaje: «Es difícil tomar la decisión, pero hay vida después de tener un verdugo y  un maltratador». Lamenta que «muchas mujeres han perdido la vida porque nadie les ha dicho 'tú puedes'».