LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Pablo Iglesias y María Antonieta

24/09/2020

La otra mañana vi a Pablo Iglesias en la tele de un bar mientras apuraba un café. Aparte de que ya parece un señor del Cuéntame, el aire de su moño recogido sobre el pelo me recordó inevitablemente a María Antonieta de Austria, la esposa de Luis XVI, que fue decapitada con él en plena Revolución Francesa. Ese subidón de pelo en lo alto del cielo de su pensamiento me llevó de manera irremediable a las Tullerías. Luego, por la noche, cuando leí a Irene Montero en el Vanity Fair, ya no tuve duda alguna. Las Tullerías de hoy son el Galapagar de ayer o viceversa, que ya los confundo. Irene es Luis XVI enseñando su casa y su estilo e Iglesias, María Antonieta de lunares en la tele.
Para colmo, se cumple un siglo de Luces de Bohemia, la soberbia obra de Ramón del Valle Inclán sobre los suburbios de Madrid y el retrato más grotesco de la Iberia hispana. En una de sus escenas más famosas, los protagonistas pasan por los espejos cóncavos del Callejón del Gato, donde la realidad se deforma estirando y achatando las figuras a su paso. Es el esperpento. Todos los personajes importantes de aquella España veinteña desfilan por allí y componen un cuadro de lo más desolador. Max Estrella y Don Latino, figuras centrales de la obra, se descubren en más de una ocasión a lo largo de la noche, pidiendo la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol. No quiero seguir con más paralelismos, que luego la podemicia carece de sentido del humor y nos manda a sus hordas twitteras de cinco a seis.
Irene y Pablo, nombres regios por más que se escondan, han hecho el agosto con la pandemia. Salen en las revistas, petan las teles y forman guardias civiles. Les falta la Legión, que ahora también está de aniversario. Todo es ponerse y mandar la cabra a los altos de Galapagar con unos prismáticos de vigía. Las hordas revolucionarias nos han salido, pero poco. Son como los indepes de salón, que querían la nación en la consola pero sin mancharse los zapatos. Ussía lo ha dicho muy bien en lo último que ha puesto en Twitter. Monedero ha preguntado si abren Zalacaín después de la siguiente manifa. Sin darnos cuenta, hemos asistido al nacimiento de una clase social nueva, basada en el langostino y el pañuelo palestino. Dejo a los ilustres poetas podemicios, con sus saberes ilustrados universitarios, la continuación de tan sonoros ripios.
La cuestión es que jamás pensé que a Iglesias se le pusiera cara de María Antonieta. Nunca imaginé que lo pasaran por la turmix de la revolución y, sin embargo, camino va de ello. Es lo que tienen los trabajos a medio hacer, que no concluyen la faena. En esto se nota que no es taurino y no ha visto a Paula ni leído a Bergamín. Yo lo imaginaba Lenin con todas las letras y ha resultado Kerenski de alfombra y piscina. Ambos, Irene y Pablo, lloran amargamente la suerte de sus hijos por las caceroladas diarias y tienen razón. Son reyes en el exilio sin saberlo, en el exilio de su propio pensamiento, fraguado en el submundo universitario ensimismado. Juan Carlos se fue a Arabia, pero ellos no pueden escapar de sí mismos. Los que van a dar la murga al chalet tienen el problema de que son convencidos por la realidad de las cosas, por la verdad de los hechos. Nadie los mueve, como a ellos, a sacar pancartas. Lo hacen motu proprio porque entendieron la vaciedad de las palabras y la mentira de los discursos. Si no estuvieran convencidos de lo que hacen, ya se habrían ido a su casa. Es lo que tiene jugar a las revoluciones a medio camino. Que le pregunten a Robespierre por la guillotina.