Me la juego

Ana Nodal de Arce


A las diez en casa

25/02/2021

Hemos visto estos días a cientos de jóvenes, incluso menores, desplegar una violencia inusitada con la excusa de defender la libertad de expresión de un presunto artista, delincuente condenado. Las manifestaciones se han ido sucediendo por diversas ciudades de España, pero ha sido Barcelona el principal escenario de este despliegue de atentados contra las fuerzas de orden público, el mobiliario urbano y la propiedad privada, en un cúmulo de actos vandálicos intolerables en nuestra democracia. Ante estas salvajadas, me llama la atención el silencio de aquellos que se rasgaban las vestiduras por otras protestas en coche, como la de los hosteleros o los contrarios a la Ley Celaá, por no hablar de la que se lió por las famosas caceroladas de algunos vecinos del madrileño barrio de Salamanca. Ahora, los mismos que recordaban a esos manifestantes pacíficos que estamos en una pandemia y que hay que acatar las normas, miran para otro lado e incluso justifican a unos desalmados que se saltan todas la medidas anticovid, sin ser tachados de negacionistas por quienes pretenden que nos quedemos en casa a toda costa. Curioso.
El comportamiento de esa juventud, residual y  ruidosa, nada tiene que ver con el descontento y la desesperanza que se extiende entre un colectivo que afronta un presente incierto y un futuro plagado de incertidumbres, sin opciones a que el esfuerzo, el estudio y el talento reciban su justa recompensa. Es más, muchos de nuestros chicos contemplan como la mediocridad y la adscripción a determinados partidos políticos se convierten en el único pasaporte para lograr un sueldo digno. La falta de expectativas choca con la realidad más perversa.
Demonizar a los jóvenes se ha extendido entre quienes hablan de irresponsables. Y no es así. La mayor parte de ellos ha soportado con estoica paciencia prácticamente un año de encierro, con un contacto social mínimo, con miedo a esos besos y abrazos consustanciales a su momento vital y luchando por cumplir alguno de los sueños que les inculcamos desde niños. Ahora, cuando veo las deplorables escenas de esos que saquean, arrancan semáforos o queman contenedores, no me queda otra que aplaudir a los demás, a aquellos que a las diez están en casa, incluso un sábado por la noche, cumpliendo un riguroso toque de queda, respetando con ejemplaridad normas impuestas por un gobierno distante e inquietos ante un virus que ataca a sus padres y mata a sus abuelos. Estos jóvenes son nuestros pilares para un devenir cierto. Y les llamo a no resignarse, a no bajar los brazos, a demostrar cómo se puede construir un futuro frente a las dificultades, usando la imaginación, el talento y la audacia. A los otros, a los que jalean al rapero y arremeten contra la policía con la aquiescencia de un partido que manda, solo les deseo un castigo ejemplar, prestando servicios a la comunidad para restituir lo que han arrasado. Y algo más: que en un futuro puedan vivir en paz bajo un gobierno eficaz, digno y tolerante. Distinto al actual, vamos.