Casado tritura al dúo Abascal-Iglesias

Carlos Dávila
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El presidente del PP sale de la moción de censura sin romperse, ni mancharse, lúcido, brillante y eficaz, haciendo de la necesidad virtud frente al líder de Vox

Casado tritura al dúo Abascal-Iglesias - Foto: DAVID MUDARRA

La coincidencia entre los analistas del centro derecha es casi unánime: «Es lo mejor que se ha escuchado en muchos años». Lo decían este jueves algunos de los que esperaban un presidente del PP dubitativo, agobiado por la presión de Vox. No fue así; Casado se dio por enterado de que Vox había urdido una estrategia para derrocarle y llevar al Partido Popular a un papel secundario y, al paso, convertirle en un peón marginal en el escenario político nacional. Todo al rebufo de una nueva, pero muy vieja, filiación populista a la que ya sin ambages, sin disimulos, se ha afiliado el partido de Abascal. A este Abascal, que en su última intervención se presentó, dolido, como un mojigato que perdona a su contrincante, le ha salido el tiro por la culata. Con toda seguridad, Vox tenía dos objetivos: en primer lugar, desgastar a sus más próximos, los populares y, en segundo, colocar al PP en los brazos del Gobierno del Frente Popular. 
Dos fines que le han estallado en las manos. También hay una conjunción de opiniones sobre un punto concreto: la mayoría de los llamados influencer, que en los días anteriores a la moción predicaba la abstención de Casado, se rebajó de su juicio y estuvo, terminado el espectáculo, concorde con el no. En su patética intervención, el vicepresidente Iglesias intentó abrazar, como los osos más feroces, al presidente del PP; era ya, cuando la sesión parlamentaria se agotaba. Erró el tiro, fue un ensayo frustrante equivocado, el de un auténtico perillán, al estilo más propio de Iglesias.
El balance de una iniciativa que nunca debió quizá plantearse porque ni era oportuna, ni podía triunfar, ni guardaba la menor posibilidad de éxito, puede resumirse así: Abascal no logró su propósito, absolutamente evidente, de sustituir en ese espacio difusamente dibujado del centro derecha español, a Casado. Este actuó como los púgiles que, presuntamente, están condenados a la lona, pero que se revuelven y de, pronto, asestan un golpe letal a sus rivales. Es decir, devolviendo los golpes. Casado estaba condenado de antemano, casi en una globalidad apabullante, a recibir un castigo brutal en el Parlamento, metido entre dos adversarios de cuidado; por un lado, un Sánchez que, al final, será su rival en las elecciones y, por otro, un excolega, surgido de sus filas, que ha engordado su animadversión al partido en el que tantos años militó, subiéndose a la escalera que conduce al populismo radical. 
Otro que quiso rentabilizar su cuota de protagonismo fue Pablo Iglesias que, en ese tono frailuno con el que recientemente se maneja, intentó articular una maniobra distinta a la que hasta este jueves mismo, había asentado: la de retratar la constancia de una derecha más dividida que nunca. O sea, que Iglesias que, más aún que Sánchez, ha venido sosteniendo que el PP y Vox eran la misma cosa, ahora él y su jefe, comprobado el resultado de la moción de censura, giran al lado contrario y afirman, sin decoro que no, que lo que pasa es que la derecha nunca ganará porque está dividida. Desde luego en política vale todo, pero las contradicciones se suelen pagar agriamente.
Iglesias y Sánchez, según se extrae de los mensajes que han salido en las últimas 24 horas de sus despachos de La Moncloa, están, sin embargo, eufóricos. Han dividido, ya lo digo, a la derecha, y han conseguido aunar todavía más efectivos en su bloque Frankestein. Visto así, que es cómo parece, Abascal no tendrá más remedio que hacérselo mirar. Otra de sus intenciones: acrisolar el aspirantazgo del odontólogo Garriga a las próximas elecciones catalanas, tampoco ha sido para él un éxito que se diga. Garriga, actuó en el Congreso, como esas liebres africanas que en las competiciones del medio fondo y fondo atléticas, se desparraman por las pistas, llevando un tiempo la manija, para que luego, los descansados líderes, se hagan con la victoria. A Garriga nadie le ha conocido más de lo que se le conocía. Desde luego, y como reconoció su promotor, habrá que agradecerle el sacrificio.
Intentona suburbial. Queda pues tras esta intentona suburbial de Abascal la impresión de que el Gobierno del Frente Popular ha salido reforzada de ella, que las posibilidades de reunión del centro derecha son más tibias que nunca y, que, en todo caso, tal y como han señalado ya los más importantes medios nacionales y extranjeros, el Casado blandito que ha sido motivo de tanta befa general, se ha convertido en un líder social que está en disposición de darle bastantes disgustos a la coyunda social comunista. Abascal puede apuntarse un solo logro cierto: el haber desenmascarado la furia de unas feministas extralimitadas que, de cuatro en cuatro, quieren ya proclamar en España la tercera república nacional y la primera feminista. A ellas, les propinó hachazos monumentales que luego no consiguió transmutar en sus intervenciones contra Casado. Este fue su único éxito en una convocatoria parlamentaria que, por más que se diga, tampoco ha sido la más violenta de las que puedan recordarse en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo.
Este cronista, desde los primeros tiempos de la Transición las ha disfrutado de todos los colores. Sería a estas alturas absolutamente inútil corroborar esta crónica con titulares tan tópicos como este: «Ha nacido (por Casado) un líder», pero, por no caer de bruces en esa tesitura, se puede sostener que ha salido de este trance, más lleno de trampas que una película de chinos, sin romperse, ni mancharse; lúcido, brillante y eficaz como hasta el momento no había aparecido. Casado ha hecho de la necesidad, virtud; Abascal ha hecho de sus virtudes un fracaso. Aquí radica la diferencia. Es muy posible que lo que se vea en adelante sea muy distinto de lo que hasta ahora hemos podido apreciar. A veces, lo inesperado se convierte en sustancial. Sin modestia alguna, esto es lo que ha sucedido realmente en este episodio trascendente de la política nacional.
Terminaré con la historia de Agrajes, un pariente nada menos que de Amadís de Gaula, y que tan bien narraba en sus Cuento de cuentos, Néstor Luján. Agrajes, a pesar de ser «uno de los mejores caballeros del mundo, más vivos de corazón, y un tipo que ninguno le sobrepasara en bondad», era un hombre acometido, mil veces denostado o, como diríamos ahora, ninguneado. El apenas se defendía mal que bien, hasta que un día, cansando de tanta afrenta, respondió: «Ahora lo veredes» y se dispuso a enarbolar dialécticos mandobles y a dejar para el tinte a sus enmendadores. Y ganó a todos sus contrarios. Pues eso. Agrajes.